lunes, 27 de agosto de 2018

Con los pies en el suelo

En ecología suelen hacerse clasificaciones bastante artificiales y de escasa justificación. Por ejemplo, distinguir entre ecología terrestre y acuática, o entre ecología de aguas continentales y marinas. Hay, sin embargo, una distinción poco frecuente que sí tendría pleno sentido hacer: separar la ecología de los seres vivos sésiles de aquella de los seres vivos móviles.

Curiosamente, tal separación uniría a las plantas con los animales sésiles bajo un mismo epígrafe. Ni un alga, ni un musgo, ni un helecho, ni un brezo, ni un roble pueden salir corriendo ante la llegada de un herbívoro o una perturbación ambiental. Tampoco pueden hacerlo esponjas, corales, percebes, briozoos o mejillones. Esa condición determina toda su ecología, la manera en que se relacionan con su entorno. Si gestionaras una empresa dedicada a encontrar sustancias químicas capaces de curar enfermedades humanas deberías empezar a buscar entre los seres que viven atados al suelo.

Cuando no se puede salir por piernas hay que buscar soluciones alternativas y la más práctica es convertirse en una bomba química. Son las plantas (hasta las más comunes, poco llamativas y aparentemente inútiles) las que han desplegado una carrera armamentística con abundantes defensas químicas y no los mamíferos. Son los corales y las esponjas quienes pueden contener remedios para cualquiera de nuestros males y no los insectos. Nunca olvidaré que fue una vil artemisa la que, con su artemisina, me sacó de las garras de una muerte segura por malaria.

 Sapo de espuelas (Pelobates cultripes) a medio enterrar para protegerse. Los vertebrados con escasa capacidad de desplazamiento, como los anfibios, curiosamente son capaces de resistir mejor  perturbaciones severas como los incendios forestales que otras especies más móviles como las lagartijas (fotos: Pedro Galán).
Diálogos de un ecólogo con un herpetólogo
En los ratos sueltos que la frenética actividad docente permite, me gusta tener conversaciones con Pedro Galán, un compañero de la Universidade da Coruña que ha dedicado su vida a entender a los reptiles y a los anfibios. Muchas veces le cuento las cosas que voy reflexionando con mis modelos de estudio, mayoritariamente aves y mamíferos, y casi siempre Pedro acaba concluyendo que mis planteamientos no son aplicables a sus bichos. La razón es que tanto aves como mamíferos son bastante independientes de lo que pueda ocurrir en zonas concretas de sus hábitats locales, porque tienen la capacidad de irse cuando las cosas se ponen mal. Pero nada de eso vale para una rana, un tritón o un sapo. Tampoco para la mayoría de los reptiles, aunque muchos de ellos sean campeones en movilidad, como las ancestrales tortugas laudes.

Aves, mamíferos, reptiles y anfibios son todos ellos tetrápodos, pero esa agrupación tiene poco interés ecológico. Aves y mamíferos son homeotermos, mientras que reptiles y anfibios son heterotermos. Esta clasificación sí da jugo a la hora de entender su ecología y coincide con la que defiendo aquí al separar entre formas muy móviles y otras más bien estáticas. ¿Están relacionados ambos aspectos? Me refiero a la endotermia /ectotermia y la mayor o menor movilidad. ¿O es pura coincidencia? Bueno, parece algo más que una coincidencia. Poder moverse sólo cuando el sol aprieta representa una doble limitación: por el día te puedes sobrecalentar y de noche estás condenado al reposo.

Imaginemos una perturbación ambiental que consistiera en reabrir con un buldócer un antiguo cortafuegos que llevaba diez años intacto. Ese mismo cortafuegos es utilizado por jabalíes y lobos para desplazarse por la noche hacia sus zonas de alimentación, como si fuera una autopista. También lo usan los anfibios durante su fase terrestre, que encuentran buenos refugios bajo sus piedras. Tras el paso de la maquinaria pesada podemos esperar que ambos grupos, los muy móviles y los menos móviles, se vean afectados por el cambio de escenario. Sin embargo, no es así. Lobos y jabalíes volverán a usar el cortafuegos 24 horas después de que las máquinas se hayan ido (lo hemos constatado mediante foto-trampeo), mientras que los anfibios se habrán visto arrasados y tardarán meses o años en volver a colonizar un medio tan alterado. Como me repite Pedro incansablemente, el destino de los anfibios es el destino de su hábitat. Para los que pueden salir corriendo no.

Lo que vimos gracias a nuestras cámaras de foto-trampeo es que el buldócer no afectó a lobos y jabalíes, sino más bien al contrario, ya que les dejó una ruta más despejada hacia sus zonas de forrajeo. Así pues, a la hora de valorar el efecto de una perturbación no tenemos más remedio que preguntarnos: ¿Impacto? ¿Respecto a quién? La apertura de un cortafuegos no es ni una catástrofe ni un acto sin consecuencias o con consecuencias positivas. Como hemos visto otras veces, no hay una respuesta universal. Todo depende de nuestras prioridades de conservación. De lo que queramos tener. Si la zona es un punto caliente por su diversidad de anfibios o abundan las especies endémicas, haríamos bien recomendando precaución con tales prácticas. Pero, si lo que nos importa es el lobo, no deberíamos preocuparnos demasiado por esta estrategia para la prevención de incendios.
Lo que sí parece universal es que no podremos tener de todo en ese cortafuegos. En términos matemáticos, maximizaremos la función para un grupo o para otro, pero no tendremos dos máximos de la función. Pensar lo contrario es ilusorio y está lejos de la realidad, por mucho que nos incomode. Negarse por defecto a cualquier alteración del hábitat roza el fundamentalismo ambiental y la ignorancia ecológica. No podemos escapar de estudiar caso por caso cada problema. Todo lo contrario de lo que anhelaríamos como envidiosos que somos de la física de principios universales.

Sésiles, pero no tanto
De todos modos, siempre hay grados en esto de la movilidad. No es una cuestión cualitativa de sí o no, sino más bien cuantitativa. Por ejemplo, cuando vemos rodar por millares a las plantas del desierto, que dispersan sus semillas empujadas por el viento, no estamos tan seguros de que los vegetales se muevan poco. Dos especies estepicursoras de nuestra flora, como la barrilla (Salsola kali) y el cardo corredor (Eryngium campestre), se desprenden de la parte aérea de la planta cuando las semillas están maduras. Esa parte seca y ya muerta se separa del tallo o de la raíz y el viento se encarga de arrastrarla libremente. Esta estrategia para dispersar las semillas no es exclusiva de las fanerógamas, sino que se da también en los hongos y en unas plantas emparentadas con los helechos que conocemos como Selaginella. Algo equivalente ocurre con los crustáceos del género Balanus, cirrípedos epibiontes que viajan sobre tortugas marinas y cetáceos. Aunque ellos sean sésiles, se las ingenian para recorrer todos los rincones del mundo. Desplazarse a lomos de otro también es moverse. A fin de cuentas, nosotros no solemos recorrer el mundo a pie, sino a bordo de algún medio de locomoción.

Excepciones aparte, la capacidad de trasladarse lo determina casi todo: encontrar comida o pareja en otro sitio si las cosas se han puesto mal donde resides, sobrevivir cuando la meteorología se pone adversa, recolonizar una zona arrasada, librarse de un depredador o un competidor y encontrar mejores socios. Sin embargo, pensar que con mayor movilidad te conviertes en alguien mejor preparado para afrontar los cambios ambientales es mucho decir. De hecho, hace millones de años que el planeta cuenta con corales y esponjas, plantas y hongos. Tanto responde a una perturbación el abejaruco que migra como el sapo que se entierra. Son sólo estrategias diferentes. Eso sí, el sapo que se entierra es más dependiente de las alteraciones de su hábitat que el abejaruco.  Tal vez la diferencia radique en la capacidad de respuesta o recuperación ante las perturbaciones La maquia de lentiscos que no puede volar se quema en un incendio pero recupera el porte perdido   años después. Digamos que todo va más lento en el mundo de los sésiles. Es como si la vida tuviera dos velocidades.

Volviendo al inicio, para cerrar el círculo, si eres sésil tienes menos capacidad de escapar a la perturbación, pero un gran aguante para resistirla o recuperarte de ella. La grulla migra porque no puede enterrarse en el suelo o hibernar. Como ya discutí hace años en estas páginas,  no es que la grulla migre sólo porque tiene alas. Los anfibios (seres sin capacidad de vuelo) aparecieron mucho antes que los reptiles  con plumas que ahora llamamos aves y aún siguen aquí. A fin de cuentas ¡sólo por necesidad se sale corriendo!

Agradecimientos
Pedro Galán comentó un borrador de este artículo.

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domingo, 29 de julio de 2018

¿Es depredar sinónimo de regular?


He aquí una de esas preguntas que, sólo con leerla, eleva los niveles de adrenalina de cualquier naturalista. Los depredadores levantan pasiones, seguramente debido a oscuros atavismos que se remontan a cuando envidiábamos sus habilidades venatorias. Más aún en nuestros días, tras siglos de persecución oficial de estas especies. Pero que nos atraigan los depredadores no debería forzar la realidad para protegerlos. El fin (conservar) no justifica los medios (exagerar o tergiversar), al menos no para acumular conocimientos y creo que tampoco con fines prácticos.

¿Regulan los depredadores las poblaciones de sus presas? Han corrido ríos de tinta sobre este apasionante asunto, sobre todo con los insectos como modelo, porque la depredación no es patrimonio de leones y leopardos. Dejemos que las evidencias científicas hablen por sí mismas. De entrada, el asunto es controvertido porque hay varios factores que regulan las poblaciones de presas: los depredadores, claro, pero también el clima, la disponibilidad de alimento, las enfermedades o la competencia entre especies. Incluso hay otros factores, como luego veremos, que influyen en la eficacia de los depredadores como reguladores de sus presas. Además, es difícil que los estudios cuenten con plazos de tiempo y escalas espaciales suficientes para apreciar tales efectos, sobre todo cuando se refieren a vertebrados.

Como casi siempre en ecología, no hay una respuesta universal a la pregunta del título, sino varias respuestas dependientes del contexto. Para acabar de complicar las cosas, los efectos de los depredadores sobre las presas pueden darse con cierto retraso temporal, por lo que es difícil detectarlos (1).



Los lobos sujetos a una alta persecución humana no regulan sustancialmente las poblaciones de sus presas potenciales, dado que, para evitar conflictos con el ser humano, se han hecho fundamentalmente carroñeros. (Foto: Autor y Pilar Santidrián). 

Respuestas funcionales y numéricas
La mejor manera de empezar a poner un poco de orden es presentar las denominadas “respuestas funcionales” que propuso Holling hace ya casi sesenta años. Holling se subió a los hombros de algunos gigantes que llegaron antes que él –como Lotka, Volterra y Bailey– y sintetizó los tipos de depredadores, en concreto su tasa de caza con muerte, en función de la abundancia de las presas. El caso más simple es el de los depredadores con respuesta de Tipo 1, en los que la tasa de caza con muerte aumenta proporcionalmente con la abundancia de presas. Por ejemplo, cuantos más conejos hay en un medio determinado, mayor número de ellos son cazados por un águila, lo que se representa con una estupenda línea recta ascendente.

La respuesta de Tipo 2 es un poco más realista y viene a decir que los depredadores no estarán comiendo siempre más presas si su abundancia aumenta en el medio, sencillamente porque se sacian. La curva de este Tipo 2 se satura a altas abundancias de presas. Finalmente la respuesta de Tipo 3 es la más incluyente. Su curva tiene forma de S, con un valle a bajas densidades de presas, porque los depredadores tienen dificultades para localizarlas cuando son escasas y, como en el caso anterior, se saturan si son muy abundantes. Sabemos que este tipo de respuesta se da entre lobos y alces, lobos y renos o entre coyotes y liebres. No obstante, la respuesta puede variar para una misma especie de depredador según el tipo de presa. Por ejemplo, según un estudio realizado en México, el puma tuvo respuestas de tipo 1 ó 2 con las presas más abundantes (armadillo y coatí), pero sólo de tipo 1 con la presa más escasa (ciervo de Virginia) (2).

Más o menos por esos mismos años otros ecólogos describieron la “respuesta numérica”, según la cual la abundancia de los depredadores (no la tasa de caza con muerte) aumenta cuando se incrementa también la de sus presas. Esta respuesta ha sido descrita entre coyotes y conejos o liebres, así como entre lobos y alces. Si tenemos en cuenta a la vez los dos tipos de respuesta (funcional y numérica) obtenemos la llamada “respuesta total”, que con bajas abundancias de presas puede hacer que la tasa de caza con muerte sea cada vez mayor, a medida que aumenta la cantidad de depredadores. O también puede hacer que con altas densidades de presas la tasa de caza con muerte sea cada vez menor al aumentar el número de depredadores . Esta respuesta total se da en el caso de lobos y alces (1).

Otros aspectos a tener en cuenta
Además del tipo de respuesta del depredador a la abundancia de presas, hay que tener en cuenta si se trata de un especialista (obligado a un tipo de presa) o de un generalista (puede depredar sobre varias presas). En contra de lo que pudiera parecer a primera vista, la influencia de un depredador generalista sobre la abundancia de una presa puede ser mayor que la del especialista. Si la presa principal escasea, el especialista no tiene más remedio que reducir su grado de influencia sobre ella o su propia abundancia, mientras que el generalista puede recurrir a otras presas secundarias y seguir ejerciendo un control importante sobre la principal, aunque sea escasa, generando situaciones de “híper-depredación”. Para rizar aún más el rizo, muchas especies a las que llamamos especialistas han demostrado que se comportan como generalistas cuando les resulta rentable hacerlo y siempre que un generalista todoterreno no se lo impida. De modo que estas distinciones entre especialista y generalista existen más sobre el papel que en la vida real.

Tampoco será lo mismo si el sistema depredador-presa que analicemos es pobre o rico en especies. Muchos estudios se han llevado a cabo en Escandinavia, donde la riqueza de depredadores y presas es mucho menor que en nuestras latitudes mediterráneas. En un sistema más rico en especies, donde se mezclan los depredadores obligados y los facultativos, la complejidad aumenta enormemente y es más difícil averiguar qué papel regulador desempeña cada depredador en concreto. Otra cosa es que nos conformemos con concluir algo acerca del papel de “la depredación” (en lugar de los depredadores), como reguladora.

Entonces, ¿qué?
Si tenemos en cuenta el tipo de comunidad, el tipo de depredador y su comportamiento con respecto a la abundancia de las presas, podemos concluir que los depredadores actúan, en efecto, como  agentes reguladores. Pero, con matices. Lo hacen principalmente en cuatro escenarios: cuando las presas son ya de por sí escasas, cuando deben compartirlas con otros depredadores, cuando los depredadores son generalistas y pueden recurrir a otras fuentes de alimento o, finalmente, cuando las presas más afectadas son las de mayor valor reproductivo. En este último caso, la depredación no se dirige a los ejemplares más jóvenes o más viejos o con menos salud y es, como vimos el mes pasado en esta sección, aditiva y no compensatoria (3, 4).

En todos estos escenarios, así como en sistemas muy simples y pobres en especies, como los del norte de Europa y de América, las abundancias de depredadores y presas pueden acabar generando ciclos periódicos, aunque con cierto desfase temporal entre ellos. O, al menos, fluctuaciones recurrentes. Si las presas no pueden refugiarse de los depredadores cuando coinciden varias de las premisas anteriores, entonces su abundancia puede reducirse de forma permanente, generando “pozos del depredador”. Al margen de esos casos extremos, lo habitual es que se consigan abundancias de presas y depredadores más o menos estables y predecibles en torno a una teórica (y variable) capacidad de carga, donde la regulación se basa en la competencia por el alimento. Otros factores, como el clima, hacen fluctuar a las poblaciones de presas de una manera más impredecible. Lo más curioso es que un mismo sistema puede ajustarse a un modelo u otro de forma variable en el tiempo, según vayan cambiando las circunstancias. El efecto de las pesquerías sobre las especies explotadas es un buen ejemplo.

Otros papeles de los depredadores
Hay otros aspectos de la depredación que son potencialmente más relevantes para la persistencia y evolución de los ecosistemas que la regulación de sus presas y, sin embargo, solemos prestarles menos atención. Los depredadores no perciben a sus presas como bolas de billar, es decir, como si fueran todas iguales. La depredación suele ser selectiva, por una cuestión termodinámica de economía de medios, la ley que rige el cosmos entero. Los depredadores cazan más fácilmente las presas jóvenes, viejas, inexpertas, débiles o enfermas y, con ello, practican una selección pasiva a favor de los individuos más sanos y resistentes y con menores probabilidades de morir por otras causas. Ese es un papel incuestionable de los depredadores y de enorme trascendencia (5).

Otro punto a tener en cuenta es su importante papel como dispersores de frutos, especialmente en el caso de los carnívoros. Las poblaciones de lobos u osos que han sobrevivido en paisajes altamente humanizados sobreviven (entre otras muchas cosas) haciéndose más carroñeros (por aprendizaje o por selección), más herbívoros, más frugívoros, lo que evita conflictos con el ser humano. Por ello, deben jugar un papel muy pequeño como reguladores de sus presas potenciales pero, probablemente, influyan mucho a la hora de dar forma a la estructura de los bosques donde habitan (6).
Finalmente, no es despreciable tampoco el papel de los depredadores en la distribución espacial de las especies. Las presas tienden a hacer las maletas y mudarse a sitios con una menor carga de depredadores. Un ejemplo claro es el de la colonización de las ciudades por especies que huyen de la recuperación de los depredadores fuera de ellas. Claro que, con el tiempo, también los depredadores se mudarán a las ciudades, al reclamo de sus presas, y esos refugios de paz también se acabarán. Todo está en continuo movimiento.

Agradecimientos
Daniel Oro comentó un borrador del trabajo, aunque cualquier error que contenga el artículo es sólo atribuible a mi estulticia.
  
Bibliografía

(1) Gese, E.M. y Knowlton, F.F. (2001). The role of predation in wildlife population dynamics. En The role of predator control as a tool in game management, 7-25. T.F. Ginnet y S.E. Henke (eds.). Texas Agricultural Research and Extension Center. San Angelo (Texas).
(2) Soria-Díaz, L. y otros autores (2018). Functional responses of cougars (Puma concolor) in a multiple prey-species system. Integrative Zoology, 13: 84-93.
(3) Payo-Payo, A. y otros autores (2018). Predator arrival elicits differential dispersal, change in age structure and reproductive performance in a prey population. Scientific Reports, 8: 1971 (disponible en Doi: 10.1038/s41598-018-20333-0).
(4) Martínez-Abraín, A. (2018). ¿Compensa o no compensa? Quercus, 387: 6-7.
(5) Genovart, M. y otros autores (2010). The young, the weak and the sick: evidence of natural selection by predation. PLoS ONE, 5: e9774 (disponible en Doi: 10.1371/journal/pone.0009774).
(6) Martínez-Abraín, A. (2013). El reclamo de la curruca. Quercus, 329: 6-7.

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miércoles, 4 de julio de 2018

¿Compensa o no compensa?

Quizás sea éste uno de los temas más difíciles que he abordado desde que inicié la sección en abril de 2008, hace ya más de diez años. Pero yo mismo estaba pendiente de responderme a la siguiente pregunta: la mortalidad de fauna causada por el ser humano ¿es compensatoria o aditiva con respecto a las causas naturales? Es decir, ¿matamos lo que ya iba a morir de todas formas o se añade a la mortalidad natural? Y, sobre todo, ¿es este asunto importante para la conservación de especies y  poblaciones?

En los episodios catastróficos de mortalidad, como el vertido del Prestige en noviembre de 2002, nos sobrecogemos ante la avalancha de aves marinas petroleadas. La sociedad se siente dañada y miles de voluntarios arriman el hombro para limpiar las costas y rescatar a las aves aún vivas. Un acto, sin duda, noble y altruista que nos honra como especie. Pero ¿es también efectivo? Las poblaciones de aves marinas, ¿pueden irse al garete por el vertido de un petrolero? La respuesta es compleja y tenemos que recurrir al odioso “depende”.

Si el vertido afecta a las poblaciones reproductoras de esas aves marinas es probable que sus efectos sean muy graves. Dañará a los adultos residentes. Muchos de ellos pueden ser individuos con un gran valor reproductivo, calculado por el número de descendientes (hembras) que nacerían en el futuro a partir de una hembra actual. Además sabemos que en las poblaciones animales, aunque sean numerosas, sólo unos pocos individuos monopolizan la reproducción o tienen la suficiente condición física para dejar descendientes que sobrevivan y lleguen a reproducirse. Si esos pocos adultos mueren, el impacto sobre la población será elevado.

También hay que tener en cuenta el sistema de emparejamiento y si la mortalidad adulta es equiparable en ambos sexos. Por ejemplo, en caso de poliginia, cuando los machos fecundan a varias hembras, lo importante es la mortalidad femenina, porque basta con que queden unos cuantos machos para que la población remonte. Con esta idea en mente, sexamos hace años a los cormoranes moñudos conservados en los congeladores de los centros de recuperación de fauna de Galicia (1). Queríamos saber si un vertido de fuel podía ser un agente selectivo de mortalidad o si mata al tuntún. Lo que encontramos es que el vertido del Prestige fue un matarife selectivo. Aunque mató por igual a adultos e inmaduros,  se cebó en las hembras adultas. La explicación de un hecho tan sorprendente está en las fechas del siniestro. En noviembre, los machos pasan más tiempo que las hembras en tierra firme para defender los lugares de cría, mientras las hembras se alimentan en el mar. Por tanto, el vertido del Prestige afectó sobre todo a las hembras y eso complicó la recuperación de las colonias locales, ya muy maltrechas por la escasez de su principal presa, los lanzones, en unos fondos arenosos cubiertos de fuel.


Las nutrias europeas (Lutra lutra) carecen de depredadores y, si no les falta comida, sus poblaciones podrían soportar mayor impacto humano sin venirse abajo que otras especies de nutria que sí cuentan con depredadores (Foto del autor). 


Cruda realidad
Ahora bien, si analizamos el caso de alcas, araos y frailecillos, aves marinas no residentes, los resultados cambian drásticamente. Los inmaduros fueron los más afectados, ya que son los que nos llegan como invernantes desde las colonias del norte de Europa. El valor reproductivo de estos inmaduros es mucho menor que el de los cormoranes adultos residentes. Podría decirse que muchos de ellos son demográficamente redundantes o prescindibles. Vienen a ser una especie de seguro de vida para las poblaciones ante la pérdida de adultos reproductores. Las tasas de crecimiento de las colonias norteñas afectadas por la pérdida de miles de invernantes apenas se vieron alteradas. Gran parte de aquellas aves habrían muerto de forma natural, no tendrían acceso a la reproducción o sus crías no llegarían nunca a reproducirse. Da pena reconocerlo, pero así de dura es la realidad en colonias de aves sociales y longevas. De hecho, son colonias que se ven afectadas por mortandades masivas naturales, por ejemplo cuando un iceberg bloquea la entrada de una bahía y miles de pingüinos no pueden acceder a sus fuentes de alimento. Son eventos que suceden muy rara vez, claro. Pero se convertirían en un grave problema si su frecuencia aumentase o si nosotros causáramos catástrofes más a menudo. A Darwin ya le resultó sorprendente que fueran precisamente las aves marinas quienes forman las poblaciones más numerosas de aves cuando su esfuerzo reproductor por temporada suele ser bajo. La clave está en que la mortalidad también suele ser baja, o la supervivencia anual alta, según se mire.

La regulación de tales poblaciones ocurre de forma puntual en el tiempo, cuando sobreviene una de esas catástrofes locales que afectan a los adultos residentes de mayor valor reproductivo. Así pues, un vertido de crudo puede ser compensatorio o aditivo según dónde ocurra y la especie implicada. No hay una respuesta sencilla y universal. A veces un pequeño daño selectivo que afecte a elementos clave de las poblaciones puede ser muy perjudicial y, viceversa, una perturbación grande que no implique a esos individuos singulares puede no tener grandes repercusiones.

Conviene aclarar que no manejo conceptos éticos, ni considero el valor intrínseco de cada individuo en una población sino de la moneda que se emplea en la preservación de especies que es el destino de toda la población en bloque.

Caza de aves acuáticas
Es probable que algo parecido pueda decirse sobre la caza de patos. Para alguien que se ha criado en la Albufera de Valencia saber qué impacto puede tener la caza es una duda constante. Hay heterogeneidad dentro de las poblaciones de patos. Unos individuos son de buena calidad y otros no tanto. Si los que llegan a los vedados y son cazados son los de baja calidad, la caza podría tener un carácter compensatorio. Pero si se cazan los patos de mayor valor reproductivo, entonces tendría un carácter aditivo.

Para saber si la caza es selectiva o mata al azar habría que entrar en los vedados y determinar la edad y el sexo de las aves cazadas. Eso sí, dada la situación de la Albufera en las últimas décadas, es innegable que son más los patos beneficiados por la disponibilidad de hábitat y comida durante su invernada en el sur, que aquellos perjudicados por la caza. A mí no me gusta la estética de la caza de patos, aunque pueda disfrutar de un arroz con focha, y no soy sospechoso de defenderla por simpatía. Pero si nos atenemos a la cruda realidad, la caza de acuáticas permite mantener a la mayor parte de los patos invernantes en Valencia. Saber si el reciente declive de algunas especies en sus zonas de invernada se debe a los excesos de la caza o a otras razones más globales, como la renuncia a migrar del norte al sur debido al calentamiento global, es un tema que requiere estudio (2). Pero sospecho que la respuesta no será sencilla ni universal y que variará según la zona y la especie en cuestión.

Nutrias y atropellos
Muchas nutrias mueren atropelladas en las carreteras, hasta tal punto que se ha convertido en su principal factor de mortalidad no natural. Atrás quedaron los tiempos en que eran perseguidas por sus pieles o se veían afectadas por la contaminación del agua. Tratar de paliar esta mortalidad es muy loable y a mí, por ejemplo, no me gusta nada que atropellen a “nuestras” nutrias allí donde las estudiamos. Pero habría que ver cuán relevante es que mueran de esa manera a escala de poblaciones.

En el mundo hay trece especies de nutrias y muchas de ellas tienen enemigos directos, es decir, no son depredadores apicales. Por ahora, las nutrias euroasiáticas carecen de depredadores, ya que la gran fauna que podía comérselas desapareció a finales del Pleistoceno. En otras palabras, una especie regulada, al menos parcialmente, de arriba abajo, pasó a depender únicamente de la disponibilidad de alimento, es decir a un control de abajo arriba. Por tanto, los atropellos podrían equivaler a uno de esos depredadores (no selectivos) perdidos. No creo que llegue a tener un efecto comparable al de la persecución humana del pasado. Los atropellos podrían hacer que una zona concreta se convierta en un sumidero de nutrias errabundas, pero no acabarán con la expansión generalizada de la especie desde que los ríos están en mejor estado y no las cazamos. Pero, consideraciones biológicas al margen, tratar de evitar esos atropellos es un signo de civismo y una oportunidad educativa a explotar.

El tema es inagotable. Podríamos preguntarnos si es compensatoria o aditiva la mortalidad por contaminantes, si es más importante en poblaciones en crecimiento o estables e incluso si es defendible la labor de los centros de recuperación de fauna que rescatan pollos condenados a morir de manera natural (aspectos éticos, educativos, políticos y sociales aparte) (3). Mi predicción seguirá siendo la misma: cada caso será un mundo y cada respuesta requiere estudio. Además, seguro que esa respuesta no será sencilla y que variará según la especie y el lugar. La heterogeneidad, ya sea de especies, estrategias o respuestas, es la regla de la biosfera, por mucho que nos duela admitirlo.
  
Bibliografía

(1) Martínez-Abraín, A. y otros autores (2006). Sex-specific mortality of European shags after the Prestige oil spill: demographic implications for the recovery of colonies. Marine Ecology Progress Series, 318: 271-276.
(2) Martínez-Abraín, A. y otros autores (2016). Differential waterbird population dynamics after long-term protection: the influence of diet and habitat type. Ardeola, 63: 79-101.
(3) Estes, J.A. y Tinker, M.T. 2018. Rehabilitating sea otters: feeling good versus being effective. Páginas 128-134 en Kareiva et al. (Eds): “Effective conservation science: data not dogma”, Oxford University Press, New York. 
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miércoles, 30 de mayo de 2018

Pequeños mundos

Los naturalistas tenemos tendencia a fijarnos en cosas grandes. Animales y plantas que baten récords levantan pasiones, ya sean ballenas azules, secuoyas o dinosaurios. Sin embargo, nuestro mundo ha pertenecido, pertenece y pertenecerá siempre a los microbios.

A los que hemos crecido cerca del Mediterráneo nos parece normal que la arena del desierto del Sahara cubra de vez en cuando la carrocería de nuestros coches. El Sahara es inmenso y está cerca. Lo que quizá no tengamos tan presente es que esa arena cruza el Atlántico impulsada por el viento e incrementa la productividad primaria en algunas regiones marinas. Un efecto parecido al de los afloramientos de aguas frías y profundas que emergen cargadas de los nutrientes depositados por la gravedad en el fondo de las cuencas oceánicas.

Los componentes microscópicos del fitoplancton, al igual que las bacterias terrestres, necesitan hierro para multiplicarse y cuando les llega por vía aérea es recibido como un auténtico maná. Y no sólo eso: el polvo sahariano llega incluso hasta las selvas lluviosas del Amazonas y contribuye a enriquecer la productividad de aquellos bosques tropicales. Todo está relacionado. La circulación global del clima genera selvas lluviosas en torno al Ecuador y desiertos en latitudes un poco más altas, pues la humedad se queda en los trópicos y el aire llega seco a esas zonas desérticas. Así que los desiertos ayudan a que las selvas crezcan, creando un bucle positivo que se retroalimenta.

El poste publicitario de los barberos está sorprendentemente relacionado con la biología y la medicina. Tanto su forma como sus colores recuerdan el uso medieval de las sanguijuelas para practicar sangrías y aliviar ciertas enfermedades (foto: Bibi Santidrián).

Excesos de hierro
Las bacterias sienten predilección por el hierro y eso explica que un clavo oxidado resulte tan peligroso. A los bacilos del tétanos (Clostridium tetani) les encanta vivir ahí, pegados a una fuente de hierro en oxidación. Como última curiosidad sobre el hierro, destacaré la foto que ilustra estas páginas, un poste de barbero que sirve para recordarnos el importante papel que tuvieron antaño las sanguijuelas como herramienta de sangrado para aliviar enfermedades. La parte de arriba representa el recipiente donde se guardaban las sanguijuelas y la de abajo alude al cuenco donde se recogía la sangre. Las rayas blancas, rojas y azules imitan los vendajes que se dejaban secar al aire, manchados de sangre arterial o venosa. El poste en sí viene a ser el bastón al que se asían los pacientes para facilitar el flujo de sangre.

Este símbolo medieval nos habla del pasado glorioso de los barberos, que actuaban como cirujanos menores al ser ellos quienes disponían de herramientas afiladas. Pero también nos recuerda que el exceso de hierro es perjudicial para nuestra salud. A quienes padecen hemocromatosis una buena sangría a tiempo puede ser una bendición, incluso en el avanzado siglo XXI (1).

Bacterias fijadoras de nitrógeno
Analizar el funcionamiento interno de una planta nos obliga a hacernos muchas preguntas sobre su aparentemente extraña fisiología. De entrada, parece raro que la construcción de los tejidos vegetales dependa de la fijación de dióxido de carbono, un gas que escasea en la atmósfera, a pesar incluso de la quema de bosques y combustibles fósiles que con tanto ahínco practicamos. La explicación de ese extraño fenómeno quizá radique en que ese gas tenía una concentración más alta en la atmósfera primigenia, justo antes de que los ancestros de las cianobacterias inventasen cómo fabricar su cuerpo a partir del aire (2). El resultado de la invención de la fotosíntesis fue un incremento del porcentaje de oxígeno presente en la atmósfera y lo que hemos dado en llamar la Gran Oxidación.

Por otro lado, también resulta sorprendente que las células vegetales no alberguen bacterias simbiontes que emulen a los cloroplastos (también ellas antiguas bacterias de vida libre) pero especializadas en fijar nitrógeno, el gas más abundante en la atmósfera e imprescindible para la síntesis de proteínas y del ADN. Por el contrario, sólo algunas plantas (22 géneros en total, sobre todo leguminosas) cuentan con asociaciones bacterianas externas que forman nódulos en sus raicillas. Estas bacterias mantienen un ambiente anaerobio y son capaces de combinar el inerte nitrógeno (protegido por un enlace triple) con hidrógeno y oxígeno, de modo que las plantas puedan asimilarlo. Lo hacen gracias a una enzima denominada nitrogenasa que se inactiva en presencia de oxígeno.

Todo esto sugiere que el grupo de bacterias y arqueobacterias simbiontes de las plantas deben proceder de los tiempos en los que la atmósfera primigenia era rica en nitrógeno, como ahora, pero carecía de oxígeno. Lo más sorprendente de dicha relación es que las plantas saben qué nódulos de sus raíces están fijando nitrógeno a buen ritmo y cuáles no. A los que se portan bien les dan como recompensa parte de los azúcares sintetizados en la fotosíntesis y un poco de oxígeno para que puedan quemarlos en la respiración y obtener energía. Consiguen así que las bacterias establezcan una relación mutualista con las plantas y no se conviertan en meras parásitas. Para las bacterias esto último sería lo más deseable, pues se ajustaría sin duda a una estrategia evolutiva de mínima energía.

Plantas, bacterias y hongos en comunidad
La asociación con las bacterias no sólo ayuda a las plantas a crecer, sino a colonizar también medios pobres en nitrógeno y a competir con ventaja frente a otras especies que no se han reservado este as en la manga. Me pregunto qué encontrarían en concreto las bacterias en las leguminosas y unas pocas gramíneas. Es posible que sus respectivos sistemas radiculares ya fueran especialmente generosos en la donación de azúcares para granjearse los efectos positivos de las bacterias de vida libre y de ahí que se diese el salto a una relación más estrecha. Las leguminosas también son atractivas para los hongos que establecen relaciones simbióticas con sus raíces (micorrizas) y acaban creando una red de micelios que comunican a las plantas entre sí. De este modo intercambian entre ellas nutrientes, moléculas orgánicas, agua y señales químicas.

Si pensamos en todo lo anterior, resulta difícil seguir llamando individuo a una planta que cuenta con ayuda microbiana de diversos tipos y está conectada en red con otras plantas, sean o no de su misma especie. Considerar su supervivencia y fecundidad como pies individuales empieza a tener poco sentido. Comparar plantas que cuentan o no con tales ayudas nos llevaría al terreno de la selección de especies e incluso de categorías superiores como el género o incluso la familia. Asociarse con microbios puede ser una ventajosa innovación que conduce al éxito o, en caso contrario, al olvido eterno. Desde luego, gracias a sus microscópicos compañeros de viaje, el ser humano ha visto en esas plantas una buena fuente de alimento y por eso las ha extendido por el mundo entero. Detrás de todo ello se esconde la sombra de un mundo microbiano ancestral.

Bibliografía

(1) Martínez-Abraín, A. (2017). Desacoplados. Quercus, 373: 6-7.
(2) Martínez-Abraín, A. (2014). Cómo crear materia viva a partir de la nada. Quercus, 339: 6-8.
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viernes, 27 de abril de 2018

Fauna aburguesada


No somos los únicos habitantes de la biosfera con tendencia al aburguesamiento. El proceso global de urbanización del planeta está llevando a que haya cada vez más habitantes no humanos en las ciudades. De ahí que debamos preguntarnos por los efectos de la vida urbana, ya sean positivos o negativos, sobre la fauna.

Para los animales silvestres, los principales atractivos de una ciudad son la escasez de depredadores y la abundancia de alimento. También ayuda el hecho de que sean islas de calor en los meses fríos, como bien saben las lavanderas blancas que eligen los centros urbanos para instalar sus dormideros comunales. Es lógico pensar que estas condiciones aumenten las probabilidades de supervivencia de diversas especies. Por ejemplo, los petirrojos de los parques de Bélgica han dejado de migrar.

A veces, la cantidad de alimento que ofrece una ciudad puede llegar a ser descomunal. Hay zonas de Sheffield, en Inglaterra, con una densidad de diez comederos por hectárea. Dicho de otra manera: un comedero por cada nueve pájaros que pueden usarlo. En todo el Reino Unido se estima que hay unos doce millones de casas que ofrecen alimento a las aves (1). Los beneficios no sólo se reflejan en términos de supervivencia, sino también en un incremento del éxito reproductor. El número de cajas anidaderas instaladas en ese país de amantes de las aves se cifra en unos 4’7 millones. Una ayuda nada desdeñable cuando escasean los árboles viejos y llenos de orificios con huecos para criar.


El aporte antrópico de alimento a la fauna puede tener derivadas insospechadas (foto: Albaláfoto).


Ventajas e inconvenientes
Pero no todo son ventajas. Las avecillas urbanas, sometidas a otras presiones selectivas, ya no temen al ser humano. Es lo que en inglés se denomina conducta bold (2). El paquete genético de la conducta bold no sólo incluye perder el miedo a las personas, sino también una mayor capacidad de exploración y una mayor agresividad. Por lo tanto, aunque las fuentes artificiales de comida incrementen la fecundidad, también favorecen la mortalidad por conflictos territoriales.

En jerga ecológica, la dinámica de poblaciones de los pajarillos urbanos está mucho más cerca de la Estrategia r que de la Estrategia K. Es decir, basan su éxito en producir una alta descendencia, no en una larga vida de los progenitores. De manera que la conducta bold, como potenciadora de la fecundidad, se mantiene en la población con el paso del tiempo, a pesar de cobrarse un precio en términos de supervivencia.

El papel que pueda jugar la reducción de flujo genético en la  adaptación de las pequeñas y aisladas poblaciones urbanas de pajarillos no puede descartarse de antemano. Pero probablemente l mecanismo más frecuente que genera cambios en el fenotipo, incluida la conducta, esté más ligado a la actividad de los genes saltarines en el marco de un nuevo medio. A juzgar por la rapidez con la que se reflejan los cambios, las nuevas presiones ambientales que impone la ciudad tienen bases tanto genéticas como epigenéticas.


El medio urbano como trampa ecológica
Aunque las ciudades parezcan con frecuencia un buen destino (3), a veces engañan. Pueden convertirse en un “sumidero atractivo”, una trampa ecológica con graves consecuencias negativas para la persistencia a largo plazo de las poblaciones implicadas. Un caso típico es el de las efímeras, gráciles insectos alados que ponen sus huevos en el asfalto porque refleja horizontalmente luz polarizada, al igual que la superficie de un estanque. Un efecto trampa que ya cumplían en su día, de forma natural, los pozos de brea, pero que ahora es mucho más frecuente en carreteras asfaltadas que pasan cerca de ríos y lagos (4).

Los psicólogos han descrito como “efecto halo” nuestra inclinación a considerar fiable a una persona si de entrada nos causa buena impresión. Por ejemplo, las personas físicamente atractivas suelen ser juzgadas como buenas. Pero en el terreno de la biología hay otros efectos halo. Los córvidos suelen estar bien representados en la fauna urbana, al igual que algunas rapaces, y juntos crean un halo alrededor de las ciudades cuando depredan sobre los nidos de otras aves no vinculadas al ambiente urbano. Una inesperada consecuencia: la fauna de las ciudades, al igual que nosotros, explota su entorno rural. Como una laguna con respecto a su cuenca hidrográfica.

Envejecer en la ciudad
Otro ejemplo habitual de los riesgos que la vida urbana depara a los pájaros es que el ruido del tráfico les incita a modificar la frecuencia de sus cantos. Aunque falta por demostrar que eso se traduzca en algún perjuicio para sus poblaciones, ya sea a través del éxito reproductor o de su tasa de supervivencia. Sin embargo, no solemos reparar en el peligro que conlleva introducir en la naturaleza el peor de nuestros males: el envejecimiento generalizado.

Viejos los ha habido siempre, pero poblaciones llenas de viejos no. Es lo propio de una sociedad con baja tasa de mortalidad a edades tempranas. Si generalizamos la instalación de comederos y los llenamos de comida enriquecida con vitaminas, cabe esperar que aumente la supervivencia de las aves y la duración de sus vidas. La selección natural ha empujado hacia el futuro los efectos negativos del paso del tiempo todo cuanto le ha sido posible, de manera que la mayoría de los animales silvestres mueren sin llegar a manifestar síntomas de envejecimiento. Vivir ahí fuera es difícil y cualquier merma en las capacidades físicas se salda inmediatamente con la muerte. Sin embargo, si las aves consiguen alimento abundante y con poco esfuerzo es fácil que alcancen edades en las que sí se manifiesta el envejecimiento. No sería de extrañar que en nuestros parques y jardines vivieran carboneros y verderones con artrosis.

Este envejecimiento inducido me parece la razón de mayor peso para oponerse al uso masivo de comederos para aves urbanas. Exportar a la biosfera los males de nuestra multitudinaria vejez no es plato de buen gusto. Si los amantes de las aves fuesen conscientes de las implicaciones fisiológicas de sus bienintencionados actos, quizá se lo pensarían dos veces antes de encargar el próximo recambio de comida para el comedero de su jardín.

Futuros urbanos
En cualquier caso, parece que las ventajas pesan más que los inconvenientes. Nuestras ciudades cada vez acogen a más pájaros forestales que antes sólo veíamos en los bosques y, en cambio, escasean los gorriones. No creo que ambos hechos guarden necesariamente una relación directa de causa-efecto. Los gorriones vivieron tiempos gloriosos en el pasado, cuando estaban favorecidos por el mundo rural. Ahora que ese entorno ha venido a menos, y lo poco que queda se intensifica, los gorriones siguen un camino paralelo. Una prueba de que los gorriones citadinos no eran independientes del medio rural en el extrarradio. A medida que la urbanización avance y las ciudades sean más limpias y sostenibles, la barrera que aún las separa del mundo rural se hará más difusa y la fauna silvestre seguirá acercándose al asfalto. Ya hay conejos que crían encantados en los espacios abiertos de los parques urbanos, un medio que empieza a escasear en nuestros montes. Detrás vendrán los linces, como de hecho pasa en las ciudades californianas con los linces rojos (Lynx rufus) y los pumas (Puma concolor), o en Bombay con los leopardos (Panthera pardus). Habrá que volver aprender a convivir con ellos en cercanía.

Bibliografía

(1) Shanahan, D.F. y otros autores (2014). The challenges of urban living. En Avian urban ecology, 3-20. D. Gil, y H. Brumm (eds.). Oxford University Press. Oxford.
(2) Riyahi, S. y otros autores (2015). Combined epigenetic and intraspecific variation of the DRD4 and SERT genes influence novelty seeking behavior in great tit Parus major. Epigenetics, 10: 516-525.
(3) Leston, L.F.V. y Rodewwald, A.D. (2006). Are urban forests ecological traps for understory birds? An examination using Northern cardinals. Biological Conservation, 131: 566-574.
(4) Kriska, G. y otros autores (1998). Why do mayflies lay their eggs en masse on dry asphalt roads? Water-imitating polarized light reflected from asphalt attracts Ephemeroptera. Journal of Experimental Biology, 15: 2.273-2.286.
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lunes, 26 de marzo de 2018

Tendiendo puentes


A menudo, las teorías científicas no sólo se adoptan como verdades absolutas, sino que pueden llegar a convertirse en dogmas, equiparables a un postulado religioso. Sin embargo, la historia nos enseña a ser humildes y a mantener la mente abierta: con el paso del tiempo, esas teorías sufren modificaciones o simplemente son sustituidas por otras. Pero no han sido inútiles. Avanzamos subiéndonos a hombros de gigantes y siempre hay algo que rescatar.

Siendo, como soy, inequívocamente darwinista, me satisface comprobar que cualquiera de los grandes personajes que propusieron teorías evolutivas antes que Darwin tenían algo de razón. Las ideas de Darwin no surgieron de la nada, sino que se inspiraron necesariamente en lo que otros habían pensado antes, aunque fuera para darle la vuelta al razonamiento. Por eso me parece una postura anticientífica que los defensores acérrimos de Darwin ridiculicen a sus antecesores. Es una lección que aprendí hace tiempo gracias al gran paleontólogo estadounidense Stephen Jay Gould (1941-2002).

También me parece pobre dejar de lado las hipótesis que tratan de explicar o matizar la evolución humana desde otra perspectiva algo distinta a la que hoy admite la ciencia. Aunque sean erróneas en su conjunto, es posible que pueda extraerse de ellas alguna utilidad. Quizá lo más justo sería decir que todas las explicaciones científicas tienen una cuota mayor o menor de verdad, en lugar de considerarlas rotundamente verdaderas o rotundamente falsas. En cualquier caso, no es un buen camino para avanzar hacia el entendimiento mutuo de visiones diferentes, lo cual debería ser una meta deseable por la humanidad y por la ciencia.

Mono narigudo (Nasalis larvatus) en las selvas de Borneo. Las selvas inundadas del Mioceno pudieron ser una presión selectiva para la evolución del bipedismo humano anterior al paso a la sabana. Foto internet. 

¿Un pasado acuático?

Por ejemplo, cuando leo acerca de la llamada “hipótesis del simio acuático” siempre pienso que algunas partes podrían ser incorporadas al paradigma vigente sin demasiados aspavientos. La AAH, así conocida por las siglas en inglés de Aquatic Ape Hypothesis, fue propuesta por el académico alemán Max Westenhofer en 1942 y reformulada por Alister Hardy en 1960. A mi entender, la hipótesis se equivoca al suponer que la fase acuática de nuestro linaje, anterior a la radiación de los Australopithecus, tuvo lugar en la costa africana, lejos de las selvas. Podría haber ocurrido que las florestas africanas de finales del Mioceno fuesen parecidas a las actuales selvas lluviosas de Borneo, donde habita el mono narigudo (Nasalis larvatus), una especie capaz de erguirse sobre sus patas traseras. En tales ambientes hay presiones selectivas que favorecen la postura bípeda, por ejemplo para vadear la selva cuando está inundada. Hace más de 4 millones de años, tal vez los precursores de Ardipithecus ramidus, nuestro ancestro forestal y bípedo de las selvas húmedas del Plioceno, habrían sido ya medio bípedos en el Mioceno, no sobre las ramas de los árboles, sino al atravesar el bosque con el agua por la cintura.

Esa influencia acuática del pasado también podría explicar nuestra facilidad para acumular grasa subcutánea, los famosos michelines. Es un rasgo extraño en los primates, pero habitual entre los mamíferos acuáticos o semiacuáticos de pelo corto, como focas, delfines, hipopótamos o tapires, que les ayuda a regular la temperatura corporal. Quizás esa característica fue cooptada (reciclada) más adelante en la sabana con fines distintos a los iniciales, como la acumulación de reservas para hacer frente a los periodos de escasez en un ambiente poco predecible. Es decir, una cosa no excluye a la otra.

Sin embargo, no creo que el enorme desarrollo del cerebro en nuestro linaje tenga nada que ver con esa posible vida semiacuática en las selvas lluviosas. Parece estar más bien ligado al consumo de carne y carroña en la sabana, así como con la reducción de los intestinos en consonancia con tal cambio de dieta.

Adaptados al agua

En cambio, sí parece convincente que esa vida medio acuática favoreciera la pérdida de pelo en todo el cuerpo. Salvo en la cabeza, donde de hecho crece de forma continua para satisfacción de los propietarios de peluquerías. Actualmente no tenemos una explicación para ese rasgo, aparte de la socorrida selección sexual, es decir, que entrara dentro de las preferencias de las hembras, aunque el pelo crece continuamente tanto en hombres como en mujeres. La opción de que las guedejas sirviesen como asidero para las crías en el agua me parece una presión selectiva de peso, sobre todo si se tienen las manos ocupadas en nadar y hay poco pelo al que asirse en el resto del cuerpo.

No es difícil imaginar un pasado acuático cuando comprobamos lo bien que nos defendemos al nadar y bucear. O lo naturales que parecen los partos acuáticos. Incluso nuestros propios bebés han conservado el reflejo de zambullida. Además, el vello de nuestro cuerpo ha adoptado una disposición hidrodinámica y también son sospechosos esos extraños pliegues de piel que tenemos entre los dedos. Parece que en el pasado el agua jugó un papel más importante en nuestras vidas diarias que en la actualidad.

Algo que, curiosamente, no compartimos con el linaje que desembocó en los bonobos y chimpancés. Dos especies, por cierto, que pudieron evolucionar por separado gracias a estar separadas por una gran barrera acuática: el río Congo.

Como bien sabemos, en realidad no hace falta un río tan grande. Basta con poner un foso con agua para que nuestros primos hermanos se circunscriban al espacio que tienen asignado en los zoológicos. Algo impensable para los humanos.

Posibles ancestros

El primate extinto cuyo estilo de vida quizá fuera más compatible con los hábitos acuáticos aquí imaginados sería Oreopithecus bambolii. Los restos de este hominoideo, que vivió en el Mioceno, hace unos 8 millones de años, han sido hallados en la Toscana italiana, Cerdeña y África oriental (1). Además de preferir hábitats pantanosos, mostraba ciertas adaptaciones para el bipedismo y tenía los colmillos reducidos, como Ardipithecus (2). Sin embargo, aunque Oreopithecus suele clasificarse dentro de la familia de los homínidos, se incluye en una rama que se desgajó de nuestro linaje antes de que lo hicieran los orangutanes. Por lo tanto, no parece que fuera el supuesto ancestro semiacuático que buscamos. Pero, ¿quién sabe cuántos fósiles de primates de aquel lejano periodo están esperando a ser descubiertos? O si su incierta posición taxonómica actual es correcta o no.
Sólo el tiempo nos dirá si la hipótesis del antepasado acuático llega a verse apoyada por las evidencias fósiles. De momento, sólo se basa en especulaciones a partir de nuestros rasgos fisiológicos y anatómicos. Tampoco sabemos tanto sobre los primates que vivían hace entre 8 y 6 millones de años como para descartar nada de manera categórica. Me parece una postura más saludable dejar la puerta entreabierta y que el tiempo juzgue.

El valor de la evidencia

No tengo ningún interés en defender la hipótesis del simio acuático. Tan negativa me parece la postura de sus detractores más furibundos como la de sus defensores acérrimos. Solamente me he servido de este ejemplo para demostrar que, cuando hablamos de ciencia, siempre es preferible dejar puertas y ventanas abiertas. En otras palabras, es sano dudar y alejarse de posturas dogmáticas o excluyentes. Como sostenía el propio Gould, conviene dejar que las evidencias manden y sacudirse los modelos mentales establecidos. A pesar de que, por desgracia, suele suceder lo contrario.

Un ejemplo no tan distante, pero sí reciente, es el del gran atleta Usain Bolt. Resulta que el velocista más rápido de la historia corre de manera asimétrica: una de sus piernas pisa con más fuerza en el suelo que la otra. En lugar de plantearse que la asimetría parece ser buena para correr deprisa (evidencia), los expertos en biodinámica especulan con que Bolt podría haber corrido incluso más rápido si alguien le hubiera enseñado a correr simétricamente (modelo mental pre-establecido).

Si siguiéramos aferrados a la idea clásica de que las formas circulares y esféricas son perfectas y por ello las más deseables, jamás habríamos descubierto que la órbita de los planetas alrededor del sol es una impura e indeseable elipse, o que la Tierra misma tiene poco de esférica, incluso sin retirar el agua de los océanos. En definitiva, dejemos que las evidencias hablen por sí mismas y, si van en contra de nuestros modelos, más vale atenderlas y no tratar de encajarlas con calzador en el paradigma vigente. Aunque, claro, aún es peor aún hacerlas desaparecer escondiéndolas debajo de la alfombra.

Bibliografía

(1) Rosas, A. (2016). La evolución del género Homo. CSIC y Libros de la Catarata. Madrid.
(2) Rosas, A. (2015). Los primeros homininos: paleontología humana. CSIC y Libros de la Catarata. Madrid.

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