miércoles, 8 de enero de 2014

El tiempo profundo

El objetivo de este artículo, cual mensaje en una botella, es abogar por que se incluya en los programas escolares la idea de que nuestra especie es una recién llegada a este mundo. Lo considero un ejercicio necesario para situarnos en el lugar que realmente nos corresponde en la historia de la vida y para mejorar nuestras relaciones, no sólo con nuestros congéneres, sino también con el resto de las especies.

A menudo se acusa a los niños de distraerse con una mosca. A mí eso me parece absolutamente genial. ¡Ojalá hubiera muchos niños así y con menos amor por lo virtual! Una mosca. Una mosca es una obra magna de la naturaleza, cuyo origen puede remontarse a miles de millones de años atrás, hasta las primeras bacterias. Lo escribiré otra vez: cuyo origen puede remontarse miles de millones de años atrás. Las moscas, como todos los insectos, que son por definición animales terrestres, proceden de ancestros que fueron invertebrados marinos, porque la vida empezó en el mar.

Antes de que hubiese el menor atisbo de vida sobre tierra firme, el mar ya estaba plagado de ella. Eso es lo primero que debemos tener claro. Y fue así porque durante una prolongada etapa, en la juventud de nuestro planeta, no existía la capa de ozono. Es decir, la vida aún no había “contaminado” la atmósfera con oxígeno, que nos protege de las dañinas radiaciones solares ultravioletas. Sólo el agua era capaz de amortiguar el efecto negativo de la parte más activa y energética de la radiación electromagnética asociada a los fotones que emite nuestra estrella. El sol está a 150 millones de kilómetros, distancia que hemos establecido como unidad astronómica (UA), y emite radiación debido a que en su horno nuclear transforma el hidrógeno en helio.

Comparemos ahora una mosca real con una reproducción suya hecha en goma. El aspecto exterior es muy parecido, al menos en las buenas réplicas, pero la gran diferencia radica en ese conjunto de reacciones enormemente complejas que tienen lugar a diferentes escalas de organización –desde el interior de las células, hasta los tejidos y órganos– que acabamos llamando vida. Nadie es capaz de fabricar una simple mosca. Ni nada que se le parezca de lejos. En este sentido, a mí no me gusta nada que se diga que las moscas y otros animales son como máquinas. Todo lo contrario: las máquinas son como seres vivos extremadamente simples. Mucho antes de que existiese la primera máquina (un palo cavador, un molino de mano, una rueda) los seres vivos llevaban la intemerata de tiempo sobre el planeta.

Un mundo complejo y antiguo
Así pues, una mosca es un ser extremadamente complejo. Tiene un cerebro capaz de guiarla hasta fuentes de materia orgánica en descomposición o flores repletas de néctar y polen donde alimentarse o reproducirse. A tal efecto cuentan con sexos separados y ponen huevos amnióticos, bastante independientes de la vida acuática. En definitiva y bien mirado, entre una mosca y un ser humano no se alza un abismo cualitativo insalvable, sino tan sólo una diferencia de grado. No en vano, compartimos el 50% de nuestros genes con la mosca del vinagre (Drosophila melanogaster).

El problema es que cuando empezamos a ser conscientes de nuestra existencia pensamos que la estirpe humana ha estado aquí desde siempre. Nos parece que todas las formas vivas han surgido a la vez y nosotros con ellas. La realidad, sin embargo, es muy distinta. Los insectos más antiguos (libélulas, cucarachas, saltamontes, mantis) llevan sobre la faz de la Tierra al menos 300 millones de años. El linaje humano no se remonta más allá de 5-6 millones de años y nuestra especie en concreto, como homínido altamente pensante, no va más allá de los 200.000. Así que se impone un respeto a las canas.

Abrimos los ojos, al nacer o en cada amanecer, y nos encontramos en un mundo abarrotado de vida que nos transmite la falsa impresión de que todo surgió a la vez y ha sido siempre igual. Algo así como la falsa impresión de que el sol desciende sobre el horizonte al ponerse. Sin embargo, unos grupos han ido dando lugar a otros a lo largo del tiempo. En algunos casos esos grupos originales han desaparecido, pero en otros muchos no. Siguen estando aquí y se han ramificado hasta generar grupos muy distintos, pero claramente relacionados. Ha habido tiempo, mucho tiempo, para que la naturaleza fabricara el mundo que vemos hoy: barroco, caprichoso en su complejidad, repleto de soluciones evolutivas a los más distintos problemas.

Fallo educativo
Estoy sentado en la terraza de un bar y acuden los gorriones a comerse las migajas que quedan de mi bocadillo. Esos gorriones, como representantes del mundo aviar, es todo lo que queda de la otrora grandiosa estirpe de los dinosaurios. No todos se extinguieron. Las aves son dinosaurios y siguen aquí, entre nosotros, entre las patas de la silla donde nos sentamos. No es que estén cercanamente emparentados con los dinosaurios, es que son dinosaurios alados y emplumados. Los niños de hoy, llevados por modas impuestas desde Holywood, compran libros de dinosaurios, memorizan sus nombres, devoran películas sobre ellos y juegan con reproducciones fabricadas en serie, pero le dan la espalda a los gorriones. A unos dinosaurios avianos que corretean vivos a su alrededor mientras ellos garabatean un T. rex. Bienvenidos sean los libros y las películas, pero, por favor, que alguien les cuente a esos niños que sus queridos dinosaurios no desaparecieron del todo. Que están aquí, entre nosotros, ¡pero transformados en aves! Igual que el imperio romano se prolonga en nuestra sociedad y constituye la base del derecho y la lengua, o aparece transformado en iglesia (católica, apostólica y romana) desde la conversión del emperador Constantino al cristianismo.

El caso es que nosotros llegamos ahora, hacia el final de la película, y aprovechamos las sustancias que plantas y hongos han inventado a través de una dilatada historia de supervivencia. Pensamos que la naturaleza ha puesto a esas especies ahí para hacernos la vida más fácil, que están a nuestro servicio. Tal es la visión antropocéntrica de nuestra especie. Es tal nuestra arrogancia –e ignorancia– que en la Grecia clásica se pensaba que Delfos, cuna del famoso oráculo, era el ombligo del universo. O que somos el elemento culminante de una creación divina. La realidad, sin embargo, es que la mayor parte de las enfermedades infecciosas que padecemos derivan de los tiempos en que convivíamos estrechamente con el ganado. De modo que ni tan siquiera las enfermedades más comunes son algo propio de nuestra especie.

Espectacular nevada caída en febrero de 2012 en Esporles (Mallorca) que me sirve de excusa para recordar que son relativamente pocas las formas vivas que han conseguido escapar del trópico y soportar los rigores del frío a través de la historia del planeta.

Cambio de latitud
Desde luego, donde mejor se percibe la enormidad temporal que nos ha precedido es en el trópico, en esa estrecha franja situada entre las latitudes 23ºN y 23ºS. La mayor parte de lo que la naturaleza ha generado en los últimos 40 millones años se encuentra ahora concentrado en esa banda geográfica. La región tropical puede verse como la historia acumulada de gran parte del planeta hasta que el clima empezó a deteriorarse con la aparición de un casquete polar en la Antártida. El casquete norteño vendría mucho después, ya en el Pleistoceno, aunque tendría una repercusión mayor sobre la flora y la fauna de nuestro hemisferio. Las formas vivas que han conseguido escapar del trópico y soportar los rigores del frío son pocas, relativamente pocas. En este planeta no es natural soportar heladas, rocíos, granizos, nieves y cortos fotoperiodos. La mayor parte de los linajes de los que se derivan las especies actuales extra-tropicales derivan en realidad de ancestros surgidos bajo un régimen climático tropical. Lo tropical es lo basal, es la cuna de todo. Como el mar en última instancia. El mar tropical.

En definitiva, acabamos de llegar. I have landed, como decía Stephen J. Gould parafraseando la expresión escrita por sus ancestros europeos al arribar como emigrantes a las costas de Norteamérica a principios del siglo XX (1). Si entendiéramos bien esto, me gustaría creer que seríamos más conscientes del lugar que ocupamos en la larga odisea de la vida. Y, por tanto, estaríamos más en paz con nuestro entorno y con mayor avidez por entender lo que ocurre en él. Los naturalistas sabemos bien que no hay nada más espléndido que tratar de entender eso que llamamos “naturaleza” en el corto plazo de una vida humana. Asimilar los secretos de 3.000 millones de años de historia de la vida en tan sólo 80 no es tarea fácil, pero sí apasionante.

Urge, pues, encontrar vías educativas que nos ayuden a valorar el esplendor del mundo que nos hemos encontrado. Un mundo que no nos necesita y al que estamos infligiendo un gran daño. La conciencia de ese daño probablemente sólo existe en nuestras cabezas pensantes, pero si algo nos caracteriza como especie es esa capacidad de crear sistemas éticos, que dan o quitan valor a nuestras acciones. De lo que no cabe duda es que a nuestra joven especie, de rápida evolución, le iría muy bien, para garantizar su persistencia a largo plazo, un cambio de paradigma en su relación con todo lo que le rodea, desde la materia inerte hasta nuestros iguales. Una nueva perspectiva en la que las medusas dejan de ser enemigos para convertirse en seres dignos de admiración; no en vano llevan 500 millones de años sobre el planeta, sobreviviendo a un avatar tras otro. En este sentido, las enseñanzas de la biología evolutiva pueden jugar un papel fundamental. Un papel casi taoísta, podría decirse (2, 3), que está aún por explotar.


Bibliografía

(1) Gould, S.J. (2003). Acabo de llegar. Editorial Crítica. Barcelona.
(2) Barash, D.P. (1973). The ecologist as zen master. The American Midland Naturalist, 89: 214-217.
(3) Allendorf, F.W. (1997). The conservation biologist as a zen student. Conservation Biology, 11: 1.045-1.046.


10 comentarios:

  1. Una reflexió magnífica, com sempre. M'has recordat el llibre de Sabina Berman "La mujer que buceó dentro del corazón del mundo", i no puc estar-me de citar-la:
    "Quiero decir, conozco a muchos que si uno les pregunta, ¿qué dijo Darwin de la vida?, lo recitan con más o menos exactitud, pero no conozco a ni un solo ser humano cuya vida diaria muestre que de verdad cree que no hay una raya imposible de cruzar entre él y los seres que no piensan en palabras.
    Y eso es lo curioso. Descartes vivió en el siglo 17 y Darwin en el siglo 19, y sin embargo los humanos siguen siendo educados por Descartes. Siguen siendo amaestrados durante las 2 primeras décadas de sus vidas para pensar que son su pensamiento, y que el pensamiento es la cosa superior entre las cosas y es lo que los separa, sin remedio, de las otras especies.
    Y es cierto, que el pensamiento los separa de todo lo demás, pero eso es porque han sido educados por Descartes y no por Darwin".



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    1. A mi me fastidia mucho que las enseñanzas de la ciencia, maravillosas ellas, no afecten más al ser humano en su día a día, en su relación con los demás seres humanos y con el resto de la biosfera. Esta desvinculación entre lo emocional y lo racional, como bien dices Pep, es una de las claves fundamentales del declive de nuestra civilización, entendida como el camino que llevamos andado desde el Renacimiento hasta aquí. Ya lo denunciaba hace tiempo don Miguel de Unamuno. En este sentido las enseñanzas de los Damasio (Antonio Damasio y esposa) son eye-opener. El raciocinio no funciona óptimamente sin el concurso de las emociones. Dividimos nuestro cerebro en 3 capas de cebolla (la reptiliana, la de primate=límbica=inteligencia emocional y la racional=neocórtex, de reciente adquisición) pero en realidad la división es artificial. Las 3 capas interactúan, cabalgan unas sobre las otras. Por eso haríamos bien llamando pensasentimientos a los pensamientos o a las emociones. Desde estas ideas están a años luz de nuestros actuales (y pésimos) gobernantes, que retiran el estudio de la biodiversidad de los curricula escolares y tratan de volver a sumir al ser humano en el oscurantismo de la religión.

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  2. A dues castes de persones no pun entendre: les que no valoren el món que ens hem trobat i les que prefereixen l'hivern!

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    1. jajajajajajajajajaja estem d'acord Miquel!

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  3. Enhorabuena por este artículo, ya que refuerza mis convencimientos.

    Saludos

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    1. Gracias Òscar! Me alegro de que te haya gustado.

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  4. Totalment d'acord, ets un crack!
    En relació a l'educació i als errors en l'ensenyament de la didàctica de les ciències naturals, hi ha molt camí a fer. Des d'un nou plantejament curricular a les Universitats de magisteri o a la tria de professors universitaris que realment estiguin interessats en l'ensenyament de la didàctica de les ciències. Finalment és imprescindible una reflexió acurada de tots els docents que ensenyen a les escoles ciències: quins mètodes fan servir, quines pràctiques estan duent a terme, quins són els coneixements que imprescindiblement l'alumnat ha de tenir de l'entorn que l'envolta. És a partir d'aquí que s'ha de construir el coneixement, de la realitat més propera, observant el que passa al pati de l'escola, al carrer... per despertar la curiositat, per ajudar a formular preguntes i per intentar trobar respostes. la didàctica de les ciències naturals no té sentit si exclusivament es fa dins les quatre partes de les aules. Malauradament molts del professionals de l'educ tenen una visió molt teòrica i allunyada de la realitat que tenen més enllà de les finestres de l'aula.
    Una abraçada.
    Xavi morell

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  5. Xavi,

    disculpa el retard en contestar. No havia vist el teu comentari. Estic totalment d'acord amb el que dius. El coneixement es construeix (s'auto-construeix) viatjant del particular i proper al general i llunyà. Jo crec que la major part de les coses que he après les he après així. Em va cridar l'atenció que al meu poble de València hi hagués un aqüeducte medieval islàmic i des d'aquí vaig viatjar a través dels llibres a Damasc, a Bagdad a Marrakech i a Fes. Des d'Esporles es pot viatjar als pols només aixecant la vista i veient les muntanyes de carbonat càlcic que són trampes de carboni de fa unes desenes de milions d'anys, responsables del refredament del planeta des de llavors. Des del Port des Canonge un pot viatjar a Pangea i a l'origen dels mamífers. I des de Deià i els seus esculls de coral fòssils a les aigües càlides del tròpic actual. La veritat és que sofreixo molt pensant que no es fomenta això a les escoles exceptuant d'algunes persones com tu i el teu germà, a les quals caldria aixecar un monument! Gràcies de cor pel que feu.

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