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lunes, 5 de agosto de 2013

¡Qué limpio está mi jardín!

Mucha gente que llega al mundillo de la conservación de la naturaleza se sorprende al descubrir que buena parte de los indicadores ambientales, tanto ibéricos como europeos, han seguido una tendencia positiva durante las últimas décadas. La razón es que aún se mantiene la inercia de los mensajes catastrofistas lanzados en los años sesenta y setenta, cuando se pasó de golpe de una sociedad rural, agraria y ganadera, a otra urbana e industrial. Sin embargo, el naturalista avezado sabe bien que no es así.

Ciertamente, la lista de los avances es enorme: la destrucción de humedales costeros ha sido detenida, se han creado infinidad de espacios protegidos –incluidas redes europeas que en España atañen a un 5% del territorio–, ya no se arrasan bosques autóctonos para plantar cultivos madereros, las aguas fecales e industriales son separadas y depuradas, y nadie usa plaguicidas tan nocivos como el DDT o aquellos fluorocarbonos que dañaban la capa de ozono. Además, se ha potenciado la agricultura ecológica, el reciclaje de residuos sólidos y las energías limpias. La gasolina con plomo está prohibida e incluso se ha avanzado mucho en resolver el problema del plumbismo debido a la munición de caza. También se han impulsado innumerables proyectos para reintroducir fauna amenazada, la ley obliga a reducir los impactos de las obras de infraestructura, se han restaurado zonas degradadas y los ríos ya no se repueblan con especies exóticas, al tiempo que se trata de controlar a las ya establecidas y las nutrias ganas territorios perdidos.

En fin, no creo necesario seguir enumerando ejemplos para apoyar la tesis de que llevamos al menos veinte años mejorando en conjunto (con sus más y sus menos) la maltrecha situación en la que dejamos la naturaleza europea tras nuestro abandono del sistema agrosilvopastoral tradicional de supervivencia. No quisiera que esta introducción se convirtiera en una larga argumentación al estilo de El origen de las especies de Darwin o Colapso de Jared Diamond (1). En los primeros capítulos de ambas obras sus autores aportan pruebas más que suficientes para vislumbrar que lo que defienden es cierto. De hecho, cada lector podría añadir alguna contribución del movimiento conservacionista a la lista del primer párrafo.

Monocultivo de Agave (género americano de plantas) en Kenia, sobre terrenos robados a la sabana tropical africana por manos europeas. Destrozando el trópico mantenemos la diversidad biológica de nuestras latitudes, pero a un precio altísimo a nivel planetario (Foto: autor)
El precio global de la conservación local
La cuestión que realmente me interesa abordar aquí es a qué coste hemos conseguido todos esos avances. La duda me asaltó un buen día en el puerto de Castellón. Nos disponíamos a navegar hacia las islas Columbretes y en uno de los muelles había unas montañas enormes de arcillas que estaban siendo desestibadas de un no menos enorme carguero allí amarrado. Alguno de nuestros tripulantes me comentó que aquellos conos de arcilla estaban destinados a proporcionar materia prima a la industria de la cerámica castellonense y que procedían de Marruecos. Entonces cobró sentido para mí que fuera posible compaginar la protección de las principales sierras locales –Calderona, Espadà, Desert de les Palmes, Penyagolosa, Tinença– con la existencia de un elevadísimo número de empresas azulejeras ávidas de arcillas. El material no provenía de explotar las canteras locales, sino las marroquíes. Es decir, se trataba de un daño exportado. Lo que se denomina, con uno de esos eufemismos hoy tan en boga, “externalizar el coste ambiental”, una nueva expresión del conocido acrónimo americano NIMBY: Not in my backyard, o sea, “No en mi patio trasero”. En otras palabras, nadie se niega a que se depreden los recursos, siempre y cuando no se haga dentro de su territorio. Así pues, la batalla de conservar los espacios naturales castellonenses está ganada, pero la guerra de conservar la naturaleza en el Paleártico Occidental está perdida, al menos de momento.
Ahora vivo en Mallorca y aquí me he encontrado con situaciones muy parecidas. Gracias a las campañas del Grupo de Ornitología Balear (GOB), del que soy orgulloso miembro, se consiguió paralizar la urbanización de numerosos espacios naturales de alto valor, como la playa de Es Trenc o la isla de Sa Dragonera, en los años del auge turístico. Sin embargo, hemos de ser conscientes de que aquello sólo fue una batalla ganada contra los grandes especuladores hoteleros, ya que éstos simplemente trasladaron sus destrozos a otros enclaves más o menos lejanos: el Caribe, las costas del Magreb o la península mexicana de Yucatán, por poner algunos ejemplos.

En realidad, ni siquiera se ganó la batalla de forma definitiva. Ahora, tras el salvaje recorte de avances democráticos amparado en la crisis económica, los hoteleros –y los políticos que los secundan– vuelven al ataque con la amenaza de un nuevo hotel en el entorno de Es Trenc. Así de frágiles son nuestras conquistas. Este asunto de trasladar las barbaridades a otros lugares me recuerda el resultado que suelen tener los descastes en masa de gaviotas patiamarillas. La colonia bajo tratamiento ve reducido su número en gran medida porque las aves se desplazan a otras colonias, con lo que simplemente se llevan el problema a otro sitio. La solución a las grandes densidades de gaviotas pasa por adoptar medidas que ataquen el problema de raíz, fundamentalmente evitar que dispongan de comida sin límite en los vertederos a cielo abierto o a través de los descartes de la pesca del arrastre. Los parches sirven de poco.

Selva tropical en el sur de México, Oaxaca (Foto:autor). La tala de madera tropical en países tropicales, ricos en biodiversidad, tiene una gran relación de causa/efecto con la actual conservación de los bosques europeos. Desvestimos unos santos de primera para vestir santos de segunda: nuestros santos.
Un mundo globalizado, para bien y para mal
Vivimos en un mundo absolutamente globalizado. Pero es un desastre que sólo se haya globalizado la depredación de los recursos y no su conservación. Es el mismo problema al que se enfrenta la economía de la Unión Europea: no puede funcionar el mercado único, incluso con una moneda única, sin una fiscalidad de ámbito europeo. Hay que estar a las duras y a las maduras, si no, no vale. El problema también se parece al de los paraísos fiscales: no cesarán los desfalcos mientras el dinero pueda fluir libremente por el mundo a lugares donde sea intocable. En otras palabras, o globalizamos para todo, o es mejor que sigamos siendo unos provincianos. Mantener limpio nuestro patio trasero a costa de ensuciar el del vecino (cercano o lejano) no es una manera válida de proceder en este mundo que se nos queda pequeño. Un caso especialmente grave es cuando la famosa “externalización del coste ambiental” se hace dañando las zonas del planeta más ricas en biodiversidad, es decir, los trópicos.

Recuerdo un ejemplo que viví en mis propias carnes. A mediados de los años noventa, la Conselleria d’Obres de la Generalitat Valenciana andaba gestionando un horrendo paseo marítimo de la época franquista, construido sobre el campo de dunas de las playas de El Saler, frente a la Albufera de Valencia. La demolición del paseo elevado de hormigón y la restauración de las dunas fue una obra sumamente acertada y necesaria. Sin embargo, el remate no lo fue tanto. En sustitución del adefesio de hormigón, se optó por construir un paseo de madera detrás del primer campo de dunas. Hasta ahí todo suena a ecológico si no fuese porque aquella madera era de origen tropical (ya que aguanta mejor a la intemperie) y no venía certificada. A nadie pareció importarle ese pequeño detalle. Pues bien, lo que hemos de entender es que no era ningún “pequeño detalle” y que es injusto vestir a un santo con las ropas de otro; sobre todo si el santo desvestido vive entre las latitudes 23ºN y 23ºS, es decir, entre los trópicos de Cáncer y Capricornio, donde se agolpa la histórica diversidad del planeta. 

Claves para una gestión global
Mucho me temo que, como nos recuerda Tim Flannery, para conseguir una gestión global de la biodiversidad del planeta son necesarios cambios fundamentales en aspectos que no están muy en manos de los conservacionistas (2). Nuestros esfuerzos deben dirigirse a erradicar la pobreza y las guerras, desmontar los paraísos fiscales y crear sociedades más justas, educadas e igualitarias. La globalización de la democracia permitiría estabilizar el crecimiento demográfico en los países empobrecidos y superar los desfasados tabúes de las religiones monoteístas en contra de la planificación familiar; aunque no en contra de incrementar la esperanza de vida, que sí se considera curiosamente “natural”. Sin esto, el proceso de “nimbyzación” –perdón por la palabreja– seguirá adelante y conseguiremos mantener impolutas las regiones del planeta más pobres en biodiversidad, mientras condenamos al desastre los lugares verdaderamente repletos de vida, almacenes que empaquetan la historia más antigua de un planeta que fue, en épocas no tan lejanas, casi todo él tropical.

 Agradecimientos
A José Manuel Igual, por sus buenos consejos y sus ánimos.
  
Bibliografía

(1) Diamond, J. (2006). Colapso: por qué unas sociedades perduran y otras desaparecen. Debate. Barcelona.

(2) Flannery, T. (2011). Aquí en la Tierra. Taurus. Madrid.
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miércoles, 27 de marzo de 2013

Después del abandono


Las montañas del solar ibérico han estado sometidas, histórica y prehistóricamente, a todo tipo de actividades humanas para aprovechar sus recursos naturales. Hasta tal punto, que los hábitats prístinos probablemente sólo existan en nuestra imaginación.

Los seres humanos han explotado los ambientes de montaña durante milenios. Así que fue un complejo entramado de actividades de muy diversa índole (carboneo, ganadería, repoblaciones, caza, pesca, agricultura) el que dio forma a los ecosistemas montañeses tal cual llegaron hasta los años cincuenta. Los montes fueron durante siglos focos de actividad preindustrial, un lugar donde producir hielo, cal o combustible en forma de carbón vegetal. La imagen que ahora tenemos los paseantes del siglo XXI, para quienes las montañas parecen destinadas al ocio dominical, dista mucho del aspecto que debieron tener en tiempos pasados. A menudo trato de imaginarme la sierra de Tramuntana mallorquina tan sólo un siglo atrás o incluso menos, llena de personas que a diario acudían temprano a sus puestos de trabajo, como ahora se hace en las oficinas citadinas. Pero toda esa febril actividad forestal de arrieros con sus carros y mulas, de pastores, carboneros, resineros y caleros, cesó de golpe con la llegada del turismo y de la industria.

Hasta hace unos cincuenta o sesenta años, la sierra de Tramuntana estaba sometida a diversos tipos de actividades preindustriales, como atestigua esta carbonera o sitja, en el catalán hablado en Mallorca. Al fondo se ve la base de la antigua cabaña que ocupaban los carboneros (foto: Autor).

En Mallorca ese punto de inflexión se dio hace sólo cincuenta o sesenta años, cuando llegó el turismo en masa. La industria se instaló un poco antes en la Península, ya que las minas asturianas de carbón mineral, explotadas a partir del siglo XIX por capital extranjero, marcaron la diferencia (en Mallorca sólo había unas pequeñas minas de lignitas que perduraron hasta los años 80). El abandono súbito de la vida rural, con la correspondiente concentración de nuestros padres y abuelos en grandes ciudades industriales, trajo consigo un profundo cambio en los sistemas agrosilvopastorales. Los mismos que habían seleccionado la fauna y flora que llegó hasta la era industrial. De este modo, terrenos antaño ganados al bosque para abrir pastos se han visto ahora reclamados de nuevo por el bosque, que ha aumentado mucho en densidad (1). Esta evolución del paisaje ha de conllevar necesariamente beneficios para algunas especies animales y vegetales, al igual que perjuicios para otras. Por ejemplo, parece que las mariposas de los prados abiertos están de capa caída (2), mientras que corzos y lobos consiguen expandirse.

Gallos salvajes y cambios en el paisaje
Sin embargo, aves tan genuinamente forestales como los urogallos demuestran, con su ligero declive en el Pirineo, que unas masas forestales más densas no son buenas para ellos (3). Los urogallos son originarios de la taiga del norte de Europa, donde las coníferas se encuentran bastante separadas unas de otras. Los bosques pirenaicos, hasta donde llegaron los urogallos empujados por los hielos de las glaciaciones pleistocenas, han sido siempre subóptimos para la especie. Aún menos óptimos desde que el abandono del campo ha favorecido el aumento de la densidad. En bosques tan densos entra muy poca luz para el arándano, un importante recurso alimenticio, directo e indirecto, para los urogallos.
El aumento de la vegetación limita asimismo su capacidad de huída frente a los depredadores (3), lo cual es especialmente importante ahora que son más numerosos los de mediano tamaño, como zorros y mustélidos. Aparte de que afortunadamente se haya relajado la persecución de estos carnívoros, es indudable que han salido favorecidos por la falta de depredadores apicales, capaces de regular sus poblaciones de forma natural, y también por el alimento suplementario que proporcionan las actividades humanas. Aunque la mayor cantidad de alimento se encuentra en los vertederos, tampoco son despreciables los restos de caza mayor, a menudo procedentes de especies exóticas, como el gamo. En consecuencia, ahora que se han desmontado casi por completo los sistemas tradicionales de explotación, constatamos hasta qué punto estaba imbricada la fauna y la flora que ha llegado nuestros días en el entramado rural. La presencia humana era ubicua, desde las humildes montañas litorales hasta las altivas cumbres de los Pirineos y ubicuas están siendo las consecuencias de su abandono, como no podía ser de otra manera.






Cabras, flores, quemas y endemismos
En la montaña mallorquina, que es la que tengo más a mano, se da una situación muy particular relacionada con el abandono de la vida rural. La sierra de Tramuntana, una prolongación insular del sistema Bético, alberga una importante cantidad de endemismos vegetales. En torno al 10% de la flora mallorquina está formada por plantas  endémicas de las Baleares, cifra similar a la que se registra en las otras grandes islas del Mediterráneo occidental. Estos endemismos han coexistido históricamente con las quemas de “càrritx” (Ampelodesmos mauritanica) para abrir pastos al ganado y con el ramoneo de cabras asilvestradas y cerdos. De entrada, podría pensarse que ambos factores representan un impacto, una amenaza para los endemismos vegetales, y que sería deseable suprimirlos. Sin embargo, el asunto merece estudiarse con mayor detalle.

Tras el abandono de las terrazas ganadas al bosque para plantar olivos, almendros y algarrobos, el “càrritx” lo ha invadido todo y ahora hay ciertos endemismos, como el eléboro (Helleborus lividus), que sobreviven envueltos en un mar de gramíneas. ¿La quema del càrritx podría beneficiar a los eléboros? O, por el contrario, ¿colonizan los eléboros, que prefieren los sitios umbríos, zonas más soleadas cuando crecen a la sombra del càrritx? No creo que nadie tenga las respuestas, así que valdría la pena hacer algunos experimentos en parcelas sometidas a fuegos controlados y comparar los resultados con otras que se hayan dejado tal cual.

Aparte están las cabras asilvestradas, con sus dientes y sus heces. En las primeras fotos que acompañan a este escrito se ve claramente un hecho común a tres plantas: el azafrán borde (Crocus cambessedesii), la quitameriendas (Merendera filifolia) y la bellorita (Bellis sylvestris): todas ellas crecen a menudo rodeadas por abundantes excrementos de cabra. Es posible, por lo tanto, que una retirada de las cabras asilvestradas tuviera consecuencias inesperadas para las plantas pratenses amantes de suelos nitrificados. El efecto de las cabras en la isla es especialmente interesante si pensamos que durante más de cinco millones de años la vegetación de Mallorca estuvo regulada por la abundante presencia del pequeño bóvido Myotragus balearicus, que al parecer se extinguió con la llegada de los primeros humanos hace poco más de 4.000 años (4, 5). Por ello cabe esperar que las plantas endémicas hayan desarrollado mecanismos de defensa frente a la herbivoría, ya sea en forma de compuestos tóxicos o a través de su capacidad para colonizar ambientes donde no llegue el diente de la cabra, como las paredes verticales. Al tiempo que muchas de ellas se benefician del abonado que proporcionan los excrementos.
Sin duda, muchas plantas son rupícolas por necesidad y no por gusto. Si crecen en grietas de acantilados, en condiciones muy apartadas del óptimo imaginable, es porque no les queda otro remedio. Aquí también habría que llevar a cabo experimentos con parcelas donde no pudieran entrar los herbívoros para dilucidar qué especies salen beneficiadas y cuáles perjudicadas por la presencia de los ramoneadores, y en qué densidades.

Ejemplares rupícolas de cincoenrama de roca (Potentilla caulescens), manzanilla (Helichrysum ambiguum) y mostajo (Sorbus aria). La presión ejercida durante cinco millones de años por Myotragus balearicus, un bóvido ya extinto, y por las cabras domésticas asilvestradas en tiempos históricos, ha hecho que muchas plantas se refugien en cortados rocosos. Estrategia que siguen incluso algunos árboles como tejos, arces, serbales y acebos (foto: Autor).
Usos tradicionales y gestión del espacio protegido
Uno de los errores más graves que se cometen al gestionar espacios protegidos en la región mediterránea (y fuera de ella también) es interrumpir a rajatabla los usos tradicionales, con la sana intención de preservar mejor la biodiversidad. Lo más recomendable es, seguramente, que un espacio protegido tenga un poco de todo. Por ejemplo, habría que crear mosaicos con comunidades vegetales en distintos grados de madurez. En este sentido, tratar de que todo esté en estado clímax es tan poco realista como deseable. Si pudiéramos comparar la actual diversidad biológica de los espacios protegidos de montaña con la existente hace varias décadas, antes de su protección, probablemente nos encontraríamos con la desagradable sorpresa de que el balance fuera negativo. A mi primo Pipo Sierra, experto naturalista del rural gallego, le gusta recordarme que el Parque Nacional da Peneda-Gerês, el único de esta categoría que existe en Portugal, se declaró sobre todo para conservar cinco o seis parejas de águila real y que, cuarenta años después, la especie se ha extinguido. Imagino que muchos lectores recuerdan casos similares. El bucardo del Pirineo sería uno paradigmático.

Trabajar en esta línea de investigación aplicada, en la frontera entre la muerte súbita del motor que gestionaba nuestros ecosistemas forestales y el mantenimiento futuro de la biodiversidad heredada, debería estar entre las prioridades de nuestras administraciones públicas, ONG y entidades privadas con intereses en conservación. Habría que hacerlo, además, desde una perspectiva que nos permita aprovechar todo lo positivo de la experiencia pasada, para no caer en los mismos errores. Perseguir lobos para salvar ovejas no puede ser ya el modelo a seguir, sino uno más integrador en el que haya hueco para todos. No es extraño que el turismo de montaña, bien enfocado, se perfile como una de las alternativas más claras a la pérdida de renta que lleva asociada la conservación. 

Agradecimientos

A Llorenç Sáez y Xavi Rotlán, por la información sobre el porcentaje de endemismos en la flora mallorquina. A Josep Antoni Alcover, que revisó un borrador del escrito. 

Bibliografía

(1) Ameztegui, A. y otros autores (2010). Land-use changes as major drivers of mountain pine (Pinus uncinata Ram.) expansion in the Pyrenees. Global Ecology and Biogeography, 19: 632-641.
(2) Stefanescu, C. y otros autores (2005). Butterflies highlight the conservation value of hay meadows highly threatened by land-use changes in a protected Mediterranean area. Biological Conservation, 126: 234-246.
(3) Fernández-Olalla, M. y otros autores (2012). Assessing different management scenarios to reverse the declining trend of a relict capercaillie population: a modelling approach within an adaptive management framework. Biological Conservation, 148: 79-87.
(4) Bover, P. y Alcover, J.A. (2003). Understanding Late Quaternary extinctions: the case of Myotragus balearicus (Bate, 1909). Journal of Biogeography, 30: 771-781.
(5) Alcover, J.A. (2008). The first Mallorcans: prehistoric colonization in the western Mediterranean. Journal of World Prehistory, 21: 19-84.
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jueves, 31 de enero de 2013

La regla del veinte


Era un verano de hace dos o tres años. Viajábamos en grupo por la isla balear de Formentera y cada vez que cenábamos en algún restaurante no era necesario hacer muchos cálculos: no había manera de evitar que saliéramos a 20€ por cabeza. En las sobremesas hablábamos de ecología y de conservación y acabamos por concluir que muchos cambios en materia de gestión sostenible y protección del espacio requieren periodos de al menos 20 años para convertirse en realidades. Así que bautizamos aquel proceso entre nosotros como "la regla del 20”.

Los cambios sociales son lentos. Al menos los pacíficos. A mediados de los años 80, con la transferencia de las competencias en medio ambiente desde Madrid a las recién estrenadas autonomías, comenzó la creación en masa de parques naturales y demás espacios protegidos en el estado español. Los que alguna manera participamos en el asunto, teníamos claro que esa estrategia era positiva para la conservación de la recién bautizada “biodiversidad” y también para el bienestar económico de las poblaciones humanas sujetas a algún tipo de restricción de sus actividades habituales, como consecuencia de la protección legal del espacio y de las especies. Pero que no hubiera dudas de la bondad de esa línea de acción entre los promotores de los primeros parques autonómicos no significa que no las hubiera entre las personas afectadas. 

Recuerdo como en la Albufera de Valencia los cazadores quemaban las instalaciones de la guardería y nos dedicaban graffitis tan poco apetecibles como “biólogos muertos”, en las paredes de los edificios que solíamos emplear como base de anillamiento de aves. Hoy en día, algo más de 20 años después, la Albufera es un parque natural consolidado en el que, de manera espontánea, han surgido pequeñas empresas turísticas dedicadas a mostrar los valores naturales de la zona a los numerosos turistas que allí acuden con la esperanza de ver patos salvajes y comerse luego una buena paella. Hoy, los arroceros no incluidos dentro de los límites del espacio protegido son los que reclaman formar parte de él porque han visto como las ayudas europeas de la Política AgrariaComún, además de ayudas del gobierno autonómico, han venido a compensar sus pérdidas de renta y a valorar el empleo de métodos tradicionales de cultivo, como la inundación de enormes superficies de antiguas marjales (unas 15.000 hectáreas nada menos) y la eliminación de malas hierbas del arrozal mediante medios físicos.

Digamos que las ayudas económicas ponen en valor la contribución del agricultor al mantenimiento artificial de los servicios prestados por los ecosistemas húmedos litorales. Podríamos decir, sin ánimo irónico, aquello de “vivir para ver”, alegrándonos de que sea así pero a la vez sorprendiéndonos del largo espacio de tiempo que ha tenido que transcurrir para que los pobladores locales comprobasen y asumiesen que las restricciones de usos a las que se enfrentaban 20 años atrás por culpa de los “biólogos” eran para bien de todos.

Leona con tres crías sesteando bajo una acacia en el parque nacional de Tsavo (Kenia). El uso del veneno no es sólo cosa de los cotos de caza españoles. En África oriental se ha extendido el uso del pesticida americano Furadano para eliminar leones, como medida de venganza frente a la corrupción asociada a la compensación de daños a las comunidades humanas locales. Foto del autor.


Veneno, corrupción, ONG y leones

Pero puede volverse a caer en un periodo oscuro después de esos veinte años de consolidación de cualquier práctica conservacionista que sanciona la regla. Un ejemplo reciente es el hallazgo de una nueva cepa viral de la enfermedad hemorrágica del conejo tras dos décadas de lucha contra la enfermedad (1). Por otra parte, los cambios en la estructura política o socio-económica del país pueden demostrarnos empíricamente que actitudes que creíamos profundamente arraigadas no lo estaban tanto en realidad. Resultan ser actitudes más bien cosméticas o, si se prefiere, situaciones coyunturales o circunstanciales. Véase si no  el repunte del uso de veneno en los acotados de caza ibéricos, cuando el infausto recuerdo de la estricnina en nuestros campos ya estaba casi olvidado. 

Recientemente descubrí, por medio de la revista Swara (un homólogo de Quercus publicado por la East African Wildlife Society), que en África oriental hay también, desde hace algunos  años, un tremendo problema de conservación con las aves carroñeras debido al uso del pesticida americano Furadan (cuyo principal principio activo es el carbofurano, una de las sustancias más tóxicas del mundo, que sustituyó al DDT tras su prohibición en la década de los 60) como veneno contra grandes depredadores (2,3). El veneno (prohibido en Estados Unidos desde 2010) es empleado ahora por el pueblo masai (ya que está disponible comercialmente en Tanzania, Ruanda y Uganda) como venganza al hecho de que las compensaciones económicas por daños al ganado nunca llegan, debido a la corrupción reinante en el gobierno keniano. Además, resulta paradójico que otro factor que contribuye a complicar aún más la escena sea la participación , bienintencionada pero fatídica, de particulares y ONG internacionales que ha hecho de los masai un pueblo sedentario, tras cinco siglos de adaptativo nomadismo por las sabanas de Kenia y Tanzania.

Así pues las poblaciones de leones en Kenia están declinando de manera alarmante en Kenia y las aves carroñeras mueren en masa como efecto colateral del envenenamiento de los grandes mamíferos depredadores. Actualmente hay unos 2.000 leones en toda Kenia y se estima que mueren unos 100 al año nada menos. Un sencillo cálculo nos indica que podrían extinguirse en 20 años. El león, uno de los carnívoros con más amplia distribución mundial en el pasado, es asediado actualmente en sus últimos refugios planetarios. Por el mismo motivo las poblaciones de buitres africanos (seis de las 8 especies de buitres del este de África, nuestro alimoche entre ellos) han disminuido hasta un 65% en las últimas dos décadas y ahora las carroñas se acumulan en el campo, con un enorme desarrollo de larvas de mosca y bacterias que acaban supliendo, mucho más lentamente el papel sanitario realizado antaño por las aves carroñeras. Me pregunto si África no estará inmersa en un nuevo ciclo negativo de 20 años de duración. Pero dos décadas suponen un lujo que no podemos permitirnos sin entrar en situaciones irreversibles. La única forma de evitarlo es a través de la presión internacional.

El gravísimo problema reciente en Asia con las aves carroñeras (descenso del 95% en las poblaciones de India, Nepal y Pakistán), debido al empleo ganadero del antiinflamatorio Diclofenaco (principio activo del comercial Voltaren), parece estar en vías de solución tras la prohibición de esta droga en 2006 y su sustitución por el Meloxicam que no parece tener efectos negativos sobre los buitres, aunque la recuperación de los tamaños poblacionales perdidos muy posiblemente sí requiera un par de décadas de crecimiento poblacional, teniendo en cuenta las lentas tasas de multiplicación de los longevos buitres. Salvo que el vacío pueda ser rellenado por inmigración desde zonas no afectadas, si es que existen. En este caso el papel de los buitres ha sido sustituido en gran medida (aunque con una eficiencia mucho menor) por perros asilvestrados, lo que está provocando una gran expansión de la rabia en India y de las manadas de perros como depredadores.  


Manada de unos 200 elefantes en el Parque Nacional de Amboseli. Las matanzas ilegales de elefantes  en África parecían algo superado. Sin embargo vuelven a darse en nuestros días en paralelo con el desarrollo del capitalismo chino. Foto del autor.

Caza furtiva y capitalismo chino

En África oriental no sólo ha regresado con fuerza el uso del veneno sino que regresa también al parecer el furtiveo de la megafauna relicta, después de varias décadas de protección a ultranza de la fauna de la sabana, que se ha convertido en una de las principales fuentes de divisas en países como Kenia, Tanzania, Ruanda o Uganda. En una reciente visita al parque nacional de Amboseli, tras sucumbir ante la belleza de una manada de unos 200 elefantes con una gran variedad de clases de edad, me enteré de la triste noticia de que semanas antes una manada de 11 individuos había sido eliminada por furtivos, para sorpresa de todos. Fue una desagradable noticia que me recordó a las focas monje griegas, que aún hoy en día sucumben al disparo de los pescadores.

La moraleja que podemos extraer de esta negativa noticia es que la represión contra el furtivo no puede ser la única baza a jugar para preservar la megafauna que aún sobrevive. Hay una creciente demanda en el mundo, y sobre todo en Asia, en paralelo con la emergente economía capitalista china, en relación al marfil y a los cuernos de rinoceronte. Es pues en Asia donde se debe incidir para proteger rinos y proboscidios. Sobre todo desintoxicando a la población sobre los recientes y falsos rumores acerca de las propiedades anticancerígenas del cuerno de rinoceronte. En campañas que podrían requerir 20 años para ser efectivas, aunque no podamos permitirnos esos plazos. Las ONG internacionales, como Wildlife Conservation Society, tienen ahí un enorme y complejo campo de actuación.

Incluso en nuestro entorno actitudes que parecían muy superadas se destapan ahora, con la crisis, como asignaturas pendientes. En Mallorca por ejemplo, cuna de hoteleros de España, parecía imposible que alguien volviera hablar de construir macro-hoteles junto a playas muy bien preservadas como la de Es Trenc y sin embargo está sucediendo, por increíble que parezca. No es ya que los hoteleros mallorquines nunca asimilaran la lección y simplemente se trasladaran a destruir otros paraísos naturales en el Caribe o en el norte de África sino que vuelven a la carga aquí mismo, a la primera de cambio. Es muy frustrante comprobar cuan coyunturales han sido algunas de las batallas ambientales ganadas en las últimas décadas, a pesar de los esfuerzos educativos realizados y del desarrollo de legislación ambiental de enorme calidad.  

Sin duda hemos de aprender de este experimento natural que representa la crisis para reflexionar seriamente sobre la lentitud de los cambios de actitud y sobre su vulnerabilidad. En el fondo subyace la ignorancia, tanto la de los consumidores asiáticos de polvo de cuerno de rinoceronte como la del hotelero que olvida que de nada servirá tener hoteles vacíos si el turista ya no quiere acudir a playas destrozadas y menos aún en Mallorca, donde la oferta hotelera supera ya con creces a la demanda, como muchos empresarios turísticos  reconocen. Las restricciones, necesarias a corto plazo, sirven de poco si no van acompañadas de campañas a largo plazo de concienciación cuyos efectos no veremos, con suerte, hasta dentro de 20 años.

Agradecimientos

A Sergi Pérez por su enorme hospitalidad y generosidad en mi visita a Kenia en noviembre de 2012 y a Juan Antonio Gómez, por sus comentarios sobre el papel de las ONG en el declive de los leones.


(1) Calvete, C., Hugo-Calvo, J., Sarto, P., Gaitán, I. (2012). Detectada una nueva cepa viral de la enfermedad hemorrágica del conejo. Quercus 322: 30-35.
(2)   Kahumbu, P. (2012). Banned in America killing in Kenya. The history of a poison. Swara Oct-Dic 2012: 30.
(3)   Kendall, C. (2012). Poison empties skies that once were full. Swara Oct-Dec 2012: 24-29.


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miércoles, 28 de noviembre de 2012

¡Ostras! y otros efectos imprevistos


En gestión de la naturaleza es frecuente que nos quedemos “chupando un palo y sentados sobre una calabaza”, como en la canción de Serrat. Es decir, decepcionados o sorprendidos ante resultados muy diferentes a los inicialmente previstos. Deberíamos tratar de evitar caer en este tipo de situaciones.

La intención original de las reservas marinas fue fomentar la actividad pesquera a largo plazo, para lo que fue preciso establecer restricciones a corto y medio plazo. Luego, dichas reservas derivaron más bien hacia la conservación del ecosistema, pero ¿acaso amparan toda la biodiversidad marina en las zonas vedadas? Una reciente revisión ha encontrado que tanto la abundancia como la diversidad de formas de vida marinas son muy superiores dentro que fuera de las reservas (1). El incremento de la abundancia varía entre un 23 y un 196% dentro de ellas, mientras que el de la diversidad se cifra entre un 10 y un 130%. Las densidades de peces, en concreto, fueron entre el 35 y el 81% más altas dentro que fuera de ellas. Pero este no es el mejor enfoque para valorar la efectividad de las reservas, porque ambas zonas, la vedada y la explotable, podrían tener características distintas que fuesen capaces de determinar esas diferencias. Lo ideal sería tener información sobre el antes y el después de cada zona, pero normalmente no hay dato alguno sobre los “antes”.
En cualquier caso, parece que las reservas sí son efectivas, ya que tanto la biomasa como la variedad de peces aumenta en las fronteras de la zona protegida. Aunque, claro, nunca llueve a gusto de todos y si aumenta la densidad y la talla de los peces es posible que eso afecte a todo el ecosistema. Recuerdo que antes de que se declarara la reserva marina de las islas Columbretes (Castellón) no había tanta langosta ni peces depredadores de gran talla, pero sí podía apreciarse todo un cinturón mesolitoral de moluscos (lapas, mejillones, bígaros) en las rocas volcánicas que se ha visto muy menguado en la actualidad. El aumento de peces y el descenso de lapas y mejillones podrían responder a una relación de causa-efecto debido a la depredación. Claro que también podría ser que antes de promulgarse la reserva hubiese más moluscos de los que corresponden a un sistema marino en equilibrio. Al final, todo depende de lo que nos interese proteger. Si lo que pretendemos es favorecer a la gigantesca lapa Patella ferruginea, propiciar la presencia de peces de gran tamaño quizá no sea lo más recomendable.

Gatos, pájaros, ratas e islas

Muchas islas –como la de Mallorca, donde vivo– están llenas de gatos domésticos. Campan a sus anchas por los alrededores de las casas en los pueblos de montaña y acaban anualmente con cifras extraordinarias de aves residentes y migratorias. Se trata, en principio, de una realidad no deseable, pero que responde a la necesidad de controlar a ratas y ratones. Estos roedores fueron introducidos en la isla balear hace quizá 2.000 años, en tiempos de los romanos, y a falta de depredadores nativos pueden convertirse en una auténtica plaga. En Mallorca habita una comunidad bastante simple de depredadores introducidos que incluye comadrejas, martas y ginetas. Así que el objetivo conservacionista de controlar a los gatos asilvestrados está condicionado por la previa eliminación de los roedores, algo casi imposible de abordar en una superficie de 3.600 kilómetros cuadrados.
Por ejemplo la eliminación de gatos domésticos en Little Barrier Island (Nueva Zelanda), debido a la presión que ejercían sobre las aves marinas (2), trajo consigo un aumento en la densidad de ratas y un considerable descenso en el éxito reproductor del petrel de Cook (Pterodroma cookii). Claro que si el problema provocado por los gatos fuera una mayor mortalidad de adultos reproductores, el efecto de una menor productividad no sería tan grave, dado que la supervivencia es más importante que la fecundidad en términos de tasa de crecimiento de una población de aves longevas. Pero resulta que las ratas también afectaban directamente a la supervivencia anual de los adultos de petrel de Cook, una especie de pequeño tamaño dentro de las aves marinas. En fin, cada caso es un mundo y es difícil generalizar sin riesgo de equivocarse. Algo parecido puede ocurrir si en una isla coexisten ratas y ratones y sólo se controla a las ratas: los ratones pueden proliferar y acaban siendo un grave problema de conservación (3, 4).


La eliminación de gatos en las islas para proteger las colonias de aves marinas puede tener como consecuencia inesperada un aumento en la densidad de roedores, de manera que el descaste acabe por no reportar los efectos deseados (Foto: Isabel Donoso)

Quitar y poner siempre tiene consecuencias

Una de las técnicas más empleadas por los gestores de fauna silvestre es poner y quitar especies en los sistemas naturales. Hace pocos años se propuso introducir en Norteamérica especies actuales que recompusieran la megafauna extinta a principios del Holoceno o que, al menos, tuvieran un papel ecológico lo más equivalente posible (5). El plan pretendía recuperar unas relaciones funcionales ya desaparecidas, como la dispersión de semillas, en muchos sistemas que aún conservan síndromes adaptativos a la presencia de aquella gran fauna del pasado. Pero, aunque la intención era buena y estaba basada en sólidos principios ecológicos, no tenía en cuenta el riesgo de obtener resultados inesperados e indeseados. Por ejemplo, las especies introducidas podrían ser portadoras de enfermedades infecciosas peligrosas para la fauna nativa. Esta lección ya deberíamos haberla aprendido a raíz de las meteduras de pata que se han cometido en el mundillo de la lucha biológica contra las plagas. El hecho de introducir a un depredador de la región de origen de la especie exótica invasora tiene a menudo consecuencias colaterales e imprevistas para las especies-presa nativas.
Por otra parte, la eliminación de fauna también puede acarrear efectos imprevistos en cascada, precisamente lo que se pretende evitar con propuestas como las anteriores. Así, la exclusión durante diez años de grandes mamíferos ramoneadores en la sabana africana redujo la cantidad de néctar y el alojamiento que ofrecían las acacias a las hormigas. Los árboles desprovistos de hormigas fueron más duramente atacados por un escarabajo, crecieron más despacio y sufrieron una mayor mortalidad que los ocupados por las hormigas mutualistas de las acacias. En este caso, la megafauna ausente pone de manifiesto la existencia de un amplio espectro de simbiosis, en el que están involucrados desde los insectos hasta los mamíferos de gran talla (6). Como le gusta decir muy acertadamente a un viejo amigo mío, translocar especies (incluso en el caso de las especies amenazadas) es seguir visitando la trasnochada idea de las repoblaciones cinegéticas. El procedimiento es el mismo, sólo cambian los sujetos de la suelta. En realidad, lo que necesitamos es un cambio de paradigma, trabajar sobre todo en la conservación de los hábitats y pasar del modelo de las repoblaciones vegetales (con especies autóctonas o sin ellas) al modelo de la facilitación vegetal (7). Este método tiene unas bases ecológicas profundas y es más apropiado para los ecosistemas mediterráneos, marcados por la crudeza del estío.

Los comederos para buitres fomentan la baja dispersión de las aves y, con ello, la formación de tríos reproductores que pueden reducir el éxito reproductor (Foto: Clara García-Ripollés) (10)
Comida suplementaria, desastre asegurado

La disponibilidad de comida es uno de los factores limitantes del crecimiento de las poblaciones, de modo que tocar este componente del sistema tendrá siempre consecuencias impredecibles en mayor o menor grado. Las embarcaciones turísticas dedicadas a la observación de fauna marina en el Mediterráneo suelen atraer a los peces con pienso en sitios predeterminados para que el espectáculo resulte más atractivo. Con esta inofensiva –e incluso aparentemente positiva– actividad se acaba favoreciendo el aumento de distintas poblaciones de peces, lo que puede tener consecuencias negativas para la comunidad animal de invertebrados que viven sobre las hojas de posidonia (Posidonia oceanica). La lista de ejemplos relacionados con los efectos indirectos e inesperados de la alimentación suplementaria necesitaría un anexo electrónico para no ocupar todas las páginas de Quercus: restos de caza mayor que aumentan la supervivencia invernal de los depredadores del urogallo en Pirineos; comederos para buitres que fomentan la baja dispersión de las aves y, con ello, la formación de tríos que reducen el éxito reproductor; descartes de la pesca comercial que disparan el crecimiento de las colonias de gaviotas, las cuales pueden depredar después sobre otras especies; basureros que alteran los patrones de migración de las cigüeñas…etcétera, etcétera, etcétera.
Muchas veces, lo más aconsejable ante un aparente problema ecológico es no hacer nada, como predica el milenario taoísmo chino y como ya decía Carlos Herrera en su estupendo artículo del número 251 de Quercus (8). Dado que políticos y gestores difícilmente harán caso de tal sugerencia, porque han de rellenar memorias anuales justificando su trabajo, quizá sea conveniente recordar que existen herramientas de análisis bien elaboradas, como la denominada gap theory, que determina cuánta incertidumbre puede ser tolerada antes de que nuestra decisión cambie. La inferencia estadística bayesiana (9), que trata de aprovechar al máximo la información previa disponible sobre el sistema estudiado, también puede resultar una buena ayuda para que las personas encargadas de tomar decisiones tengan menos riesgos de montar un circo y que le crezcan los enanos. Con todos mis respetos para los circos sin animales y, por supuesto, para las personas más bajitas.


Bibliografía

(1) Stewart, G.B. y otros autores (2008). Are marine protected areas effective tools for sustainable fisheries management? I: Biodiversity impact of marine reserves in temperate zones. Systematic Review, 23. Disponible en http://www.environmentalevidence.org/Documents/Summary/Summary-SR23.pdf
(2) Caut, S. y otros autores (2007). Rats dying for mice: modelling the competitor release effect. Austral Ecology, 32: 858-868.
(3) Le Corre, M. (2008). Cats, rats and seabirds. Nature, 451: 134-135.
(4) Cuthbert, R. y Hilton, G. (2004). Introduced house mice Mus musculus: a significant predator of threatened and endemic birds on Cough Island, South Atlantic Ocean? Biological Conservation, 117: 483-489.
(5) Donlan, J. y otros autores (2006). Pleistocene rewilding: an optimistic agenda for twenty-first century conservation. The American Naturalist, 168: 660-681.
(6) Palmer, T.M. y otros autores (2008). Breakdown of an ant-plant mutualism follows the loss of large herbivores from an African savanna. Science, 319: 192-195.
(7) Pugnaire, F.I.; Armas, C. y Tirado, R. (2002). Interacciones entre plantas de alta montaña. Quercus, 200: 28-32.
(8) Herrera, C.M. (2007). Cada problema complejo tiene siempre una solución sencilla, que generalmente es errónea. Quercus, 251: 10-11.
(9) Ellison, A.M. (1996). An introduction to Bayesian inference for ecological research and environmental decision-making. Ecological Applications, 6: 1.036-1.046.
(10) Carrete, M., Donázar, J.A., Margalida, A., Bertrán, J. (2006). Linking ecology, behaviour and conservation: does habitat saturation change the mating system of bearded vultures? Biology Letters 2: 624-627.
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miércoles, 28 de marzo de 2012

Islas dentro de islas

Hoy, mientras paseaba por uno de los muchos picos con más de 1.000 metros de la Sierra Tramuntana de Mallorca pensaba que si observamos desde un satélite el mediterráneo occidental, la isla “maior” de las Baleares aparece como una sóla isla pero, si hacemos un zoom y nos aproximamos más a la mayor de las Gimnesias (nombre que recibe el conjunto geológico de Mallorca, Menorca y el subarchipiélago de Cabrera), podremos intuir que Mallorca es más bien la unión de dos islas en una (la sierra de Tramuntana y las sierras de Llevant). Algo similar ocurre con Formentera que es en realidad la unión de dos antiguos islotes: la Mola y el Cap de Barbaria, por medio de materiales geológicos más modernos. O con la isla de Tenerife por ejemplo, originariamente compuesta por los islotes de Anaga, Teno y Roque del Conde (de unos 6 a 11 millones de años de antigüedad), unidos por más recientes erupciones (de aproximadamente hace 2 millones de años). La sierra de Tramuntana y las sierras de Llevant fueron durante largo tiempo, a lo largo del Cenozoico, dos islas que emergían dejando encerradas a sus pies unas someras cubetas tropicales ricas en corales en las que campaban a sus anchas unos mamíferos sirénidos semejantes a los actuales manatíes y dugongos. Pero si avanzamos un poco más aún con el zoom descubriremos que estas dos islas montañosas están compuestas a su vez por varias islas menores. Estas islas adicionales están constituidas por los picos de mayor altura, los cuales sabemos, desde que Robert McArthur y Edward O. Wilson formularan su teoría de la biogeografía de islas allá por 1967 (1; 2), que actúan en la práctica como islas biogeográficas, desde el punto de vista de las causas de su diversidad, conjugando las tasas a las que suceden los procesos de colonización y extinción de las especies. Así pues en el fondo, ante la apariencia externa de una sóla isla, tenemos en realidad un sistema triple encajado de islas dentro de islas.

El Puig Major, con sus 1.445m de altura, es una isla biogeográfica dentro de la isla de Mallorca

Una especie de juego de muñecas matrioskas que seguramente podríamos seguir extendiendo si por ejemplo pintáramos la distribución de los endemismos vegetales en los picos de las montañas. Un sistema complejo de organización geomorfológica que explica los patrones biogeográficos tan restringidos de distribución de la flora endémica. Por ejemplo, si bien algunos endemismos baleáricos, como Hypericum balearicum (la “estepa joana”) o Crocus cambessedesii (“safrà bord”), se reparten extensamente por la Tramuntana, las sierras de Levante e incluso están presentes en Menorca y hasta en Ibiza, otros, como Ligusticum huteri, Euphorbia fontqueriana  o Agrostis barceloi (sin nombres comunes), entre otros muchos, han sido detectados tan sólo en unas pocas localidades de la sierra mallorquina. Sería digno de estudio el averiguar a qué se debe que algunos endemismos estén tan localizados geográficamente mientras otros son más eclécticos. ¿Es una limitación filogenética? ¿Se debe al tipo de dispersión o de polinización? ¿Es debido a las preferencias de tipo de suelo? ¿Es la distribución actual en realidad un artefacto por desaparición de otras localidades históricas? O, por contra, ¿es reciente la presencia de especies restringidas en localidades de gran altura debido al calentamiento global?

Estepa joana (Hypericum balearicum), un endemismo balear de amplia distribución. Autora: Beatriz Vigalondo

Ligusticum huteri, endemismo mallorquín de muy restringida distribución. Autor: Llorenç Saez

El caso es que esta reflexión espacial nos lleva a pensar en lo localizado de la distribución de buena parte de los endemismos. Las islas oceánicas, los picos de montaña, los humedales o las cuevas (otros tipos de islas a fin de cuentas) son puntos calientes de concentración de endemismos, es decir, de formas vivas (o, más elegantemente, de soluciones evolutivas como diría Carlos Herrera) exclusivas de una región, que no existen en ningún otro lugar del planeta.  A menudo los “puntos calientes” para los endemismos no coinciden con los puntos calientes de diversidad. Las islas típicamente son espacios relativamente pequeños y por ello albergan pocas especies pero, por el contrario, cuentan con un elevado porcentaje de especies propias, que han evolucionado en aislamiento de las formas continentales de las que proceden. La conservación de los puntos calientes para los endemismos debe ser una prioridad conservacionista máxima ya que el objetivo de la conservación de la biodiversidad regional pasa por la preservación de los enclaves ricos en endemismos, que representan un recambio en la composición de especies. Es decir, no tiene la misma diversidad una región que en conjunto albergase 100 especies (diversidad gamma o regional) pero en la que cada uno de las hábitats que consideremos tenga las mismas 100 especies que otra en la que en conjunto haya también 100 especies pero con la particularidad de que cada uno de sus hábitats tenga menos de 100 especies pero albergue alguna especie distinta a la de las cuadrículas vecinas. La primera región es mucho más homogénea que la segunda o, más estrictamente hablando, para una misma diversidad regional, la diversidad beta es mayor en el segundo caso. Una mayor diversidad beta indica mayor heterogeneidad espacial, lo que hace de cada pieza del puzzle un parte única e imprescindible para el conjunto del puzzle.
Si recordamos que éste es un planeta de insectos, ya que cerca de la mitad del millón setecientas cincuenta mil especies de seres vivos (plantas incluidas) descritos hasta la fecha son insectos, todo apunta a que la conservación de la diversidad biológica es sobre todo un asunto de conservación de insectos y, en gran medida, de conservación de insectos endémicos. A modo de muestra un botón: de las casi 550 formas endémicas de fauna de las Baleares, a nivel de especie o subespecie, la mitad son insectos endémicos (3) y de las ca. 6.500 especies de invertebrados de Canarias la mitad son endémicas, la mayor parte insectos. Las selvas lluviosas tropicales son las que albergan la mayor diversidad de insectos y esto es en gran medida porque los árboles que las componen actúan como islas dentro de un mar de árboles. Muchos insectos sólo viven sobre una determinada especie de árbol o planta nutricia y muchas especies de árboles tropicales cuentan con una abundancia muy baja y una distribución muy amplia, lo que da lugar a densidades muy bajas que hacen de cada árbol una auténtica isla rodeada de terreno verde inhóspito para sus huéspedes invertebrados. Esto hace que sea casi imposible saber cuántas especies de insectos hay en el mundo (o lo que es casi lo mismo, saber cuántas especies animales hay sobre el planeta) o estimar a qué velocidad los estamos perdiendo con la destrucción de los bosques tropicales. Todo lo que podemos decir es que ese bioma es el que está experimentando un mayor grado de destrucción a resultas de la actividad humana y que esos “archipiélagos” forestales, concentran – a modo de archivo .rar de compresión- la historia antigua del planeta. Durante el Eoceno, la segunda época del Cenozoico, cuyos límites se establecen entre hace 55 millones de años y hace 33 millones de años, los bosques tropicales ocuparon el planeta hasta la latitud de 45º norte y sur y los bosques templados llegaban hasta los mismos polos.  Durante esa época de unos 20 millones de años de duración hubo, por ejemplo,  una enorme diversificación de las aves y de las hormigas. Lo que se conserva de aquel esplendoroso pasado tropical del planeta (en el que las palmeras poblaban Alaska y Groenlandia debido a un calentamiento global provocado probablemente por la emisión masiva de gas metano liberado de los sedimentos marinos) está reducido hoy en día a una estrecha franja en torno al ecuador, entre las latitudes 23º norte y sur, debido al progresivo deterioro del clima planetario que comenzó con la formación de la corriente circumpolar antártica, al separarse Australia de la Antártida a mediados del Eoceno y continuó en el Plioceno y las glaciaciones pleistocenas en el hemisferio norte.
En definitiva, la conservación de la diversidad planetaria pasa en gran medida por la conservación de la insularidad, porque en las islas, ya sean éstas marinas, cuevas, picos o árboles aislados en un mar de árboles, la vida se muestra con especial originalidad.   
Referencias
(1) McArthur, R. y Wilson, E.O. 1967. The theory of island biogeography. Princeton University Press, Princeton.
(2) Losos, J.B. y Ricklefs, R.E. 2010. The theory of island biogeography revisited. Princeton University Press.
 (3) Pons, G.X. y Palmer, M. 1996. Fauna endèmica de les illes Balears. Institut d’Estudis Baleàrics, Conselleria de Obres Públiques, Ordenació del Territori i Medi Ambient y Societat d’Historia Natural de les Balears. Palma de Mallorca.
Agradecimientos:
A Damiá Jaume por hacerme ver que las estimas actuales del posible número de especies que alberga el planeta tienen tanta incertidumbre que son realmente inservibles. A Llorenç Saez y Anna Traveset por revisar y mejorar borradores del texto.
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miércoles, 29 de febrero de 2012

El efecto investigador

Paseaba este verano por la sierra de Cazorla cuando atiné a pasar por la base de un canchal de piedras desprendidas, de pequeño tamaño. Algunas plantas se las habían apañado para medrar entre ellas. Pensé que eran unas supervivientes muy meritorias, pero también medité sobre cómo diantres podría estudiar la dinámica (o, más bien,¡ la cinemática!) de esa población, que sin duda debe acompañar a las piedras en su movimiento colina abajo. Si me metiese a pie en ese cono de deyección alteraría las condiciones originales y lo que estaría estudiando ya no sería la situación original. ¡Vaya dilema!

En la biología de campo, situaciones como las descritas en la entradilla se presentan con mucha más frecuencia de lo deseable. Los físicos ya pusieron nombre a este fenómeno hace tiempo, cuando el alemán Werner Heisenberg (1901-1976) formuló su Principio de Incertidumbre. La versión casera viene a decir que no es posible determinar a la vez la posición y la velocidad de un electrón, porque para hacer estas observaciones es preciso iluminarlo –y, por tanto, bombardearlo con fotones–, lo que altera el resultado de las mediciones. Advierto que esta versión cualitativa es poco satisfactoria para un físico de partículas, ya que en realidad el fenómeno es mucho más complejo y trasciende los conceptos de la física clásica, pero a nuestros efectos bastará con esta versión algo descafeinada.



Estudiar una población de plantas en un canchal de piedras plantea la paradoja de alterar las condiciones del sistema de estudio (Foto: autor)
El efecto investigador y la validez de nuestros resultados
Cuando estudiaba avetorillos (Ixobrychus minutus) en la Albufera de Valencia, me encontré en la siguiente tesitura. Seguía dos tipos de nidos: unos situados a orillas de las acequias que atraviesan el arrozal, accesibles desde una embarcación, y otros más alejados de la orilla a los que había que llegar andando, abriéndose paso entre la vegetación palustre. Resultó que los nidos accesibles desde la barca solían salir adelante sin problemas, pero los visitados a pie fracasaban. Tras reflexionar sobre las características diferenciales de ambos tipos de nidos acabé llegando a la sospecha final de que era yo el culpable de aquella diferencia, ya que el camino abierto entre los carrizos y las eneas no sólo era práctico para mí sino también para los depredadores potenciales de huevos y pollos, como las ratas. Ese fue mi primer contacto con el llamado “efecto investigador”. Quería evaluar el éxito reproductor de estas pequeñas garzas y era yo mismo quien estaba introduciendo un sesgo en el estudio. Muchos años después me comentaba Carlos Herrera que ese problema se da también entre los ecólogos vegetales, que, sin querer, pueden aumentar las tasas de depredación de semillas y frutos en las plantas visitadas, con lo cual introducen un sesgo involuntario en sus estudios demográficos.

En biología, varios ejemplos curiosos del principio de incertidumbre se dan en el mundillo del marcaje de aves. De hecho, en los análisis de captura-recaptura se advierte de entrada que de poco servirá el estudio si las marcas alteran la supervivencia (o la probabilidad de recaptura) de los individuos trampeados. En un artículo publicado en la revista Nature en enero de 2011 (1) se ponía de manifiesto que el marcaje de los pingüinos rey (Aptenodytes patagonicus) mediante bandas metálicas en las “aletas” les afectaba negativamente, ya que nadaban peor, necesitaban más tiempo para buscar comida y tardaban en regresar a la zona de cría. Todo esto se tradujo en una reducción del 40% en la productividad y un 16% en la supervivencia de las aves marcadas. De modo que las conclusiones sobre el efecto del cambio climático sobre estas aves marinas no son ahora nada fiables y deben ser reexaminadas.

Nosotros también nos preocupamos del posible impacto que pudiéramos tener sobre las colonias de aves marinas que seguimos a largo plazo en el Mediterráneo occidental. Para asegurarnos de que la instalación de geolocalizadores adheridos a una anilla plástica en el tarso de las pardelas cenicientas (Calonectris diomedea) no tenía efectos negativos sobre sus parámetros demográficos, se siguió durante tres años una muestra de aves marcadas y otra sin marcar en dos colonias distintas. Los resultados (de nuestras pruebas estadísticas de potencia) indicaron que no había grandes o medianas diferencias en las tasas de retorno, ni tampoco en el éxito reproductor ni en la condición física de las aves marcadas. Sólo se detectaron efectos de pequeña magnitud, a corto plazo, en la condición física en las aves marcadas que se consideraron poco relevantes biológicamente (2) y concluimos que el método era adecuado para obtener información sobre las aves en el mar. Pero tuvimos en cuenta la posibilidad de que se dieran ciertos sesgos cuando las condiciones ambientales fueran muy adversas.

Los efectos de la implantación de tecnología sobre la fauna silvestre debe ser cuidadosamente analizada para prevenir daños no deseados y resultados engañosos (Foto: autor) 

Otro caso clásico protagonizado por aves es el sesgo que se produce entre los diamantes mandarines (Taeniopygia guttata) cuando se marcan con anillas plásticas de colores para estudiar los procesos de selección sexual. Resulta que, al final, las preferencias de las hembras se ven influidas no sólo por la intensidad de la coloración natural de los machos, sino también ¡por el color de las anillas que portan! Claro, el color es el color y resulta ser un rasgo importante para las aves, al igual que para los seres humanos. Entre paréntesis, si me permitís una digresión que no puedo reprimir, diré que curiosamente este papel tan importante de la vista, junto con nuestros sistemas de emparejamiento fundamentalmente monógamos, nos unen más a las aves que a los mamíferos. En efecto, los mamíferos se fían más del oído y del olfato que de la vista y son más proclives a la poligamia que nosotros, seres sólo ligeramente polígamos a juzgar por nuestro bajo dimorfismo sexual y al reducido tamaño relativo de nuestros testículos, que indican un papel poco relevante de la competencia espermática (3).

En cualquier caso no hay que olvidar que también hay casos en los que el efecto del investigador existe y es para bien, sobre todo cuando se aplica el llamado "efecto espantapájaros" (scarecrow effect) y los depredadores evitan las zonas visitadas por los investigadores humanos. Algo similar a lo que que ocurre en las zonas de pic-nic que la administración forestal instala en los montes, donde algunas avecillas del bosque pueden conseguir un doble beneficio: restos de comida y una menor densidad de pequeños y medianos depredadores. 

Investigaciones y bienestar animal
Con el advenimiento de la tecnología a la carta, los radiotransmisores se han convertido en uno de los artilugios más en boga de los últimos tiempos. Un reciente estudio veterinario ha puesto de manifiesto que el 22% de los milanos reales (Milvus milvus) marcados con radiotransmisores, mediante arneses adosados al dorso, para un proyecto de reintroducción en el Reino Unido, sufrieron lesiones físicas severas, lo que pudo reflejarse en el fracaso reproductor de algunos individuos (4). Algo que, sin embargo, no pasó entre los milanos reales cuyos transmisores se montaron en la cola. En este caso no parece que los daños sean relevantes, sobre todo si tenemos en cuenta que se enmarcan en un programa de reintroducción de la especie llevado a cabo desde 1989 por parte de la Royal Society for Preservation of Birds (RSPB) y el Nature Conservancy Council y que se ha saldado con unas mil parejas nidificantes de milanos reales en Inglaterra.

No obstante, hay que valorar siempre los riesgos y beneficios que el marcaje entraña para cada especie. En Mallorca, por ejemplo, el Govern Balear marca también milanos reales con radiotransmisores y gracias a ello ha sido posible pillar con las manos en la masa a propietarios de fincas cinegéticas que estaban colocando cebos envenenados. En tales circunstancias, el marcaje puede representar grandes beneficios, no sólo para los propios milanos sino para mucha otra fauna silvestre.

No quiero dar la falsa impresión de que los investigadores son ahora los culpables de todos los males, porque sinceramente no lo creo y más bien estoy convencido de que gracias al seguimiento de las poblaciones muy a menudo podemos detectar problemas de conservación de modo que los gestores puedan actuar con buen criterio. Pero siempre está bien un poco de autocrítica. Obviamente, nuestro trabajo siempre tiene alguna consecuencia. Se trata de evaluar, caso por caso, si son tolerables o desaconsejables. A veces es también una cuestión de prioridades, de lo que más urja proteger. Si para estudiar una colonia de aves hemos de pisotear una población de plantas endémicas o un perfil de suelo viejo muy valioso, habrá que sopesar si los daños a la vegetación o al suelo se ven compensados por el beneficio a la fauna. Difícil decisión.

El asunto radica en que, cuanto más mejoremos en este aspecto, más exactas y precisas serán nuestras estimas, menor incertidumbre tendrán nuestras predicciones y más inocua será nuestra relación con nuestros queridos modelos de estudio.

Agradecimientos
A José Manuel Igual y Juan Jiménez, por sus comentarios a un borrador de este trabajo.


Bibliografía

(1) Saraux, C. y otros autores (2011). Reliability of flipper-banded penguins as indicators of climate change. Nature, 469: 203-206.
(2) Igual, J.M. y otros autores (2005). Short-term effects of data-loggers on Cory’s Shearwater. Marine Biology, 146: 619-624.
(3) Arsuaga, J.L. (2004). Los aborígenes: la alimentación en la evolución humana. RBA Editores. Barcelona.
(4) Peniche, G. y otros autores (2011). Long-term health effects of harness-mounted radio transmitters in red kites (Milvus milvus) in England. Veterinary Record (en prensa).
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viernes, 27 de enero de 2012

Me perturbas

Por alguna razón, que intuyo está relacionada en parte con una estructura dicotómica del funcionamiento de nuestro cerebro, y en parte con mitos que vienen de antiguo como el de la Arcadia o el del buen salvaje, los conservacionistas solemos posicionarnos de entrada en contra de cualquier proyecto que tenga asociada una perturbación del medio natural, en lugar de matizar nuestra respuesta. Pero, la perturbación ha existido siempre en la naturaleza y muchas veces no dejarla fluir es hacerle un flaco favor a animales y plantas.

Perturbaciones naturales y artificiales

Dice la teoría ecológica que las perturbaciones intermedias son positivas para el fomento de la diversidad (1, 2). Ni la constancia absoluta ni las perturbaciones exageradas tendrían este efecto benefactor. A menudo me acuerdo de esta máxima ecológica cuando buceando en el mar golpeo sin querer con las aletas un césped de algas y acuden raudos y veloces doncellas y serranos a curiosear entre el revuelo armado involuntariamente. A río revuelto…ganancia de pescadores dice el refrán. Un efecto similar lo producen los temporales marinos cuando azotan la costa y desprenden erizos de mar de su seguro amarre a las rocas y quedan así a merced de peces y crustáceos que acuden a darse un festín que, de otro modo, sería impensable. Análogamente, en tierra firme, un olmo viejo “hendido por el rayo y en su mitad podrido”, como diría Machado, queda a disposición de hongos y otros descomponedores más o menos microscópicos que tienen tanto derecho a aprovecharse de los azúcares complejos del olmo como el mirlo que nidificó entre sus ramas a usarlo de cobijo para la reproducción. Son infinitos los ejemplos que podríamos ir desgranando entre todos. Una gran roca que se desprende de un cortado y acaba matando a un grupo de ungulados genera recursos para los carroñeros. Un grupo zoológico éste al que debemos especial respeto si no olvidamos que gran parte de la historia de nuestra especie, en sus albores, estuvo basada en el mismísimo carroñeo de los restos dejados por enormes depredadores como hienas o dientes de sable, el cual fue determinante para que se disparara la evolución de nuestro gran cerebro. Un incendio en un pastizal de herbáceas no sólo favorece a las especies vegetales pirofíticas sino que atrae a depredadores de insectos que quedan a merced de garras y dientes al tratar de huir de la hecatombe local. Esto recuerdo haberlo vivido en multitud de ocasiones en los campos de arroz de la Albufera de Valencia, cuando en otoño se quema el rastrojo y garzas y rapaces diversas vigilan el avance del frente del fuego para ponerse las botas con todo bicho viviente que intenta escapar. De perturbaciones viven también a temporadas las gaviotas que acuden a esos mismos arrozales a comer invertebrados que quedan al descubierto cuando se “fangean” los arrozales con esos tractores tan especiales de ruedas gigantescas. Una inundación por lluvias torrenciales puede resultar dañina para algunas especies de plantas y animales de lugares secos pero también representa un aporte extraordinario de ricos sedimentos que a larga acabaran favoreciendo a otras especies de hábitos más nitrófilos. En fin, nunca llueve a gusto de todos y creo que nadie duda a estas alturas de que la única regla en la naturaleza es el cambio, como ya hemos comentado en otras ocasiones (3). Pero, ¿qué pasa cuando las perturbaciones son de origen humano, cuando no es el rayo, ni la lluvia, ni el temporal quienes están detrás de la ruptura de la estaticidad, de la estabilidad, del equilibrio dinámico, sino la mano humana?

Hace ya muchos años aprendí, para mi sorpresa, y no con cierto disgusto, que en una zona de playa valenciana que había sido hoyada por las huellas de un irrespetuoso vehículo todoterreno, los charrancitos y chorlitejos patinegros de la zona habían preferido instalarse para criar en las propias rodadas dejadas por el vehículo que en los ambientes dunares naturales de los alrededores. Aquellas depresiones dejadas en la arena constituían un refugio perfecto para estas avecillas de medios cambiantes, probablemente porque quedaban protegidas de los vientos cargados de arena que azotaban la zona de tanto en tanto. ¡Ni el mejor gestor de fauna silvestre del mundo, interesado en favorecer a estas especies, hubiera pensado en una solución semejante ni contando con cien años para tomar la decisión! Creo que esa fue la primera vez que mi idealizada visión de lo natural sufrió un varapalo. ¡Los charrancitos no podían preferir las rodadas de un coche a un hueco natural en las dunas! Seguro que me entendéis.

Paradójicamente la crisis de las vacas locas y el impacto de los aerogeneradores provocaron la expansión geográfica de los buitres leonados en Castellón con el resultado final de una expansión población que podría tener efectos positivos para al conjunto de la población de carroñeros (Foto: Consellería de Medi Ambient)


Buitres y aerogeneradores

            Mucho más recientemente ha habido otras ocasiones que me han sorprendido en igual dirección. Por ejemplo, desde hace unos años estudiamos los efectos de la instalación de parques eólicos sobre las aves planeadoras del norte de la provincia de Castellón. La coincidencia de la instalación de dichas plantas aerogeneradores con la escasez de comida derivada de la crisis veterinaria de las “vacas locas”, llevó a los buitres leonados de la zona a buscar comida en un vertedero de residuos sólidos a cielo descubierto. Una conducta bastante poco común entre los buitres, al menos en nuestras latitudes. El caso es que la presencia de turbinas eólicas en la ruta aérea de entrada al vertedero provocó, a mediados de la década del 2000, una mortandad de varios centenares de estas aves. La población, que se encontraba en pleno crecimiento o más concretamente en plena recuperación desde casi la extinción local décadas atrás, sufrió un decrecimiento del 24%, debido a una reducción de la productividad del 35% y del 30% en la probabilidad anual de supervivencia (4). Esto fue un hecho claramente negativo, que acabó solucionándose mediante la intervención humana (paralización de las turbinas más problemáticas, clausura temporal del vertedero, instalación de comederos de buitres lejos de los parques eólicos tras levantarse la prohibición de los muladares originada por la crisis de las vacas locas) y por causas espontáneas (inmigración de colonias cercanas y regreso a la reproducción de parejas que la habían interrumpido durante la crisis). Pero lo más curioso del asunto es que el hachazo depredador ejercido por las garras y dientes de la granja eólica (en forma de aspas) aparentemente tuvo como consecuencia inesperada la dispersión de buitres hacia el sur de la provincia, llevando a la instalación de nuevas buitreras en zonas hasta entonces no colonizadas por la especie. La dispersión de las colonias por el territorio tendrá a medio plazo beneficios para la recuperación de la especie, al evitarse los problemas negativos asociados a las altas densidades. De hecho la zona sur es la que crece ahora a mayor ritmo y la dispersión ha tenido como consecuencia un aumento del número global de parejas en la provincia.

Para sorpresa de propios y extraños la perturbación producidad por la construcción del polémico aeropuerto de Castellón se saldó con una expansión territorial de los aguiuchos cenizos en la provincia de Castellón y un aumento poblacional. La obra del aeropuerto no necesitaba tener al aguilucho como adalid para dejar clara su falta de sentido (Foto: Conselleria de Medi Ambient).

Aguiluchos cenizos y aeropuertos

Podría pensarse que el caso anterior es un caso aislado, una casualidad, una golondrina que no hace primavera. Pero no. Sin ir más lejos, en la misma provincia geográfica encontramos un caso bastante parecido que involucra a otra rapaz. El aguilucho cenizo tenía en el año 1991, hace ahora 20 años, un pequeño núcleo incipiente en el interior de Castellón. La población fue creciendo y expandiéndose progresivamente hasta que en los años 2005-2006 la construcción del aeropuerto de Castellón incidió directamente sobre el corazón de la pequeña población en crecimiento, como un mazazo ejecutado directamente sobre un hormiguero, destruyendo buena parte del hábitat de reproducción. Lejos de acabar con los aguiluchos, la perturbación provocó, como en el caso de los buitres, una enorme expansión del área de distribución de los aguiluchos que ha tenido como consecuencia el incremento continuado de la población desde una veintena de parejas en 1991 a las más de 150 en 2011, pasando de 100 a más de 150 desde 2005 hasta ahora, y de extenderse su zona de nidificación a lo largo y ancho de unas 100.000 hectáreas de terreno a más de 200.000 has. ¡Ahí es nada! No creo que los lectores duden de que la obra del aeropuerto de Castellón fue altamente innecesaria e inadecuada, por no entrar en valoraciones políticas más agresivas, pero el caso es que desde la óptica del estudio de la naturaleza, podemos y debemos aprovechar el experimento que supuso para al menos aprender sobre el papel, negativo y positivo, que las perturbaciones antrópicas pueden tener sobre la fauna para que cuando nos enfrentemos a casos similares, más necesarios y libres de connotaciones de poca higiene política, sepamos qué recomendar y qué esperar. Podremos así al menos emitir un no con matizaciones o un sí informado y quizás predecir los resultados de una actuación con más fiabilidad. Veamos. El caso de los buitres y los aguiluchos sugiere que las perturbaciones no tienen efectos colaterales positivos para cualquier especie sino en particular para poblaciones de especies en expansión o recolonización, de carácter social, que disponen de abundante hábitat adecuado disponible y una alta movilidad y siempre y cuando se arbitren medidas de  conservación para permitir y favorecer dicha expansión. Sin duda, la disponibilidad de habitat alternativo a donde dirigirse es un factor clave para que una perturbación no acabe teniendo efectos negativos. Los cenizos crían en medio de coscojares extensos que abundan por mor de los demasiado habituales incendios forestales y cortados para buitres no faltan en la montañosa provincia de Castellón. Además, es lógico que muchas especies estén pre-adaptadas para amortiguar las perturbaciones ya que la destrucción de hábitat por una pala excavadora es equivalente a la destrucción de hábitat por una catástrofe natural y la mortalidad es mortalidad, sea causada por una turbina o por los caninos de un diente de sable. Lo que marca las diferencias normalmente entre la actividad humana y la no-humana es la frecuencia de las perturbaciones. Por ejemplo un incendio puede tener ventajas en un área de vegetación pirofítica pero 5 incendios en dos años es simplemente una atrocidad.

            Quiero acabar estas reflexiones provocadoras con un último ejemplo que me dejó boquiabierto recientemente, al leer un libro sobre conservación de la biodiversidad de las Baleares (5). Cuenta Mayol en su libro que una de las zonas en las que mejor se conservan los bosques de kelp baleáricos (poblaciones del alga marrón endémica Laminaria rodriguezii) son los alrededores del cable submarino de suministro de electricidad que discurre entre Mallorca y Menorca, por la sencilla razón de que la pesca de arrastre está prohibida en su entorno por razones de seguridad. ¡Vivir para ver! No creo que a nadie se le hubiese ocurrido que dicha perturbación sobre la población de Laminarias fuera a tener unos efectos tan positivos como construir un arrecife artificial. Al menos he de reconocer que a mi no se me hubiera ocurrido y a buen seguro hubiera tendido a ponerme de uñas de entrada al saber del proyecto. Todo es endemoniadamente complejo y retorcido y la lección a retener es que debemos aprender de las consecuencias de las perturbaciones para tomar mejores decisiones en el futuro. Decisiones que no siempre pasan por el no a rajatabla.


Agradecimientos:

A Juan Jiménez, de la Conselleria de Medi Ambient de la Generalitat Valenciana, de quien tantas cosas he aprendido, por su detallado seguimiento de las poblaciones de buitres y aguiluchos cenizos en la provincia de Castellón y de las consecuencias de las perturbaciones humanas sobre ellas.

(1) Connell, J.H. (1978). Diversity in tropical rain forests and coral reefs. Science 199: 1302-1310.
(2) Menges, E.S. (1990). Population viability analysis of an endangered plant. Conservation Biology 4: 52-62.
(3) Martínez_Abraín, A. (2012). La única regla es el cambio. Quercus (aceptado).
(4) Martínez-Abraín, A, Tavecchia, G., Regan, H.M., Jiménez, J., Surroca, M. y Oro, D. (2011). The effects of wind farms and food scarcity on a large scavenging bird species after the Bovine spongiform encephalopaty epidemic. Journal of Applied Ecology 49: 109-117.
(5) Mayol, J.(2008). Qué punyetes es aixó de la biodiversitat? Documenta Balear.
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