viernes, 27 de abril de 2018

Fauna aburguesada


No somos los únicos habitantes de la biosfera con tendencia al aburguesamiento. El proceso global de urbanización del planeta está llevando a que haya cada vez más habitantes no humanos en las ciudades. De ahí que debamos preguntarnos por los efectos de la vida urbana, ya sean positivos o negativos, sobre la fauna.

Para los animales silvestres, los principales atractivos de una ciudad son la escasez de depredadores y la abundancia de alimento. También ayuda el hecho de que sean islas de calor en los meses fríos, como bien saben las lavanderas blancas que eligen los centros urbanos para instalar sus dormideros comunales. Es lógico pensar que estas condiciones aumenten las probabilidades de supervivencia de diversas especies. Por ejemplo, los petirrojos de los parques de Bélgica han dejado de migrar.

A veces, la cantidad de alimento que ofrece una ciudad puede llegar a ser descomunal. Hay zonas de Sheffield, en Inglaterra, con una densidad de diez comederos por hectárea. Dicho de otra manera: un comedero por cada nueve pájaros que pueden usarlo. En todo el Reino Unido se estima que hay unos doce millones de casas que ofrecen alimento a las aves (1). Los beneficios no sólo se reflejan en términos de supervivencia, sino también en un incremento del éxito reproductor. El número de cajas anidaderas instaladas en ese país de amantes de las aves se cifra en unos 4’7 millones. Una ayuda nada desdeñable cuando escasean los árboles viejos y llenos de orificios con huecos para criar.


El aporte antrópico de alimento a la fauna puede tener derivadas insospechadas (foto: Albaláfoto).


Ventajas e inconvenientes
Pero no todo son ventajas. Las avecillas urbanas, sometidas a otras presiones selectivas, ya no temen al ser humano. Es lo que en inglés se denomina conducta bold (2). El paquete genético de la conducta bold no sólo incluye perder el miedo a las personas, sino también una mayor capacidad de exploración y una mayor agresividad. Por lo tanto, aunque las fuentes artificiales de comida incrementen la fecundidad, también favorecen la mortalidad por conflictos territoriales.

En jerga ecológica, la dinámica de poblaciones de los pajarillos urbanos está mucho más cerca de la Estrategia r que de la Estrategia K. Es decir, basan su éxito en producir una alta descendencia, no en una larga vida de los progenitores. De manera que la conducta bold, como potenciadora de la fecundidad, se mantiene en la población con el paso del tiempo, a pesar de cobrarse un precio en términos de supervivencia.

El papel que pueda jugar la reducción de flujo genético en la  adaptación de las pequeñas y aisladas poblaciones urbanas de pajarillos no puede descartarse de antemano. Pero probablemente l mecanismo más frecuente que genera cambios en el fenotipo, incluida la conducta, esté más ligado a la actividad de los genes saltarines en el marco de un nuevo medio. A juzgar por la rapidez con la que se reflejan los cambios, las nuevas presiones ambientales que impone la ciudad tienen bases tanto genéticas como epigenéticas.


El medio urbano como trampa ecológica
Aunque las ciudades parezcan con frecuencia un buen destino (3), a veces engañan. Pueden convertirse en un “sumidero atractivo”, una trampa ecológica con graves consecuencias negativas para la persistencia a largo plazo de las poblaciones implicadas. Un caso típico es el de las efímeras, gráciles insectos alados que ponen sus huevos en el asfalto porque refleja horizontalmente luz polarizada, al igual que la superficie de un estanque. Un efecto trampa que ya cumplían en su día, de forma natural, los pozos de brea, pero que ahora es mucho más frecuente en carreteras asfaltadas que pasan cerca de ríos y lagos (4).

Los psicólogos han descrito como “efecto halo” nuestra inclinación a considerar fiable a una persona si de entrada nos causa buena impresión. Por ejemplo, las personas físicamente atractivas suelen ser juzgadas como buenas. Pero en el terreno de la biología hay otros efectos halo. Los córvidos suelen estar bien representados en la fauna urbana, al igual que algunas rapaces, y juntos crean un halo alrededor de las ciudades cuando depredan sobre los nidos de otras aves no vinculadas al ambiente urbano. Una inesperada consecuencia: la fauna de las ciudades, al igual que nosotros, explota su entorno rural. Como una laguna con respecto a su cuenca hidrográfica.

Envejecer en la ciudad
Otro ejemplo habitual de los riesgos que la vida urbana depara a los pájaros es que el ruido del tráfico les incita a modificar la frecuencia de sus cantos. Aunque falta por demostrar que eso se traduzca en algún perjuicio para sus poblaciones, ya sea a través del éxito reproductor o de su tasa de supervivencia. Sin embargo, no solemos reparar en el peligro que conlleva introducir en la naturaleza el peor de nuestros males: el envejecimiento generalizado.

Viejos los ha habido siempre, pero poblaciones llenas de viejos no. Es lo propio de una sociedad con baja tasa de mortalidad a edades tempranas. Si generalizamos la instalación de comederos y los llenamos de comida enriquecida con vitaminas, cabe esperar que aumente la supervivencia de las aves y la duración de sus vidas. La selección natural ha empujado hacia el futuro los efectos negativos del paso del tiempo todo cuanto le ha sido posible, de manera que la mayoría de los animales silvestres mueren sin llegar a manifestar síntomas de envejecimiento. Vivir ahí fuera es difícil y cualquier merma en las capacidades físicas se salda inmediatamente con la muerte. Sin embargo, si las aves consiguen alimento abundante y con poco esfuerzo es fácil que alcancen edades en las que sí se manifiesta el envejecimiento. No sería de extrañar que en nuestros parques y jardines vivieran carboneros y verderones con artrosis.

Este envejecimiento inducido me parece la razón de mayor peso para oponerse al uso masivo de comederos para aves urbanas. Exportar a la biosfera los males de nuestra multitudinaria vejez no es plato de buen gusto. Si los amantes de las aves fuesen conscientes de las implicaciones fisiológicas de sus bienintencionados actos, quizá se lo pensarían dos veces antes de encargar el próximo recambio de comida para el comedero de su jardín.

Futuros urbanos
En cualquier caso, parece que las ventajas pesan más que los inconvenientes. Nuestras ciudades cada vez acogen a más pájaros forestales que antes sólo veíamos en los bosques y, en cambio, escasean los gorriones. No creo que ambos hechos guarden necesariamente una relación directa de causa-efecto. Los gorriones vivieron tiempos gloriosos en el pasado, cuando estaban favorecidos por el mundo rural. Ahora que ese entorno ha venido a menos, y lo poco que queda se intensifica, los gorriones siguen un camino paralelo. Una prueba de que los gorriones citadinos no eran independientes del medio rural en el extrarradio. A medida que la urbanización avance y las ciudades sean más limpias y sostenibles, la barrera que aún las separa del mundo rural se hará más difusa y la fauna silvestre seguirá acercándose al asfalto. Ya hay conejos que crían encantados en los espacios abiertos de los parques urbanos, un medio que empieza a escasear en nuestros montes. Detrás vendrán los linces, como de hecho pasa en las ciudades californianas con los linces rojos (Lynx rufus) y los pumas (Puma concolor), o en Bombay con los leopardos (Panthera pardus). Habrá que volver aprender a convivir con ellos en cercanía.

Bibliografía

(1) Shanahan, D.F. y otros autores (2014). The challenges of urban living. En Avian urban ecology, 3-20. D. Gil, y H. Brumm (eds.). Oxford University Press. Oxford.
(2) Riyahi, S. y otros autores (2015). Combined epigenetic and intraspecific variation of the DRD4 and SERT genes influence novelty seeking behavior in great tit Parus major. Epigenetics, 10: 516-525.
(3) Leston, L.F.V. y Rodewwald, A.D. (2006). Are urban forests ecological traps for understory birds? An examination using Northern cardinals. Biological Conservation, 131: 566-574.
(4) Kriska, G. y otros autores (1998). Why do mayflies lay their eggs en masse on dry asphalt roads? Water-imitating polarized light reflected from asphalt attracts Ephemeroptera. Journal of Experimental Biology, 15: 2.273-2.286.
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lunes, 26 de marzo de 2018

Tendiendo puentes


A menudo, las teorías científicas no sólo se adoptan como verdades absolutas, sino que pueden llegar a convertirse en dogmas, equiparables a un postulado religioso. Sin embargo, la historia nos enseña a ser humildes y a mantener la mente abierta: con el paso del tiempo, esas teorías sufren modificaciones o simplemente son sustituidas por otras. Pero no han sido inútiles. Avanzamos subiéndonos a hombros de gigantes y siempre hay algo que rescatar.

Siendo, como soy, inequívocamente darwinista, me satisface comprobar que cualquiera de los grandes personajes que propusieron teorías evolutivas antes que Darwin tenían algo de razón. Las ideas de Darwin no surgieron de la nada, sino que se inspiraron necesariamente en lo que otros habían pensado antes, aunque fuera para darle la vuelta al razonamiento. Por eso me parece una postura anticientífica que los defensores acérrimos de Darwin ridiculicen a sus antecesores. Es una lección que aprendí hace tiempo gracias al gran paleontólogo estadounidense Stephen Jay Gould (1941-2002).

También me parece pobre dejar de lado las hipótesis que tratan de explicar o matizar la evolución humana desde otra perspectiva algo distinta a la que hoy admite la ciencia. Aunque sean erróneas en su conjunto, es posible que pueda extraerse de ellas alguna utilidad. Quizá lo más justo sería decir que todas las explicaciones científicas tienen una cuota mayor o menor de verdad, en lugar de considerarlas rotundamente verdaderas o rotundamente falsas. En cualquier caso, no es un buen camino para avanzar hacia el entendimiento mutuo de visiones diferentes, lo cual debería ser una meta deseable por la humanidad y por la ciencia.

Mono narigudo (Nasalis larvatus) en las selvas de Borneo. Las selvas inundadas del Mioceno pudieron ser una presión selectiva para la evolución del bipedismo humano anterior al paso a la sabana. Foto internet. 

¿Un pasado acuático?

Por ejemplo, cuando leo acerca de la llamada “hipótesis del simio acuático” siempre pienso que algunas partes podrían ser incorporadas al paradigma vigente sin demasiados aspavientos. La AAH, así conocida por las siglas en inglés de Aquatic Ape Hypothesis, fue propuesta por el académico alemán Max Westenhofer en 1942 y reformulada por Alister Hardy en 1960. A mi entender, la hipótesis se equivoca al suponer que la fase acuática de nuestro linaje, anterior a la radiación de los Australopithecus, tuvo lugar en la costa africana, lejos de las selvas. Podría haber ocurrido que las florestas africanas de finales del Mioceno fuesen parecidas a las actuales selvas lluviosas de Borneo, donde habita el mono narigudo (Nasalis larvatus), una especie capaz de erguirse sobre sus patas traseras. En tales ambientes hay presiones selectivas que favorecen la postura bípeda, por ejemplo para vadear la selva cuando está inundada. Hace más de 4 millones de años, tal vez los precursores de Ardipithecus ramidus, nuestro ancestro forestal y bípedo de las selvas húmedas del Plioceno, habrían sido ya medio bípedos en el Mioceno, no sobre las ramas de los árboles, sino al atravesar el bosque con el agua por la cintura.

Esa influencia acuática del pasado también podría explicar nuestra facilidad para acumular grasa subcutánea, los famosos michelines. Es un rasgo extraño en los primates, pero habitual entre los mamíferos acuáticos o semiacuáticos de pelo corto, como focas, delfines, hipopótamos o tapires, que les ayuda a regular la temperatura corporal. Quizás esa característica fue cooptada (reciclada) más adelante en la sabana con fines distintos a los iniciales, como la acumulación de reservas para hacer frente a los periodos de escasez en un ambiente poco predecible. Es decir, una cosa no excluye a la otra.

Sin embargo, no creo que el enorme desarrollo del cerebro en nuestro linaje tenga nada que ver con esa posible vida semiacuática en las selvas lluviosas. Parece estar más bien ligado al consumo de carne y carroña en la sabana, así como con la reducción de los intestinos en consonancia con tal cambio de dieta.

Adaptados al agua

En cambio, sí parece convincente que esa vida medio acuática favoreciera la pérdida de pelo en todo el cuerpo. Salvo en la cabeza, donde de hecho crece de forma continua para satisfacción de los propietarios de peluquerías. Actualmente no tenemos una explicación para ese rasgo, aparte de la socorrida selección sexual, es decir, que entrara dentro de las preferencias de las hembras, aunque el pelo crece continuamente tanto en hombres como en mujeres. La opción de que las guedejas sirviesen como asidero para las crías en el agua me parece una presión selectiva de peso, sobre todo si se tienen las manos ocupadas en nadar y hay poco pelo al que asirse en el resto del cuerpo.

No es difícil imaginar un pasado acuático cuando comprobamos lo bien que nos defendemos al nadar y bucear. O lo naturales que parecen los partos acuáticos. Incluso nuestros propios bebés han conservado el reflejo de zambullida. Además, el vello de nuestro cuerpo ha adoptado una disposición hidrodinámica y también son sospechosos esos extraños pliegues de piel que tenemos entre los dedos. Parece que en el pasado el agua jugó un papel más importante en nuestras vidas diarias que en la actualidad.

Algo que, curiosamente, no compartimos con el linaje que desembocó en los bonobos y chimpancés. Dos especies, por cierto, que pudieron evolucionar por separado gracias a estar separadas por una gran barrera acuática: el río Congo.

Como bien sabemos, en realidad no hace falta un río tan grande. Basta con poner un foso con agua para que nuestros primos hermanos se circunscriban al espacio que tienen asignado en los zoológicos. Algo impensable para los humanos.

Posibles ancestros

El primate extinto cuyo estilo de vida quizá fuera más compatible con los hábitos acuáticos aquí imaginados sería Oreopithecus bambolii. Los restos de este hominoideo, que vivió en el Mioceno, hace unos 8 millones de años, han sido hallados en la Toscana italiana, Cerdeña y África oriental (1). Además de preferir hábitats pantanosos, mostraba ciertas adaptaciones para el bipedismo y tenía los colmillos reducidos, como Ardipithecus (2). Sin embargo, aunque Oreopithecus suele clasificarse dentro de la familia de los homínidos, se incluye en una rama que se desgajó de nuestro linaje antes de que lo hicieran los orangutanes. Por lo tanto, no parece que fuera el supuesto ancestro semiacuático que buscamos. Pero, ¿quién sabe cuántos fósiles de primates de aquel lejano periodo están esperando a ser descubiertos? O si su incierta posición taxonómica actual es correcta o no.
Sólo el tiempo nos dirá si la hipótesis del antepasado acuático llega a verse apoyada por las evidencias fósiles. De momento, sólo se basa en especulaciones a partir de nuestros rasgos fisiológicos y anatómicos. Tampoco sabemos tanto sobre los primates que vivían hace entre 8 y 6 millones de años como para descartar nada de manera categórica. Me parece una postura más saludable dejar la puerta entreabierta y que el tiempo juzgue.

El valor de la evidencia

No tengo ningún interés en defender la hipótesis del simio acuático. Tan negativa me parece la postura de sus detractores más furibundos como la de sus defensores acérrimos. Solamente me he servido de este ejemplo para demostrar que, cuando hablamos de ciencia, siempre es preferible dejar puertas y ventanas abiertas. En otras palabras, es sano dudar y alejarse de posturas dogmáticas o excluyentes. Como sostenía el propio Gould, conviene dejar que las evidencias manden y sacudirse los modelos mentales establecidos. A pesar de que, por desgracia, suele suceder lo contrario.

Un ejemplo no tan distante, pero sí reciente, es el del gran atleta Usain Bolt. Resulta que el velocista más rápido de la historia corre de manera asimétrica: una de sus piernas pisa con más fuerza en el suelo que la otra. En lugar de plantearse que la asimetría parece ser buena para correr deprisa (evidencia), los expertos en biodinámica especulan con que Bolt podría haber corrido incluso más rápido si alguien le hubiera enseñado a correr simétricamente (modelo mental pre-establecido).

Si siguiéramos aferrados a la idea clásica de que las formas circulares y esféricas son perfectas y por ello las más deseables, jamás habríamos descubierto que la órbita de los planetas alrededor del sol es una impura e indeseable elipse, o que la Tierra misma tiene poco de esférica, incluso sin retirar el agua de los océanos. En definitiva, dejemos que las evidencias hablen por sí mismas y, si van en contra de nuestros modelos, más vale atenderlas y no tratar de encajarlas con calzador en el paradigma vigente. Aunque, claro, aún es peor aún hacerlas desaparecer escondiéndolas debajo de la alfombra.

Bibliografía

(1) Rosas, A. (2016). La evolución del género Homo. CSIC y Libros de la Catarata. Madrid.
(2) Rosas, A. (2015). Los primeros homininos: paleontología humana. CSIC y Libros de la Catarata. Madrid.

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martes, 27 de febrero de 2018

El tercer ojo

Han corrido ríos de tinta sobre la existencia de un tercer ojo que los humanos tendríamos hacia la mitad de la frente. Un ojo místico, capaz de dotarnos de clarividencia y unas extraordinarias capacidades perceptivas. Pero quizá este concepto esotérico derive de la observación –y posterior tergiversación– de la naturaleza, donde sí hay animales dotados de un tercer ojo.

El ojo parietal es una parte del sistema nervioso central con capacidades fotorreceptoras. Está asociado a la glándula pineal, que se asoma al exterior a través de un orificio en el cráneo. Esta estructura regula tanto el ritmo circadiano como la producción de hormonas vinculadas con la termorregulación en numerosas especies de peces, anfibios y reptiles, aunque está ausente en aves y mamíferos.

De todos modos, la glándula pineal sí que existe en el cerebro de aves y mamíferos, aunque ahora sólo recibe estímulos luminosos a través de los ojos. Esta glándula, llamada pineal porque tiene forma de piña (aunque es del tamaño de un grano de arroz), produce una hormona denominada melatonina que regula nuestro ciclo diario de sueño y vigilia, entre otras importantes funciones. Bien lo saben quienes están obligados a embarcarse en rápidos vuelos transoceánicos y toman melatonina para recuperarse de los perniciosos efectos del síndrome de los husos horarios o jet lag. La oscuridad estimula la producción de melatonina, mientras que la luz la inhibe.

Cabeza de lagartija serrana (Iberolacerta monticola) con una flechita que indica la localización del ojo parietal o tercer ojo (foto: Pedro Galán).


Un órgano relicto
La ausencia de ojo parietal en aves y mamíferos sugiere que ambas clases animales descienden de reptiles endotermos que carecían de ese rasgo. También es posible que lo perdieran posteriormente en el curso de la evolución al desarrollar su capacidad de mantener el cuerpo caliente al margen de la temperatura exterior (endotermia). Por lo que sabemos, los ancestros reptilianos de los actuales mamíferos perdieron el ojo parietal hace casi 250 millones de años (1), lo cual apoya la primera hipótesis. Es decir, que los mamíferos actuales proceden de ancestros reptilianos que ya eran de sangre caliente. Por tanto, la actual glándula pineal de los mamíferos habría cambiado su primitiva función fotorreceptora por la endocrina, aunque permanece como testigo de un pasado anterior a la evolución de la endotermia en nuestros lejanos ancestros reptilianos.

Todo esto también nos indica que los mamíferos son un grupo monofilético, es decir, que todos ellos derivan de un solo grupo de reptiles endotermos, concretamente los terápsidos. Por poner un ejemplo contrario, los saurios (lagartos, iguanas, salamanquesas, eslizones) no son un grupo monofilético. Forman una agrupación artificial que engloba a reptiles de apariencia similar pero que proceden de diferentes orígenes evolutivos. De hecho, algunos saurios están más emparentados con las serpientes que con otros saurios. Y, por añadir otro ejemplo, los cocodrilos, que parecen lacértidos gigantes, tienen un ancestro común más próximo a las aves que a los lagartos.

Sabemos que las aves evolucionaron a partir de los dinosaurios terópodos que vivían hace entre 200 y 145 millones de años en el periodo Jurásico. Pero hace 90 millones de años había aves con ojo parietal, las del género Melovatka, lo que sugiere que aquí sería más adecuada la segunda hipótesis, es decir, que las aves evolucionaron a partir de reptiles ectotermos y desarrollaron posteriormente su endotermia. Parece que las aves son monofiléticas y que derivan todas ellas de los dinosaurios Saurisquios, lo cual implicaría que al principio todas las aves eran ectotermas. En cualquier caso, cada vez resulta más difícil establecer una barrera entre reptiles y aves, sobre todo a raíz de los recientes y abundantes hallazgos de reptiles fósiles emplumados en las canteras chinas de la provincia de Liaoning. En España también se han encontrado restos de aves muy primitivas, caso de Iberomesornis en el yacimiento de Las Hoyas (Cuenca), que tenía el tamaño de un gorrión.

Especies actuales con tercer ojo
El ojo parietal puede observarse hoy en numerosas especies de lagartijas, ranas y sapos. También en muchos peces, ya sean cartilaginosos (como los tiburones) u óseos (como el atún). Por lo que respecta a la fauna ibérica, según me cuenta el herpetólogo gallego Pedro Galán, una enciclopedia viviente donde las haya, el ojo parietal está presente en prácticamente todos nuestros saurios. Puede apreciarse en cualquier especie de lagartija, así como en luciones y eslizones. En el caso de los lagartos es más difícil, pues queda oculto por el desarrollo de placas óseas de refuerzo u osteodermos. De cualquier forma, hace falta una lupa para localizar el famoso tercer ojo y podemos identificarlo como un circulillo que aparece en la placa interparietal.

En los anfibios es mucho menos patente, pues queda cubierto por la piel en la mayoría de las especies modernas. Las salamandras conservan una estructura menos derivada con respecto a la ancestral que se denomina glándula paripineal.

Siempre que se habla de ojos pineales es obligado referirse a los tuátaras, que son unos reptiles muy especiales. Se parecen a las iguanas, pero tienen muy poco que ver con ellas. Proceden de reptiles que habitaban en el antiguo súper continente de Gondwana y hoy sólo existen en algunas islas cercanas a Nueva Zelanda. Como buenos fósiles vivientes, cuentan con un ojo parietal especialmente desarrollado. El agujero pineal del cráneo es proporcionalmente grande y el tercer ojo cuenta con cristalino y retina, ¡nada menos!

Endotermos con reminiscencias reptilianas
Dado que la glándula pineal sigue alojada en el interior de nuestro cráneo, podríamos tomarnos la licencia de proponer que, aunque seamos endotermos, todavía conservamos viva una parte de nuestro pasado ectotermo reptiliano. Yo, al menos, me acuerdo mucho de los tuátaras y su gran atracción por la luz cada vez que las nubes ciegan el sol en las costas de Galicia y me embargan humores melancólicos debido a mis bajos niveles de melatonina.

Como nunca hay que desaprovechar la ocasión para acabar con un mito, arremeteré como broche final contra de la extendida creencia popular de que Suecia es el país europeo con mayor porcentaje de suicidios debido al mal tiempo. Al parecer y según datos de 2008, los primeros puestos en tan peliagudo asunto corresponden a Kazajistán, Estonia, Moldavia y Polonia. Suecia es sólo la quinta potencia mundial. Malos países todos ellos para ser reptil, sobre todo de gran tamaño pues a mayor volumen corresponde proporcionalmente menor superficie exterior y la superficie es vital para los que viven del sol.

Agradecimientos
Estoy en deuda con Pedro Galán por revisar un borrador de este artículo. La foto que lo ilustra también es suya.

Bibliografía

 

(1) Benoit, J. y otros autores (2016). The sixth sense in mammalian forerunners: variability of the parietal foramen and the evolution of the pineal eye in South African Permo-Triassic eutheriodont therapsids. Acta Paleontologica Polonica, 61: 777-789.

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martes, 30 de enero de 2018

Pensamiento metapop

No, no estoy inventando un nuevo estilo de música que vaya más allá del pop. Uso metapop como abreviatura nemotécnica de metapoblación. Trataré de demostrar aquí lo importante que es el pensamiento metapoblacional –asumir que muchas especies se estructuran espacialmente en conjuntos de poblaciones que mantienen contacto entre sí– para resolver problemas reales en ecología aplicada.

Cuando lidiamos con nuestros problemas comunes, primero tendemos a pensar en la posibilidad más sencilla, es decir que la causa sea de origen local. Si vemos que un pueblo pierde sus habitantes deducimos que algo va mal allí. Puede ser, pero también es posible que en otro sitio las cosas vayan mejor y la gente se marche en busca de nuevas oportunidades. Como hemos visto en varias ocasiones, bueno y malo son conceptos relativos, no absolutos.

El caso es que sacamos las mismas conclusiones cuando nos enfrentamos a los problemas de la fauna. Seguramente tiene sentido que sea así, pero en muchos casos no es garantía de acertar. Por ejemplo muchas aves realizan dispersiones durante la fase juvenil o ya de adultas, en busca de alimento, pareja o territorios de cría. Esas dispersiones pueden deberse a procesos locales, como la escasez local de recursos o el exceso de individuos, pero también pueden responder a que las condiciones sean mejores en otro sitio, como decía al principio para el caso humano. En tal situación, los componentes de la población, que continuamente prospectan el entorno e intercambian información, deciden hacer las maletas y largarse del pueblo a la ciudad tras el efecto llamada.

A veces lo que sucede es una combinación de ambas cosas. Una perturbación local causada por nosotros es la que dispara el abandono, pero a eso se une que en otros sitios las condiciones hayan mejorado y entonces sea atractivo trasladarse. Si en todas partes la situación fuera mala no quedaría otra que capear el temporal, aguantar las molestias y quedarse, haciendo frente a los problemas locales. Analicemos un par de casos detectivescos para ver cómo el pensamiento metapoblacional puede ser una fuente de inspiración para resolver problemas ecológicos, en el caso de especies coloniales y con alta capacidad de dispersión.

Macho en vuelo de aguilucho cenizo (Circus pygargus). Para entender la dinámica local de una especie, con poblaciones estructuradas en el espacio, es preciso pensar a escala regional, como se ha visto en la Comunidad Valenciana (foto: Lluc Semis Gasol).

El desplome del arao ibérico
En un estupendo trabajo, publicado hace más de diez años en la revista Biological Conservation, un equipo de investigadores de la Universidad de Vigo demostró que la práctica extinción del arao (Uria aalge) en Galicia y Portugal no se debió al efecto del calentamiento global sobre los pequeños peces pelágicos, su principal fuente de alimento (1). Llegaron a esta conclusión después de estudiar el desembarco de pescado en lonjas durante el periodo de declive de los araos: 1960-1974. Un resultado que contradecía la creencia popular de que el rápido descenso de los araos se debía a falta de alimento. Dicho trabajo propone como razón última del declive un descenso en la supervivencia local, no en la reproducción, debido sobre todo a la caza ilegal y al uso de redes de pesca de material sintético. Es cierto que aquella época coincidió con el cambio a las redes sintéticas, pero no hay evidencia de que las casi 20.000 aves presentes en el noroeste peninsular a principios del siglo XX acabaran muriendo.

Por otro lado, los urbanitas armados de aquella época –así nació el concepto de “escopetero” frente al de cazador– disparaban desde embarcaciones a alcas y cormoranes en el interior de las rías, mientras que los araos pasaban más tiempo forrajeando en el mar. Pero cabe otra posibilidad. Los cambios en la supervivencia local que detectan los modelos siempre pueden ser mortalidad real o por contra mortalidad aparente, es decir, dispersión. En cualquiera de los dos casos la población local baja. Recientemente propuse que los impactos humanos de aquellas décadas pudieron ser un desencadenante de la dispersión en masa de los araos hacia mejores colonias en el Reino Unido (2). Bien mirado, era una situación extraña la de los araos ibéricos, ya que les gusta criar en colonias muy numerosas que les ofrecen ventajas a la hora de localizar alimento, encontrar pareja o defenderse de los depredadores. Además, no existen evidencias de la presencia de esta especie en la Península Ibérica antes de finales del siglo XIX (3), así que quizá alguna situación desfavorable empujase hacia el sur de Europa a unos cuantos cientos de araos desde alguna gran colonia norteña y cuando las cosas empezaron a ponerse mal aquí abajo decidieran poner fin a esa aventura.

Demostrar esto no es posible con la información que tenemos. No hay aves peninsulares marcadas que pudieran recuperarse más tarde, porque el anillamiento científico apenas había comenzado en España y Portugal. Pero es una posibilidad que no puede descartarse y que, a mi entender, resulta más parsimoniosa, más verosímil, que la muerte de todas las aves (4). Una explicación, además, encuadrada en el pensamiento metapoblacional, que no busca todas las causas a escala local.

Los aguiluchos cenizos del humedal
El otro ejemplo está protagonizado por los aguiluchos cenizos (Circus pygargus) de la Comunidad Valenciana. Ocupan allí dos tipos de ambientes muy diferentes: unos crían en el interior de la provincia de Castellón, en coscojares espontáneos recuperados tras los incendios forestales de los años setenta, mientras que otros se reproducen en humedales costeros de Castellón y Alicante que son espacios protegidos. En principio, los aguiluchos del interior ocupan un hábitat más parecido a los ambientes esteparios de los que procede la especie. A esta población le va bien y además ha logrado extenderse hasta la vecina Tarragona. Por su parte, la población costera del Prat de Cabanes-Torreblanca (Castellón) creció vertiginosamente desde las 5 parejas censadas en 1987 hasta las 37 del año 1999.

Pero a partir de ese año los aguiluchos empezaron a decaer, de modo que la curva total describe una parábola. También aquí, las razones del declive se han buscado localmente. Los principales sospechosos son los cambios en el uso del suelo y la interrupción de prácticas tradicionales, como la quema de vegetación palustre, tras la declaración del espacio como parque natural. También se han barajado causas regionales, como el aumento de los jabalíes tras el abandono generalizado del medio rural, o incluso globales, como alteraciones en los regímenes de lluvias primaverales a causa del cambio climático. Sin embargo, si uno compara la curva total de crecimiento de la especie en la Comunidad Valenciana, separando las parejas del matorral de las parejas del humedal, se ve claramente que las segundas declinan y las primeras crecen hasta alcanzar una meseta. Un razonamiento de suma cero nos lleva a pensar que las poblaciones del interior crecen gracias a que las costeras decrecen. Es decir porque hay movimiento de aves en un solo sentido. ¿A qué puede deberse? ¿No están cómodas dentro de los espacios protegidos?

Sin duda, hay una parte debida a causas locales y los cambios en el uso del suelo probablemente han hecho que los humedales resulten ahora menos atractivos. Pero para irse a otro sitio primero hay que tener dónde ir y, si es posible, que sea mejor que el anterior. Las condiciones del matorral son mejores desde que la gente ya no vive allí y, de hecho, la colonización de los humedales fue forzada por el impacto humano en las zonas preferidas de los aguiluchos. Los extensos incendios de los años setenta les dejaron sin hábitat adecuado para criar y las zonas húmedas, con su vegetación halófila, aparecieron como una alternativa. Ahora que las condiciones han empeorado en el humedal y, sobre todo, son mejores en sus ambientes originales, toca hacer las maletas de nuevo.

Así pues, la tendencia decreciente de los aguiluchos cenizos en los humedales no debe percibirse como algo negativo, sino como un signo de mejora de las condiciones regionales para la especie. Salen del refugio. Se liberan de presiones del pasado. Si sólo nos centramos en las causas locales percibiremos el declive como una pérdida. Pero si usamos el pensamiento metapoblacional nuestra visión da un giro copernicano. Hay parches peores y mejores cuando las poblaciones se estructuran en el espacio. Y además esa situación no es fija en el tiempo, sino que los peores de hoy pueden ser los mejores de mañana. O viceversa. Así pues, pensemos globalmente. ¡Y actuemos donde buenamente se pueda!
  
Bibliografía

(1) Munilla, I.: Díez, C. y Velando, A. (2007). Are edge bird populations doomed to extinction? A retrospective analysis of the common guillemot collapse in Iberia. Biological Conservation, 137: 359-371.
(2) Martínez-Abraín, A. (2015). Are edge bird populations doomed to extinction? A response to Munilla et al. Biological Conservation, 191: 843-844.
(3) Tait, W. C. (1887). On the birds of Portugal. Ibis 5: 372-400.
(4) Munilla, I. y Velando, A. (2015). The Iberian guillemot population crash: a plea for action at the margins. Biological Conservation, 191: 842.
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domingo, 7 de enero de 2018

Longevos

En la actualidad, buena parte de los seres humanos viven hasta una edad avanzada y dan muestras de envejecimiento. Eso nos induce a pensar que ocurre lo mismo con la fauna silvestre. Pero… ¿de verdad es así?

Lo primero que tenemos que hacer es definir algunos conceptos que resultan confusos. En la lengua de Cervantes, longevidad es cualidad de longevo y longevo es el individuo que alcanza una edad muy avanzada. Así pues, longevidad sólo se refiere a la larga vida de un individuo. Si, por el contrario, queremos referirnos a toda una población hablaremos de esperanza de vida al nacer, que es la cantidad de años que tienen por delante los miembros de un grupo nacidos en el mismo año (cohorte) hasta su muerte. Un concepto lioso porque no es equivalente al de esperanza matemática de vida al nacer, que es la probabilidad de que una persona nacida en un año determinado muera a la edad que establezcamos.. Por otro lado, la esperanza de vida se suele confundir con la edad de senectud. Es decir, si decimos que la esperanza de vida de los humanos en la Edad Media era de unos 50 años, esto no significa que la gente a los 50 años fuese ya vieja. Dado que es un promedio, 50 se puede obtener si un pequeño porcentaje de personas llegaba realmente a viejos (pongamos, 80-90 años) y si existía a la vez mucha mortalidad infantil o juvenil, como era el caso. Simplemente, la mayoría de la gente no llegaba a vieja en la Edad Media, pero no eran ancianos a los 50 años. A los 50 años estaban en plena forma por mucho que tuvieran la cara quemada por el sol y las manos llenas de callos de trabajar la tierra. 

Cuesta entender todo esto en la sociedad actual, cuando basta con echar un vistazo a las esquelas de los periódicos para comprobar que la mayor parte de los difuntos superan los 80 ó 90 años y son raras las muertes más tempranas. Lo más complejo de todo es que longevidad y senescencia son en realidad procesos distintos que sin embargo suelen ir emparejados, excepto entre los pacientes de envejecimiento prematuro. Lo contrario (ancianos juveniles) podría darse también en teoría pero no ocurre hoy en día. Lo primero que deberíamos comprender pues es por qué envejecemos si vivimos muchos años.

Buitres leonados (Gyps fulvus) en un comedero para aves carroñeras. Dado su gran uso de los aportes artificiales de alimento, es de esperar que los buitres vivan más tiempo y muestren síntomas de envejecimiento (foto: Beatriz Vigalondo).

Genes con doble efecto
La selección natural ha hecho muy bien su trabajo evitando el envejecimiento en la edad temprana. Los genes que nos mantienen en buena forma durante la edad reproductora son como una moneda con una cara amable y un envés perverso. Nos ayudan cuando somos jóvenes y dejan de hacerlo al superar la edad fértil. Por selección natural, la manifestación de los efectos negativos de esos genes se ha visto empujada muy hacia adelante en el curso de nuestra vida. Los efectos del lado perverso se evidencian a una edad que era poco probable alcanzar de manera natural. Antes te mataba una enfermedad infecciosa, un depredador, una guerra o la caída de un árbol. Por regla general, los animales salvajes siguen sin llegar a esa edad y, si alguno se acerca a ella y empieza a perder funcionalidad fisiológica, muere pronto.

Así pues, si la esperanza media de vida de los leones salvajes al nacer es de 12 años, un león que muera con 11 años y medio es un adulto en la plenitud de su existencia. Si mantenemos a los leones en cautividad, libres de parásitos y enfermedades, con comida asegurada y sin peleas entre ellos, pueden vivir mucho más. Hay registros de leones que han vivido 27 años y entonces sí llegan a ancianos y manifiestan los síntomas propios del envejecimiento. De hecho, podríamos definir un concepto nuevo haciendo uso de este conocimiento biológico. Sería el de “longevidad predicha”.
Pongamos que ciertos individuos de una especie de loro alcanzan en cautividad los 40 años de edad. Si encontramos que la esperanza de vida al nacer en una población salvaje de una segunda especie del mismo género es también de 40 años, podríamos predecir que en condiciones ideales (las de cautividad) esta segunda especie de loro sería necesariamente mucho más longeva. No podríamos precisar mucho más, pero sí predecir que sería más longeva que la primera.

En algunos animales salvajes se han detectado síntomas de deterioro físico relacionados con una edad avanzada. Por ejemplo, las gaviotas viejas se reproducen peor que las jóvenes. La explicación más plausible es que, como las gaviotas tienen el alimento garantizado gracias a los sobrantes de nuestra civilización, como basuras y descartes pesqueros, logran superar la que hasta hace poco era su habitual esperanza de vida al nacer. Es decir, hoy en día una gaviota salvaje se parece bastante a otra criada en cautividad. De ahí que llegue a vieja y se manifiesten en ella síntomas de envejecimiento. Lo mismo podría decirse de otros animales que emplean habitualmente los desechos humanos, como buitres, cigüeñas y lobos.

¿Es posible aumentar la longevidad sin envejecer?
Si vivimos más, algo deseable, ¿tenemos que pagar un peaje en forma de deterioro físico y mental? ¿No hay manera de escapar a esa aparente ley y vivir más sin envejecer? La respuesta es sí y ese es, además, uno de los grandes desafíos de la ciencia para el futuro cercano. Volvamos a aquellos efectos perversos de los genes a los que nos referíamos antes, programados para muy adelante en el curso de nuestro desarrollo. Aparecen, sobre todo, porque nuestras células se oxidan. Las mitocondrias, las fábricas de energía celular, dejan de estar bien selladas y pierden parte del oxígeno que usan para quemar el alimento que ingerimos. Los escapes acaban por deteriorar todo el citoplasma y, cuando eso ocurre, las células ponen en marcha un dispositivo que desmonta los andamios celulares ordenadamente y recicla el material, un fenómeno llamado apoptosis. Si eso les pasa a muchas células, es un órgano entero el que empieza a funcionar mal, no desempeña bien su función y a eso le llamamos envejecer.

Para evitarlo tendríamos que prevenir la oxidación celular y hay dos maneras de hacerlo. O bien comemos poco, las mitocondrias tienen menos que quemar y se reducen los radicales libres que pueden oxidarnos. O bien comemos lo mismo pero manipulamos la genética celular para que los efectos negativos se retrasen aún más o no aparezcan nunca. No sabemos qué efectos secundarios podría tener esto último. En cuanto a retrasar los efectos indeseables, imagino que tendríamos que respetar el límite de Hayflick, es decir, el número máximo de años que un individuo puede vivir y que viene marcado por el número de divisiones celulares (mitosis) que tiene programadas al nacer. Ese número es variable y depende de lo que nos hayamos cuidado durante la vida. Los que se cuidan más tiene una edad biológica menor que otra persona nacida en el mismo año pero que haya llevado una mala vida, por ejemplo bebiendo o fumando en exceso, sufriendo estrés o padeciendo hambrunas.

El peor de nuestros males
Con cada división celular los extremos de los cromosomas (telómeros) se acortan y dejan expuesto el ADN nuclear a los daños que puedan causar los agentes externos. Ese es el reloj interno que determina nuestra longevidad máxima. Una opción de la ciencia es constituirse en Penélope y averiguar cómo se reponen los tapones de los cromosomas después de haberse perdido. Eso pasa por domesticar la telomerasa, la proteína que sintetiza a los telómeros. Parece imposible, pero es justo lo que hace el cáncer: consigue que una línea celular sea inmortal, aunque a costa de destrozar al resto de los tejidos y, en última instancia, a sí misma. El cáncer  y el envejecimiento son dos caras de la misma moneda. O las líneas celulares envejecen o viven eternamente.

Es posible que los animales salvajes manifiesten cada vez más el envejecimiento. Viven más cerca de nosotros, porque se benefician de nuestro papel como ahuyentadores de depredadores y suministradores de comida. En el caso de los buitres o de las aves de jardín, su asociación con las fuentes predecibles de alimento que les proporcionamos podría hacer que sobrevivan a pesar de tener parte de su fisiología deteriorada. Es decir, se comportarían en cierta manera como los animales salvajes criados en cautividad o los domesticados. Ahora mismo, nuestro equipo de investigación está tratando de demostrar precisamente esto.

Por lo que respecta a nosotros mismos, es posible que podamos vivir más todavía, hasta un límite máximo de en torno a los 120-125 años (si es que eso no lo cambiamos también al domesticar la telomerasa) y llegaríamos en buena forma física al momento de despedirnos de la aventura de la vida. Nosotros estaremos contentos, pero le habremos gastado a la naturaleza una broma muy pesada: introducir en ella el peor de nuestros males: vivir con las funciones vitales mermadas.

Agradecimientos
Pilar Santidrián comentó un borrador del artículo.


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viernes, 24 de noviembre de 2017

Chivos expiatorios

En las antiguas religiones se ofrecían sacrificios a los dioses para aplacar su ira o conseguir favores. Quizá sea una propiedad de nuestro cerebro buscar un culpable, aunque sea inventado, para resolver conflictos y pasar página. En cualquier caso, buena parte de la fauna silvestre se ha convertido en el chivo expiatorio de unos problemas que tienen otras causas.

Durante un viaje a Grecia en 2011 visité el Parque Nacional de Alónnisos, situado en las islas Espóradas del Norte, en el mar Egeo. Además de ser la mayor superficie marina protegida de Europa, cuenta entre sus principales valores con una población reproductora de foca monje que se refugia en las múltiples cuevas de los islotes. También me sorprendió mucho que, incluso hoy en día, se siguieran matando focas monje a tiros desde las embarcaciones de pesca. Pensaba que eso era ya cosa del pasado. Pero, cuando indagué más a fondo, descubrí que se culpaba a las focas de los problemas económicos de los pescadores locales.

Es un hecho que las focas son inteligentes y consiguen comida gracias a los descartes pesqueros, cuando no roban directamente peces de las redes caladas. Pero de ahí a que sean las principales responsables de la penuria de los pescadores hay un salto muy grande. Un salto imaginario y equivocado. Las focas son simplemente un cómodo chivo expiatorio para sacudirse problemas mucho mayores, como la excesiva presión pesquera. Por ejemplo, en Grecia se ha pescado con dinamita hasta hace bien poco, al igual que en otros muchos países del Mediterráneo oriental como Túnez o Argelia. Los pescadores están atrapados en un bucle del que no saben salir.

A mí, estando allí, se me ocurrió una posible alternativa basada en aquello de “si no puedes con el enemigo, únete a él”. La pesca podría reconvertirse parcialmente en una actividad turística para que los amantes de las focas vean cómo se alimentan en las redes. De ese modo las pérdidas se verían más que compensadas. ¿Una quimera? Pues no tanto. En España ya es legal admitir turistas en algunos pesqueros para que presencien el izado de un copo de sardinas o la captura de atunes en almadrabas. Resulta muy cómodo echarle la culpa de nuestros problemas a cualquier animal, porque no puede defenderse de las acusaciones. Algo parecido pasa con los jabalíes: a pesar de su exitosa recuperación, dudo mucho que sean los causantes de todos los males de la agricultura, seguramente mucho más relacionados con cuestiones de geopolítica internacional y de abandono del mundo rural.

Sospecho que esas incorrectas asociaciones entre fauna y conflictos humanos se deben, en buena medida, a que nos hemos acostumbrado a unos paisajes donde escasean los animales. Cualquier recuperación que apreciemos nos parece ahora una amenaza, una plaga. Los jabalíes, sin ir más lejos, debían formar manadas de cientos de individuos en el Pleistoceno.

Nido de cigüeñas en un edificio histórico. Es muy fácil equivocarse al establecer relaciones de causa y efecto, como atribuir el declive de la caza menor a la recuperación de las poblaciones de cigüeña blanca cuando se debe al abandono del mundo rural. Foto del autor.
Lobos y ganadería
Otro caso similar y cercano es el de los lobos. No puede negarse que a veces subsisten gracias a potrillos, terneras, ovejas y cabras. Aunque no siempre, ya que en Castilla y León consumen también ciervos, corzos, jabalíes e incluso topillos y conejos cuando se adentran en los campos de cereal. Tampoco sería honesto ocultar que, cuando se lo ponen fácil, tienen el hábito de matar más de lo que van a comer. En una entrega ya lejana de esta sección propuse que tal conducta se debía a la carga evolutiva que arrastran consigo desde el Pleistoceno, cuando las comunidades de grandes carnívoros no estaban formadas sólo por lobos, sino por muchos otros potenciales competidores   (1). En cualquier caso, el lobo causa muchas menos pérdidas económicas, o lucro cesante, que otros factores más difíciles de controlar por parte de los ganaderos afectados, como las políticas agrarias de la Unión Europea. El lobo, como la foca monje en Grecia, es sólo la gota que colma el vaso. Es fácil volverse contra él y usarlo como chivo expiatorio. También se ha instrumentalizado como argumento de la demagogia política para ganar votos contaminando la frágil opinión pública. Ya sabemos lo fácil que es movilizar masas humanas en torno a un lema común. Está en nuestros genes.

Tejones y vacas
En el Reino Unido e Irlanda, los tejones se han convertido asimismo en chivos expiatorios. Se les considera vectores de la tuberculosis bovina y son eliminados por millares. El problema, sin embargo, está más enraizado en el propio manejo del ganado, algo que nada tiene que ver con los pobres tejones. Buena prueba de ello es que no hay tuberculosis bovina en Escocia, donde no se han hecho descastes de esta especie, y sí está presente, sin embargo, en la isla de Man, donde nunca hubo tejones. Las causas pueden ser poco evidentes, como un bajón en las defensas del ganado debido al estrés o a una peor alimentación, así que es mucho más fácil echarles la culpa. Un típico proceso de causa y efecto con planteamientos equivocados: las vacas mueren por tuberculosis, los tejones son portadores de la tuberculosis, luego los tejones son la causa del problema. Sin más comprobaciones. Esta misma confusión hace que las especies exóticas e invasoras carguen con diferentes sambenitos que no siempre les corresponden. Quizá simplemente porque su llegada y proliferación coincidió en el tiempo con el declive de una especie nativa debido a terceras causas.

Gorriones y agricultura
Otro chivo expiatorio de libro se dio cuando  intentaron erradicar los gorriones en China. Entre 1958 y 1962, Mao Zedong promovió la campaña Mata un Gorrión como parte de un plan más ambicioso para acabar con los supuestos enemigos de la agricultura, a saber: ratas, mosquitos, moscas y gorriones. Pero, lejos de mejorar la situación de los cultivos, lo único que hizo fue empeorarla, ya que los gorriones que vivían en los arrozales no sólo comían grano, sino también una importante cantidad de insectos. Aquel episodio se saldó con una gran hambruna que mató entre 20 y 45 millones de personas. Los gorriones, por cierto, sobrevivieron tras refugiarse en los jardines de ciertas embajadas europeas que se negaron a colaborar en el exterminio. Así que el gran salto adelante de Mao fue en realidad un gran salto atrás debido a un diagnóstico equivocado del enemigo.

Cigüeñas y especies cinegéticas
En España, las cigüeñas blancas han sido uno de los chivos expiatorios más recientes. Algunos colectivos de ganaderos y cazadores asocian la recuperación de la cigüeña con la escasez de aláudidos, liebres, perdices y codornices. Como las ven depredar  huevos y crías de esas especies, establecen rápidamente una relación de causa y efecto. Las cigüeñas comen perdices, las perdices van para abajo mientras que las cigüeñas van para arriba, luego las cigüeñas son responsables del declive de las perdices. Una asociación demasiado simple, pues ignora las consecuencias del abandono del campo en las últimas seis o siete décadas, capaz de poner en jaque a cualquier especie de los espacios abiertos. Tampoco considera el papel que han podido jugar las sequías del Sahel en ciertas aves migradoras, como codornices y tórtolas, ni culpa a la caza de influir en el declive de unos animales tan propios del campo abierto. Pero el responsable no es la caza, ni tampoco el aumento de las cigüeñas, sino un agente mucho más poderoso y que actúa de forma silenciosa: la pérdida de hábitat. Los depredadores sólo causan declives en sus presas cuando ya están contra las cuerdas por un tercer motivo. Es el denominado “pozo del depredador”. Una hipotética reducción forzosa de cigüeñas sólo empeoraría el actual estado de la agricultura, ya que actúan como eficaces controladoras de plagas.

Abejarucos y apicultura
Un odio que parecía superado es el de algunos apicultores hacia los abejarucos. Otro colectivo en apuros por muchísimas razones que busca un culpable, concreto y tangible, de todas sus frustraciones económicas. Si las abejas melíferas viven ahora más felices en las ciudades y liban contentas en parques urbanos libres de plaguicidas, parece claro que el papel que jugaron los abejarucos en su crisis debe ser despreciable. Pero siempre hace falta un culpable, alguien a quien achacar los daños de causas mucho más complejas, múltiples y difusas.

En ecología cada vez tiene más peso la idea de que los depredadores no regulan grandemente las poblaciones de sus presas, sobre todo aquellos que no están especializados en una sola presa. Más bien contribuyen a mantenerlas en buen estado cuando eliminan a los individuos débiles o enfermos. De modo que la ausencia de abejarucos bien podría representar un problema añadido para los colmeneros. Aparte de eso, si depredan masivamente sobre las abejas quizá se deba al mal estado generalizado de alguna colmena, repleta de presas fáciles de cazar. Y ya que hablamos de himenópteros haríamos bien en cuidar a los abejeros europeos ahora que doña Vespa velutina nos invade por doquier.

In dubio pro reo
Todo es siempre mucho más complejo de lo que parece a primera vista (2, 3). Antes de condenar a alguien, hay que asegurarse de que es el verdadero culpable y para eso las intuiciones y primeras impresiones suelen ser malas consejeras (4). Además, tales problemas tienen soluciones técnicas que no pasan por la primitiva idea del exterminio. Hay que dar con la tecla y para eso hace falta pensar y experimentar. Y darse tiempo.
Si finalmente damos con la clave pero no puede ponerse en práctica, arremeter contra una especie inocente es del todo inmoral. Una prevaricación. Los políticos sucumben con frecuencia a las protestas ciudadanas mal informadas, una debilidad comprensible pero no justificable. La solución pasa por tener ganas de resolver los problemas reales de ganaderos, agricultores y apicultores. Y con ello de la naturaleza. Y no digo todo esto como panfleto, como mantra, sino que realmente creo que todo lo que he contado es objetivamente cierto y que evitar caer en esas trampas de la acusación indebida requiere sacar a relucir lo mejor del ser humano.

Bibliografía

(1) Martínez-Abraín, A. (2013). Todo para mí. Quercus, 328: 6-7.
(2) Martínez-Abraín, A. (2008). Las apariencias engañan. Quercus, 268: 6-7.
(3) Herrera, C. (2007). Cada problema complejo tiene siempre una solución sencilla, que generalmente es errónea. Quercus, 251: 10-11.

(4) Martínez-Abraín, A. (2012). La intuición derrotada. Quercus, 320: 6-8.
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