miércoles, 29 de marzo de 2017

Desacoplados

Esta vez no voy a hablar de gaviotas, nutrias, plantas, bacterias, osos o insectos. Intentaré explicar por qué en la era más avanzada de la medicina contraemos enfermedades que antaño eran raras. Seguiremos el lema del templo de Apolo en Delfos: “conócete a ti mismo”.

Desde el descubrimiento de los antibióticos tenemos a las enfermedades infecciosas contra las cuerdas. Unas enfermedades que contrajimos durante la revolución neolítica, a raíz de nuestra estrecha convivencia con el ganado en nuestras casas. Pero algunas de esas enfermedades infecciosas, que ya dábamos por extintas, están recuperando protagonismo. En parte debido al actual movimiento anti-vacunación, que no sólo tiene los pies de barro sino que podríamos considerar insolidario e irresponsable. Hemos de mantener a raya a las pocas bacterias que nos causan problemas, porque se reproducen a mucha velocidad y evolucionan a un ritmo endiablado generando resistencia a los antibióticos, en parte porque intercambian material genético de forma horizontal. No queda más remedio que jugar con ellas al gato y al ratón, desarrollar nuevos y más eficaces antibióticos para que, a fuerza de correr ambos a la misma velocidad, nos quedemos como estamos, como la Reina Roja de “Alicia a través del espejo”. Hay que dar por hecho que los nuevos medicamentos sólo servirán durante unos pocos años y que ese periodo de tiempo será más corto cuanto peor uso hagamos de ellos durante el tratamiento de nuestras infecciones.

Hasta aquí, nada nuevo: controlamos bastante bien las enfermedades infecciosas. La consecuencia más importante ha sido que la esperanza de vida al nacer de nuestra especie ha aumentado mucho por ello. Antes también había gente que llegaba a los 90 años, pero ahora la mayoría tiene casi garantizado vivir hasta una edad muy avanzada al haber superado a los microbios. Pero nada sale gratis en esta vida. Vivir más implica padecer nuevas enfermedades. Veamos. La razón es que muchos genes que nos mantienen en buena forma hasta la edad reproductora dejan de ejercer su papel benéfico tras esa edad. Los genes que nos protegían en la juventud se relajan a edades avanzadas y con ello llega el deterioro celular, derivando en el mal funcionamiento de tejidos y órganos. Es decir, en el pasado la mayoría de las personas moría de otras causas (como accidentes o enfermedades infecciosas) antes de que esos efectos negativos de los genes llegasen a manifestarse, pero ahora… ¡¡¡llegamos vivos hasta el  momento tardío de nuestras vidas hasta el que la selección natural había empujado su manifestación!!! Sólo las células cancerígenas han descubierto la manera de librarse de ese problema y lo logran haciéndose  inmortales. Domestican o esclavizan la telomerasa, el enzima que reteje la porción de los telómeros (tapones situados en el extremo de los cromosomas) que se desgastan con cada división celular. Así que, salvo accidente, o envejecemos o morimos de cáncer. Esas son las dos opciones que tenemos actualmente y están relacionadas como las dos caras de una moneda.

Antiguo templo de Apolo en la zona arqueológica de Delfos (Grecia). A su entrada estaba la célebre inscripción “Conócete a ti mismo”. Fue sede del oráculo del Delfos y, por tanto, no era un espacio dedicado a la ciencia, sino a la adivinación. Podemos emplearlo, sin embargo, como un símbolo de la necesidad de conocernos a nosotros mismos, aunque sólo sea por la belleza de la frase y del lugar. (Foto del autor).
Desacoplados
Pero el cáncer no sólo depende de ese traicionero doble efecto de los genes con la edad. Los modos de vida actuales también contribuyen a generarlo, digamos antes de que él se manifieste por sí mismo. Pensemos, antes de nada, que el genoma humano apenas ha cambiado en los últimos 100.000 años. Nuestros genes son de la Edad de Piedra, mientras que nuestro modo de vida es de la Era Espacial (1). Seguimos teniendo la biología del ser humano del Pleistoceno, pero la vida ha cambiado enormemente a nuestro alrededor. El cáncer de mama, sin ir más lejos, parece estar relacionado con el estrés hormonal al que está sujeta una mujer del siglo XXI, que pasa a lo largo de su vida por muchos más ciclos menstruales que una mujer del Paleolítico. Y no sólo eso, en este tipo de cáncer también influyen factores ambientales como la iluminación nocturna, que altera las horas que dedicaríamos al descanso natural.

Nuestros ritmos biológicos y culturales están completamente desacoplados.
Otros ejemplos notables de enfermedades debidas al modo de vida actual son las generadas por el exceso de sal, azúcares rápidos, grasas saturadas o alcohol. El cuerpo humano siente apetencia por esas sustancias debido a distintos motivos históricos, pero ahora las tenemos disponibles ad libitum y ambos factores combinados (apetencia y disponibilidad sin límites) forman un cóctel explosivo. Veamos, por ejemplo, el caso de las grasas. Nuestro metabolismo evolucionó para ser ahorrativo. Los periodos de hambre eran cosa habitual y las personas que tenían una capacidad innata para almacenar grasas se vieron favorecidas. Somos una rareza entre los mamíferos porque acumulamos grasa subcutánea, como los mamíferos marinos. Aquellos antepasados sobrevivieron, se reprodujeron más y nosotros somos sus descendientes. Si a esa predisposición fisiológica se añade la abundante y barata comida basura de hoy en día, ya tenemos explicado el alto porcentaje de niños obsesos que hay en la actualidad. Sobre todo si la dieta rica en ácidos grasos saturados coincide con una vida sedentaria que no proporciona el suficiente ejercicio para quemar las calorías ingeridas.

Con el azúcar ocurre lo mismo. La apetencia por el azúcar viene de nuestro largo pasado frugívoro, que puede remontarse hasta los felices tiempos de aquellos ancestros que vivían en las selvas lluviosas del Plioceno. Si en lugar de saciar esa apetencia con las frutas ingerimos azúcares de rápida asimilación, ubicuos en los alimentos elaborados, habremos garantizado los problemas de obesidad y las altas tasas de diabetes de tipo II. Recordemos que una simple lata de refresco lleva camufladas unas nueve cucharadas de azúcar.

Los mismos razonamientos pueden aplicarse al consumo excesivo de alcohol. Nuestra relación con el alcohol también se remonta al pasado frugívoro, cuando comíamos fruta algo pasada de maduración en el suelo del bosque. De hecho, el nombre científico del madroño, Arbutus unedo, alude a la recomendación tradicional de comer un solo fruto debido al riesgo de borrachera. De la que tampoco se libran osos y monos si ingieren frutos en estado de fermentación alcohólica.

Lo de la sal es aún más complicado. Parece que los problemas de hipertensión son más comunes en América entre la población de origen africano y eso podría explicarse por algún proceso selectivo del pasado. En este caso, por las penosas condiciones de transporte de esclavos hasta el Nuevo Mundo, que acabó seleccionando a aquellos que retenían mejor las sales. Una vez más, lo que fue ventajoso en el pasado se convierte ahora en una maldición. La sal es vital para mantener las bombas de sodio-potasio en la membrana de nuestras células, pero en cantidades pequeñas.

Otros agentes de selección
Otros agentes selectores del pasado han sido la malaria, la peste bubónica, los periodos de frío glacial o la escasez de sol (2). Todos ellos explican por qué padecemos ahora ciertas enfermedades y la razón es siempre la misma: los genes que ahora las causan nos vinieron bien antes. Las circunstancias han cambiado, pero no los genes. Los europeos del sur tienden a ser peludos como mecanismo de defensa ante la picadura de los mosquitos que transmiten el paludismo, enfermedad que también explica la alta propensión a la anemia falciforme en los países ribereños del Mediterráneo. En estado heterocigótico, los portadores del alelo recesivo están dotados de protección contra esta enfermedad parasitaria y sólo la padecen los que portan el alelo recesivo en estado homocigótico. El mal de unos es en beneficio de la mayoría y la enfermedad se mantiene en el tiempo (3). La prevención de la malaria está también relacionada con el fabismo o tendencia a generar excesivos gases tras la ingesta de habas.

La plaga de peste bubónica del siglo XIV explica que hoy haya gente que muera oxidada a una edad avanzada, a causa de un exceso de hierro en su organismo. Una enfermedad que recibe el nombre de hemocromatosis. En las personas sanas, los macrófagos (unas de las células defensivas de nuestro sistema inmune) son ricos en hierro, pero no en los que la padecen. Así pues, la hemocromatosis libra a sus afectados de padecer muchas enfermedades infecciosas, ya que las bacterias necesitan hierro para vivir y pueden robarlo de los macrófagos. Sin hierro las bacterias lo pasan mal. Un caso más de fusión entre gea y bio del que ya hablamos hace algún tiempo (4). Los portadores de macrófagos sin hierro tuvieron una ventaja adaptativa ante la peste negra, pero no sus descendientes que hoy alcanzan con facilidad  la edad a la que suele manifestarse el lado oscuro del exceso de hierro.

Precisamente el hierro me lleva a otro asunto de interés biológico protagonizado por la clara del huevo. Esta membrana protectora de la célula (o sea, de la yema) tiene proteínas quelantes, capaces de secuestrar el hierro. Así es como los embriones del mundo aviar evitan las infecciones bacterianas. No es raro, por tanto, que la gente usase la clara de huevo para desinfectar las heridas. Esta vez no de trata de uno de esos muchos mitos que hemos creado (5). La anemia que acompaña al embarazo bien puede ser por tanto un mecanismo del cuerpo humano para defenderse de la infección bacteriana en un momento crítico del desarrollo embrionario y el aporte extra de hierro podría causar más perjuicio que beneficio. Unos mínimos de hierro son necesarios, pero una alimentación adecuada (por ejemplo dejando a un lado las sustancias, como los lácteos, el café o el té, que impiden la absorción del hierro), debería bastar para evitar problemas de excesiva escasez. Pero pecar de exceso no mejoraría las cosas, como casi siempre.

Bibliografía

(1) Campillo Álvarez, J.E. (2010). Teoría de la evolución en la obesidad y la diabetes. En Teoría de la evolución en medicina, 67-81. J. Sanjuán (ed.). Editorial Médica Panamericana. Buenos Aires.
(2) Moalem, S y Prince, J. (2007). La ley del más débil. Ariel.
(3) Merino, S. (2013). Diseñados por la enfermedad: el papel del parasitismo en la evolución de los seres vivos. Editorial Síntesis. Madrid.
(4) Martínez-Abraín, A. (2014). Geo-Bio: la síntesis olvidada. Quercus, 338: 6-8.
(5) Martínez-Abraín, A. (2016). Cuentos de marmitas, gigantes y pilancones. Quercus, 361: 6-7.

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