viernes, 3 de marzo de 2017

Tramposos

Solemos considerar el engaño y la trampa como un rasgo típicamente humano. Pero son conductas que ya estaban en la naturaleza mucho antes de que llegáramos nosotros. Eso sí, les hemos dado un carácter propio al engañar de forma deliberada, no por instinto. Aunque no somos los únicos. Otros mamíferos sociales, como los delfines, también hacen trampas deliberadamente. Cuando son entrenados para recoger objetos del fondo de los tanques en los que viven en cautividad, a cambio de una recompensa, acaban partiendo los objetos en trocitos pequeños y escondiendo los trozos para así recibir numerosas recompensas. 

Bien pensado, ser un listo, un vivo, un avispado, un jeta o un tramposo es una estrategia vital como otra cualquiera. Aunque no parecería de entrada que el engaño pueda ser una estrategia que pueda mantenerse en el tiempo (que sea evolutivamente estable), sí se da con cierta frecuencia dentro de las poblaciones de una misma especie. Pero, el Lazarillo de Tormes sólo puede sobrevivir en un entorno de gente mayoritariamente honrada. Si la mayor parte de la población juega a la trampa, la situación se vuelve inestable: no hay personas honradas a las que robar.

Pensemos, por ejemplo, en una población de abejas que incluyera un porcentaje de individuos totalmente inofensivos, aunque siguieran teniendo la coloración negra y amarilla del abdomen como advertencia aposemática. Esa pequeña trampa sería viable sólo mientras no fuera muy frecuente dentro de la población, ya que si los depredadores descubren que las abejas no son peligrosas, a pesar de lo que indican sus colores, el sistema defensivo se vendría abajo. Supongamos que para las avispas tramposas resultase ventajoso no producir veneno porque con ello aumentase su descendencia, pues podrían destinar a la procreación la energía destinada antes a defenderse. Con el tiempo, las abejas tramposas se volverían más abundantes. Pero la trampa acabaría por descubrirse y volvería a descender el porcentaje de avispas tramposas y a aumentar el de las peligrosas. Así pues, la selección natural mantendría el engaño en porcentajes bajos.

Otra cosa muy distinta es lo que ocurre con los dípteros sírfidos que, siendo inofensivos, imitan en su aspecto (mimetismo batesiano) a abejas y avispas que sí son peligrosas. Una trampa de éxito absoluto. La selección natural no reduce ahora el número relativo de tramposos en la población, ya que avispas y abejas (ajenas a la trampa) siguen siendo peligrosas. Los depredadores identifican las bandas amarillas y negras como una advertencia honesta de peligro, ya sea en avispas (verdaderamente peligrosas) o en moscas (tramposas). El truco es difícil de descubrir y además no afecta negativamente a las especies imitadas.

Ejemplar juvenil de cuco posado en una zona esteparia del interior de Valencia. Si hay una especie que merece tildarse de tramposa, sin duda es ésta (foto: Marta Romero Gil).
El engaño de los cucos
Algo parecido pasa con los cucos (Cuculus canorus). Todos los cucos europeos son tramposos y ponen los huevos en nidos ajenos, engañando a más de cien especies distintas de pajarillos. La trampa se mantiene en el tiempo porque cortocircuita la conducta reproductora de otras aves que no pueden pagarles con la misma moneda, es decir, parasitándolos a ellos. Un engaño sofisticado, ya que el huevo del cuco imita los colores y el diseño del de la especie parasitada. Además eclosiona rápido, de manera que los cuclillos puedan deshacerse de los legítimos ocupantes del nido. Como es bien sabido, tienen el reflejo instintivo de arrojar por la borda (del nido) cualquier cosa que se coloque sobre su dorso, incluidos los huevos y pollos de la especie parasitada.

¿Cómo ha podido evolucionar algo así? En primer lugar, dado que los huevos que producen huésped y hospedador son muy similares, ¿hay poblaciones de cucos especializadas en ciertas especies hospedadoras? O, por el contrario, ¿es un individuo capaz de parasitar a un amplio espectro de especies adaptando el fenotipo (coloración, tamaño y diseño del huevo) a cada caso? La primera opción es más parsimoniosa y parece ser la verdadera (1).

Imagina un pasado en el que una hembra ancestral de cuco, que ponía huevos de color X, fue depositándolos en nidos de diferentes especies. La artimaña fracasó en todos menos en el de la especie hospedadora adecuada, es decir, aquella cuyos huevos eran lo suficientemente parecidos a los del cuco como para que no se percibiera el engaño. A partir de ahí, la fijación a ese hospedador debió de ser sobre todo cultural, es decir, aprendida. Y año tras año esos cucos deben afinar en la imitación de la puesta ajena, en una carrera armamentista con su huésped. Quién sabe si en este acople de grano fino pueden intervenir mecanismos epigenéticos. No me extrañaría lo más mínimo.

En el mundo hay otros cucos que parasitan los nidos de su misma especie, si bien en este caso no son parásitos obligados sino facultativos, pues también crían a sus propios pollos. Algo así como las anátidas o las gaviotas que aprovechan un descuido de la pareja vecina para colarles un gol. Un parasitismo más oportunista y mucho menos sofisticado cuya frecuencia está regulada por selección natural: si todos los individuos de la población fueran parásitos de cría sería un caos; simplemente no funcionaría y la frecuencia de los cucos normales aumentaría de nuevo.

La evolución del parasitismo obligado
De hecho, la gran mayoría de las especies de la familia Cuculidae no son parásitas de cría. Al principio debía haber cucos que parasitasen de manera facultativa las puestas de otras especies, como hacían con las de sus congéneres. Pero la opción heteroespecífica tuvo tanto éxito que acabó extendiéndose en la población hasta fijarse por completo. Es decir, hasta estar presente en el 100% de sus individuos, reducir la variabilidad de este rasgo a cero y generar la conducta que conocemos de parásitos de cría obligados. Como decíamos, el engaño funciona de maravilla con el ajeno, con el diferente, con el que no puede pagarte con la misma moneda, pero no con el igual. Tanto es así que los cucos parasitan a especies que están filogenéticamente muy lejanas de ellos. Esta es una cuestión clave: los Cuculiformes  son no-paseriformes (un conjunto de grupos de ves filogenéticamente antiguos) y normalmente parasitan a paseriformes (un grupo de radiación mucho más reciente). Y eso a pesar de la enorme diferencia de tamaño, que de entrada haría pensar que tal parasitismo sería inviable, por lo evidente del engaño. Menos agresiva es la estrategia de los críalos (Clamator glandarius), un segundo cuco europeo especializado en parasitar los nidos de córvidos, sobre todo de urracas. Sin embargo, los críalos no expulsan a los pollos del nido, sino que lo comparten, y lo más curioso es que a menudo los protegen debido a que su fuerte olor repele a los depredadores potenciales (2). Esta ventaja traslada la relación desde el parasitismo al mutualismo, al menos en algunas ocasiones.

El día a día de un tramposo
Imaginad, por curiosidad, la ajetreada vida de un cuco en época reproductora. En primer lugar, más que unos listos son unos buenos espías sociales, por mucho que se consideren una especie solitaria. Han de pasarse el día observando a los pajarillos de su comunidad para ver quién anda ocupado en construir el nido y seguirlo hasta que se presente el momento oportuno de endosarle su huevo, a escondidas y de forma rápida. Algo que pueden repetir hasta en 25 nidos durante una sola temporada. El huevo parásito es especialmente resistente a los golpes, quizá para evitar que se rompa al dejarlo caer (3). Pero si es descubierto el hospedador no dudará en destruirlo. En tal caso, el cuco puede eliminar a su vez la puesta completa de la especie hospedadora. No se trata exactamente de un acto de venganza (concepto humano), sino que con este comportamiento contribuye a que no se propaguen los genes que permiten el reconocimiento de la trampa entre la población de hospedadores. De algún modo, siembra para el futuro, para el suyo y el de sus descendientes. Es la hipótesis del comportamiento “mafioso” que defienden los hermanos Soler (4).

Resulta curioso que los cucos no se impregnen de la identidad ajena al ser criados por otras aves. Sorprendentemente, cuando llegue la hora de reproducirse, buscarán una pareja de su propia especie. Conservan en todo momento su identidad de cucos y no intentan reproducirse con, pongamos, el acentor o el carricero que los haya criado. De otra forma, claro está, la trampa no serviría de nada. Por el contrario, los padres adoptivos nunca dudan de que aquel gigante sea de su estirpe y lo alimentarán con todo empeño, como un ejército de liliputienses que cebara a Gulliver.

Vehículo de cuatro ruedas y apariencia de utilitario que se conduce con un carné de ciclomotor, ejemplo metafórico de cómo el ser humano aprovecha los vacíos legales, del mismo modo que sucede en la naturaleza. Si hay una estrategia vital no explotada, tarde o temprano alguien la acabará encontrando (foto: Francisco Sierra Abraín).
En fin, que si hay un hueco, una debilidad, un vacío legal en la naturaleza, alguien lo acabará encontrando. Es lo que pasa en las sociedades humanas con esos ciclomotores de cuatro ruedas que tantos problemas de tráfico generan. ¡Son motos tramposas, todos lo sabemos, pero de momento ahí siguen! También es buen ejemplo el de las aves capaces de imitar el canto de otras especies (y, de rebote, el ruido de los artificios humanos). Una habilidad que por algo habrá evolucionado y muchas veces se utiliza con fines engañosos. Por ejemplo, para apoderarse de los recursos de otros al lanzar una falsa señal de alarma. Ya lo decía mi madre: ¡No hay nada como saber idiomas!

Agradecimientos
A Alicia Montesinos, en recuerdo de un memorable paseo por el alcornocal de Sierra Calderona hablando de plantas y parásitos. A Jaume Terradas, por revisar el trabajo y alentarme a seguir escribiendo más “detectives”. A Vittorio Baglione, por revisar un borrador del manuscrito.

Bibliografía

(1) Avilés, J.M. y colaboradores (2006). Rapid increase in cuckoo egg matching in a recently parasitized reed warbler population. Journal of Evolutionary Biology, 19: 1.901-1.910.
(2) Canestrari, D. y otros autores (2014). From parasitism to mutualism: unexpected interactions between a cuckoo and its host. Science, 343: 1.350-1.352.
(3) Antonov, A. y otros autores (2008). Does the cuckoo benefit from laying unusually strong eggs? Animal Behaviour, 76: 1.893-1.900.
(4) Soler, M. y otros autores (1995). Magpie host manipulation by great spotted cuckoos: Evidence for an avian mafia? Evolution, 49: 770-775.

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