martes, 29 de noviembre de 2011

Paisajes inventados


Muchos paisajes actuales tienen poco que ver con cómo eran cuando se originaron. Por eso, para gestionarlos de forma adecuada, hay que entender su evolución histórica con todo detalle.

Para empezar, por citar un caso que conozco de cerca y que es comparable a muchos otros, hablaré de la Albufera de Valencia. Una duda clásica en la gestión del  humedal valenciano ha sido si debe promoverse la quema periódica de la franja perimetral de vegetación palustre, como se venía haciendo de manera tradicional. Para responder adecuadamente a esta pregunta, el gestor considera necesario disponer de estudios que evalúen el impacto del fuego sobre la estructura del suelo, la biodiversidad (por ejemplo si beneficia a unas pocas especies de aves, pero perjudica a invertebrados y plantas, algunas de ellas especializadas en las últimas etapas de la sucesión vegetal), la contaminación atmosférica y los riesgos humanos. También debe decidir cuál es la estrategia más adecuada para la quema: si aplicarla sobre un mosaico de parches con diferente grado de madurez o prender fuego sin planeamiento previo.

Los gestores más puristas tenderán a pensar que el fuego es un elemento externo a este sistema natural, al contrario de otros ecosistemas que se queman de manera espontánea como, por ejemplo, las sabanas africanas. Los vecinos, sin embargo, defenderán que el carrizo y la enea se han quemado “desde siempre” para revitalizar el cinturón de vegetación y protegerlo del oleaje y las plagas, especialmente en ausencia de grandes herbívoros o de animales domésticos que eliminen biomasa.

Toda esta sesuda disquisición podría proseguir eternamente, aunque carecería de sentido si observáramos el ecosistema desde una perspectiva histórica más amplia. La actual laguna litoral se formó hace unos 6.000 años como consecuencia de una transgresión oceánica asociada al final de la última glaciación del Pleistoceno. Su origen hay que buscarlo en una lengua de cantos y arena, materiales arrastrados mayoritariamente por el río Turia, que poco a poco permitió que se cerrara un golfo marino de origen tectónico. Por tanto, la albufera fue antaño una laguna de agua salada y así lo ha seguido siendo hasta hace tan solo unos 300 años, cuando se impidió la entrada de agua de mar mediante la instalación de compuertas en sus vías de comunicación con el mar, tanto naturales como artificiales. Además, a través de la Acequia Real del Júcar, fueron inyectados grandes volúmenes de agua dulce desde este río para fomentar los cultivos de arroz y así sigue sucediendo en nuestros días. Por lo tanto, la albufera ha sido un humedal salado o salobre durante el 95% de su historia y a lo largo de ese tiempo –¡nada menos que 5.700 años!– no contó con cinturón alguno de carrizos y eneas que pudiera quemarse, ya que estas plantas están asociadas a las aguas dulces. Sí que contaría, sin embargo, con un cinturón de plantas típicas del saladar, ahora prácticamente inexistentes en la zona.

Pero la albufera que recuerdan los cronistas y aún perdura en la memoria de nuestros mayores, la que se emplea como modelo de gestión actual, es una albufera de aguas dulces, abarrotada de macrófitos sumergidos que incluso hacían difícil la navegación a vela latina. Conviene ser conscientes, por tanto, de que cuando nos sentamos a discutir si hay que quemar o no los carrizales agostados, estamos hablando de una cuestión puramente cultural, de un hábito que habrá dado forma a las comunidades de plantas, invertebrados y aves de la laguna durante los últimos pocos siglos, pero no de un fenómeno natural que deba ser incorporado a la gestión porque haya existido en la zona desde sus orígenes. Una albufera que de pronto perdiera sus compuertas y se inundase con agua marina sería mucho más “la albufera de siempre”, sin entrar en implicaciones de orden económico o social.

La albufera de Valencia que está en el recuerdo de los pescadores más ancianos es una albufera de agua dulce que sólo cuenta con unos 300 años de antigüedad. La laguna litoral ha sido de aguas salobres durante el 95% de su historia (Foto:internet)


El monte está sucio
Un segundo ejemplo de paisaje inventado, que también tiene mucho que ver con el fuego, es el que resulta de la gestión histórica del monte mediterráneo. Durante milenios, aunque con especial intensidad durante los últimos siglos, el ser humano ha dejado en los bosques la huella de su explotación. Hasta hace tan solo unas décadas la mayor parte de la población humana vivía dispersa en pueblos insertados en el medio natural y al bosque acudíamos en busca de numerosos productos que nos eran necesarios. Obviamente, el monte estaba mucho más aclarado que ahora y, a grandes rasgos, había mucho menos matorral que en nuestros días. Se extraía madera para leña y carboneo, el ganado campaba a sus anchas y muchos arbustos del sotobosque servían para hacer camas en los establos o para alimentar hornos de pan, de cerámica o cal. Las personas que vivieron esa abrupta transición entre de la vida rural y la urbana aún están entre nosotros y son, de hecho, nuestros padres y abuelos. Ahora ven cubiertas de matorral y árboles aquellas antiguas tierras de labor, tan duramente ganadas al monte. La impresión lógica que reciben es que el monte está sucio y abandonado.

Pero la percepción cambia si reparamos en que los bosques secundarios de coníferas, que sustituyen a los primarios de frondosas, son formaciones heliófilas (amantes del sol) favorecidas por nuestra actividad depredadora y que bajo ellos se regeneran arces, fresnos y robles en las umbrías. El hecho de que se prodiguen y propaguen los incendios con facilidad no es culpa, en última instancia, de la recuperación del bosque (que, a fin de cuentas, no hace otra cosa que volver por sus fueros) sino de la gran capacidad de acceso de nuestra especie al medio natural y a los poderosos intereses económicos que hay detrás de su destrucción en este mundo nuestro basado en el dinero.

Es impensable que podamos tener los pinares secundarios de pino carrasco, en los que se abarrotan espontáneamente tojos y romeros, tan despejados como un encinar o un alcornocal climácicos en los que a la radiación solar le cuesta alcanzar el suelo, al igual que ocurre en los bosques tropicales. A lo sumo, habría que fomentar la presencia de herbívoros salvajes en nuestros montes (si bien eso conduce a problemas demográficos debido a la falta de depredadores apicales) o emplear el ganado como herramienta de gestión. Es más, nuestra idea de un bosque de frondosas prístino dista mucho de lo que sería en ausencia de gestión, ya que la madera muerta acabaría apilándose y haría difícil transitar por él. Como solía decir nuestro insigne Ramón Margalef, los árboles se han dedicado con tanto empeño a producir azúcares complejos de difícil consumo que a la propia naturaleza le resulta complicado descomponerlos tras su muerte. Lo que es un problema para la naturaleza, el ser humano lo aprovecha para disponer de muebles de larga duración. Pero ese es otro cantar.

¿Playas de arena?
El caso es que este último razonamiento me lleva de manera natural a un tercer y último ejemplo de paisaje inventado: las playas de arenas despejadas. Pocos paisajes asociamos tanto con la naturaleza en estado puro como una playa de arenas limpias y aguas transparentes. En realidad, las aguas transparentes se deben a la pobreza en nutrientes, así que, biológicamente hablando, serían deseables unas aguas más turbias, propias de zonas de alta productividad. Y el tópico de las arenas despejadas se debe, en gran medida, a la limpieza periódica de los residuos que arrastra el mar. Donde se forman playas de arena mineral es porque algún río cercano arrastra esos sedimentos, pero los cursos fluviales también escupen al mar todo tipo de residuos orgánicos. Por su parte, las playas de arenas organogénicas, no ligadas a ríos, como los blancos arenales de las islas Baleares o del Caribe, estarían cubiertas de arribazones procedentes de las praderas submarinas cercanas, porque donde hay tanto molusco como para formar una playa por desintegración de sus conchas, debe haber en su entorno mucha más vida que los sustente. No en vano, en las playas mediterráneas era tradicional aprovechar antaño los restos de hojas, tallos y raíces de posidonia como material de embalaje para transportar productos delicados –de ahí su nombre vulgar de “hierba de los vidrieros”– antes de que la revolución industrial nos inundara con sucedáneos sintéticos.

Grandes acumulaciones de restos de posidonia (Posidonia oceanica) en una playa de las islas Baleares. Las playas de arenas despejadas son, en gran medida, un invento humano reciente (Foto:autor)

En el Mediterráneo probablemente ya no exista la posibilidad de restituir sistemas naturales a su situación original, entre otras cosas porque a menudo desconocemos realmente cuál fue. Hemos inventado nuestros propios paisajes a lo largo del tiempo, creando con frecuencia mosaicos que tienen un efecto multiplicativo sobre la diversidad biológica. En realidad, las decisiones de gestión actuales en el Mediterráneo no dependen tanto de lo que debería haber, sino de lo que queremos tener: alta diversidad local, y regional, grandes tasas de recambio de especies entre zonas, gran número de rarezas y endemismos, alta abundancia de unas pocas especies con fines prácticos… Dado que las realidades son múltiples, tal vez como los universos, quizá lo mejor fuese tener un poquito de cada cosa para que todo el mundo se quede contento.

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